Se usa para quejarse de algo que da flojera, fastidia o te arruina el plan. Es como decir “qué molestia” o “qué hueva”, pero en versión más familiar y muy de diario. Vale para trámites eternos, gente impuntual o cualquier cosa que te saque de quicio. Y sí, suena bien dramático, pero funciona.
Se dice cuando algo te da una pereza tremenda o te está fastidiando de verdad. Es como soltar un “qué pesado” o “qué rollo” cuando alguien insiste, una situación se alarga o te toca hacer algo que no apetece nada. Muy de quejarse con gracia, sin montar un drama.