En Cojedes le dicen así a un transporte medio improvisado, casi siempre un camión o una camioneta adaptada para llevar gente como pueda. No es precisamente cómodo, pero aguanta trocha, polvo y lo que le echen en el llano. Ideal para ir en combo a un festival, una parranda o cualquier plan donde nadie quiere caminar.
En Bolívar se le dice guarandinga a ese carro viejito, medio chatarra, que suena a lata y parece que se va a desarmar en cualquier momento, pero igual sigue rodando. Es el típico coche que da pena ajena y cariño a la vez, porque siempre arma la aventura y nunca falta la anécdota.
Se usa para hablar de un carro viejísimo, todo traqueteado, que hace ruidos raros y parece que se va a desarmar en cualquier momento. Es ese coche que uno agarra por necesidad y con fe, porque confianza mecánica no tiene ninguna. Y hay que admitir que a veces esos paseos en guarandinga son los más memorables.
En Caracas le dicen así a un carro o bus viejísimo y destartalado, de esos que suenan a lata y van echando humo como si fueran a explotar en cualquier momento. También se usa para cualquier cacharro con ruedas que apenas arranca. Da risa, da miedo y, aun así, te monta.
Se usa para hablar de un carro viejísimo, todo sonando, con la pintura quemada y los asientos medio rotos, que igual sigue rodando como si nada. Es esa nave que uno jura que no pasa la próxima subida, pero ahí va, echando humo y dando guerra. Y hay que admitir que tienen su encanto, aunque den un poco de miedo.
En Anzoátegui le dicen guarandinga a una fiesta improvisada que se arma donde sea, con cornetas a todo volumen, gente bailando pegadito y el chisme corriendo. Puede empezar con dos panas y una cava y terminar siendo un fiestón monumental. Es de esas rumbas que nadie planifica pero todo el mundo recuerda, aunque al día siguiente no sepa muy bien cómo empezó.
Forma cariñosa y medio burlona de llamar a un carro viejo, destartalado y ruidoso que igual sigue rodando por pura terquedad. Es esa máquina que nadie respeta pero todo el mundo usa cuando no hay más. Nunca sabes si vas a llegar, pero cuando lo hace, uno hasta le agarra cariño. Y hay que admitir que tienen su encanto.
En Táchira se le dice guarandinga a ese carro o camioncito todo improvisado, viejo y medio destartalado que usan para subir y bajar por las montañas. Va repleto de gente, sacos, gallinas y lo que se atraviese. No es cómodo ni seguro, pero llega, y la experiencia es medio terrorífica y medio divertida.
En Santander guarandinga es una excusa toda enredada, llena de adornos y detalles inventados para tapar una embarrada o un chisme que ya nadie cree. Es como cuando alguien se arma una novela completa para justificar algo súper simple. Suena graciosa, pero también deja claro que el cuento está más inflado que buñuelo en diciembre.
En Monagas se usa guarandinga para hablar de un enredo, un peo o una situación que se complica más de la cuenta. Iba a ser algo rápido y termina siendo un rollo con mil vueltas, chismes, retrasos y estrés. Vamos, el típico plan que se te va de las manos y te deja pensando: ¿pa’ qué me metí en esto?
Palabra bien llanera para hablar de esos autobuses viejos, ruidosos y medio armados con alambre que igual te llevan a donde sea. La guarandinga suele ir llena de gente, gallinas, sacos y chismeo sabroso. Es incómoda, lenta y hace un escándalo, pero uno le agarra cariño porque siempre aparece cuando más la necesitas.