En Santa Cruz se usa embolar para decir que alguien te está cansando, aburriendo o molestando tanto que ya te tiene hasta el gorro. Puede ser por chistes pesados, por insistente o porque habla demasiado. Es como decir que te está hartando, pero con sabor bien camba, y hay que admitir que suena bastante gracioso.
Usado cuando en una situación incómoda o aburrida alguien intenta 'darle bola' metiendo un baile ridículo y fuera de lugar, tratando de alegrar el ambiente a lo estilo pringaos, pero que definitivamente te resbala.
En Canarias, embolar es meterse en un lío o en una tarea sin tener ni idea, pero tirando pa’lante con más fe que técnica. Es ese momento de decir: yo me lo guiso, yo me lo como, y acabar improvisando con tutoriales, cinta aislante y buen rollo. A veces sale bien, a veces la lías parda.
Cuando te pones a opinar de todo como si tuvieras un doctorado en variedad de puritos temas, pero no tenés noción alguna. Un maestro pa' envolver con tus charletas.
En Argentina se usa para decir que algo te aburre o te da una paja tremenda. También aparece como embolarse, cuando te quedás sin ganas y todo te parece un bodrio. Es bien de charla cotidiana, tipo cuando un plan es un embole o una clase se hace eterna. Cero glamour, pero re útil.
En Valencia se usa para decir que alguien se lía, se entretiene o se enreda con cualquier cosa y acaba perdiendo el tiempo, normalmente por despiste o por evitar lo que toca. Vamos, que en vez de ir al grano, se pone a hacer mil historias y se le va la mañana. Pasa más de lo que se admite.
En México se usa para cuando alguien se pone a inventar pretextos bien rebuscados para zafarse de un plan que no le late, casi siempre a última hora. Es como echarse un rollo larguísimo para que suene creíble, aunque huela a mentira desde lejos. Si alguien “embola”, normalmente ya te dejó plantado y todavía se hace el digno.
En Sevilla, embolar es liarte a soltar una bola, o sea, inventarte una historia o una excusa con mucho arte para quedar bien o salir del paso. Se usa mucho en el bar, en la mesa de cartas o cuando te pillan en un renuncio y tú tiras de imaginación. Vamos, vender humo con gracia.