En Uruguay se usa salado para decir que algo fue muy difícil, intenso o que sorprendió fuerte, ya sea para bien o para mal. Puede ser un partido salado, un examen salado o incluso una noticia salada que te deja medio de cara. Es de esas palabras comodín que se meten en cualquier charla y quedan de lujo.
En Lima se dice salado a la persona que parece perseguida por la mala suerte, como si tuviera una nube negra pegada todo el día. Siempre le pasan cosas raras, se le caen los planes, pierde plata o le salen mal las jugadas. No es mala vibra, solo que el universo lo trolea fuerte. Y hay que admitir que a veces da risa.
En Mérida decir que alguien está salado es como afirmar que la mala suerte lo tiene fichado y no lo suelta ni a palos. Todo le sale torcido, se le dañan los planes, pierde apuestas y hasta el bus se le va en la cara. Es medio cruel, pero hay que admitir que a veces la etiqueta le queda perfecta.
En Táchira decir que alguien está salado es como nombrarlo el imán oficial de la mala suerte. Es el pana al que siempre le falla todo, se le pincha la moto, se va la luz cuando llega o se cae el internet justo en el final del partido. No es odio, es más burla cariñosa, aunque a veces sí da cosita.
En Argentina, salado se usa para decir que algo está heavy, complicado o que se fue al carajo de lo intenso. Puede ser por el clima, un precio, una situación o una mala racha. Y según el tono, también sirve para elogiar a alguien que la rompe y es muy crack. Bien de charla cotidiana.
En Mendoza se usa salado para decir que algo está muy difícil, intenso o complicado, de esos momentos que te dejan medio paspado y sin ganas de nada. También se aplica a la gente que vive de una mala en otra, como si tuvieran una nube negra encima. Es medio dramático, pero hay que admitir que tiene su gracia cuando se usa bien.