En Mendoza decir que alguien es rancio es tratarlo de amargo, aguafiestas o medio vinagre dentro del grupo. Es esa persona que siempre pone peros, nunca se copa del todo y corta el clima cuando todos están de buen humor. Como un vino que se quedó destapado demasiado tiempo y ya no levanta ni al más optimista.
En Caracas se usa para señalar a alguien que es fastidioso, amargado o con una vibra toda apagada que corta cualquier nota. También puede ser algo viejo o pasado de moda que ya no provoca para nada. Cuando dices que alguien está rancio es porque sabes que va a dañar el ambiente, y hay que admitir que la palabra le cae perfecta.
En Biobío decir que alguien está rancio es tratarlo de pesado, latero y medio amargado, como queso olvidado en el refri. Es esa persona que anda tirando mala onda, reclamando por todo y cortando el carrete. No es un insulto brutal, pero igual duele un poquito cuando te lo tiran a la cara.
En Nueva Esparta, decir que alguien anda rancio es soltar que está pesado, de mal humor o con una vibra que corta el vacilón. Es el típico aguafiestas que llega con cara larga y te baja la nota en plena parranda. No es que huela a viejo, es que está insoportable. Y sí, se nota a kilómetros.