Expresión burlona usada para hablar del chisme sabroso, el mitote del barrio o el chismecito local. Es como hacerse la tarotista pero en versión vecina metiche, leyendo la vida ajena en vez de las cartas. Y la neta, todos hemos querido nuestra lectura de cartitas del vecindario aunque sea una vez.
Se dice cuando abres el tupper en el curro y te toca la sorpresa del día, como si estuvieras echándote las cartas. No sabes si sale gloria bendita o un invento raro de tu madre con textura misteriosa. Tiene ese punto de susto y risa, pero al final te lo comes igual, que pa’ eso es casero.
Se dice cuando en el grupo de colegas os ponéis en modo detective y empezáis a recopilar capturas, audios y pantallazos para reconstruir el salseo del día. Es como leer el tarot, pero con WhatsApp: quién reaccionó con el corazoncito, quién dejó en visto y quién se hace el loco. Chisme fino y cero pruebas.
En Cádiz se dice con guasa para ese ratito casi sagrado de ir al bar y tragarte el parte sentimental del día. El camarero, que se cree consejero del amor, te suelta chismes, rupturas y ligues como si estuviera echando el tarot, pero con servilletas y café. Y lo mejor es que engancha más que una serie mala.
Se dice cuando te da el venazo nocturno y te pones a rebuscar chats viejos en el móvil porque no pegas ojo. Vas tirando para arriba, leyendo te quieros, indirectas y dramas de hace mil, como si fuera una novela turca. No arregla nada, pero engancha. Y sí, al final te acuestas más tarde todavía.
Forma irónica de llamar a ese momento en que te toca tragarte cartas, facturas o avisos del banco y descifrar la letra pequeña sin quedarte sopa. No es tarot ni magia, pero casi, porque acabas interpretando señales y números como si fueran presagios. Se usa para quejarse con humor de papeleo serio y aburrido.