En Murcia, llamar a alguien trucha es decirle, con retranca, que es un escaqueado a la hora de pagar. El típico que cuando llega la cuenta se pone a rebuscar la cartera como si estuviera en Narnia, o se levanta justo a por agua. Vamos, un artista del no invito yo ni sin querer.
En Honduras se usa trucha para decirle a alguien que esté pilas, bien despierto y pendiente de lo que pasa a su alrededor. Es como una alerta rápida para que no lo agarren en curva, ya sea la maestra, la policía o cualquier lío que se pueda armar. Suena corto, directo y la verdad es que tiene bastante flow.
En Perú, decirle a alguien trucha es llamarlo falso, trucho o medio estafador, como que te quiere meter la yuca con una historia inventada. También se usa para algo sospechoso o de dudosa calidad. No es precisamente un halago, pero tiene su encanto cuando pillas la mentira al vuelo.
En Chile, decir que alguien o algo está trucha es que huele raro: se ve sospechoso, medio chanta o como que te quiere pasar gato por liebre. Se usa para personas, planes, negocios o excusas que no cuadran y te prenden la alarma. No siempre es delito, pero confianza, poca.
En Valencia se usa para hablar de un marrón o un lío bien enrevesado, de esos en los que te metes y ya no sabes ni por dónde salir sin empeorarlo. Suele sonar a aviso o a queja, como diciendo: ni lo toques. Vamos, una situación que huele a drama desde lejos y te va a dar faena.
En México, decir que alguien es trucha es decir que es listo, vivo y bien abusado. Es esa persona que se da cuenta de todo, se las ingenia y no se deja chamaquear. También se usa como aviso: ponte trucha, o sea, ponte atento. No es tanto MacGyver, más bien alguien bien avispado. Y sí, suena a cumplido.