En Nicaragua jalarse es mandarse una cagada épica, una metida de pata tan bruta que todo el mundo se queda viéndote con cara de ¿y este qué hizo? Puede ser algo torpe, vergonzoso o simplemente muy tonto. Es de esas cosas que luego dan risa, pero en el momento quieres que te trague la tierra.
En Barranquilla, jalarse es ponerse dramático de más por una bobada. Es reaccionar como si te hubieran anunciado el fin del mundo, con show, quejadera y hasta lágrimas si hace falta. Se usa para vacilar a quien exagera todo y arma novela por cualquier cosa. Y sí, a veces da risa verlo desde afuera.
En la Ciudad de México, jalarse es animarse a ir o sumarse a un plan, casi siempre de improviso. Es el típico de: iba por algo rápido y acabé en otro lado porque alguien dijo “vámonos” y te dejaste llevar. No es tanto “hacer aventura”, es más bien aceptar el plan y moverte. Y sí, pasa seguido.
En Áncash se usa jalarse para decir que te llevas a alguien contigo a algún sitio, casi como arrastrarlo con cariño a un plan. Puede sonar medio pícaro, como cuando te jalas a tu causa o a tu flaca a una fiesta o a un tono. No es robar literal, es más bien enganchar a alguien para que se anime y vaya contigo.
En Cartagena, jalarse es meterse en una fiesta, un evento o hasta un matrimonio sin invitación, pero con tanta labia y seguridad que nadie te cuestiona. No es entrar a lo bruto, es colarse con estilo, como si fueras primo del novio y amigo del DJ. Pícaro, descarado y, admitámoslo, a veces hasta admirable.