En Tolima se usa para hablar del que manda en el parche, el que lleva la batuta y al que todos le paran bolas. Puede ser porque tiene mucha labia, porque es el más avispado o porque ya quedó como el líder del combo. No siempre es el jefe oficial, pero sí el que termina decidiendo qué se hace. Y suele creérsela bastante.
En Catamarca y en otras partes de Argentina, Mandinga suele ser el diablo, el mismísimo demonio. También se usa en plan figurado para alguien muy vivo, medio tramposo o con un chamuyo tremendo, como si tuviera pacto con el de abajo para salirse con la suya. No siempre es insulto, a veces es admiración con desconfianza.
En Mendoza se usa para hablar de alguien que se hace el valiente, medio temerario y agrandado, muchas veces con un par de vinos encima. No es tanto un héroe de leyenda, más bien el típico personaje que se cree invencible y se manda cada locura que ni te cuento. Y hay que admitir que a veces es bastante divertido verlo.
En Santa Fe se usa Mandinga para hablar del diablo o de una mala racha que parece cosa de fuerzas oscuras. Es cuando todo se tuerce de forma tan absurda que dices que el Mandinga anda metiendo la cola. Suena medio dramático, medio en broma, y la verdad es que queda bastante pintoresco cuando lo tirás en una charla.