Se usa como sinónimo de envidia, pero en un tono positivo, como envidia sana. Se emplea entre amigos o familiares.
En Granada se dice cuando te entra un antojo fuerte, de los que no se piensan mucho. Puede ser por comida, por salir, por liarte a hacer planes o por lo que sea. Es ese impulso repentino que te pone en modo: lo quiero ya. Suena medio infantil, pero se usa un montón y tiene su puntito.
Se dice cuando te entra un ataque de risa tonto e imparable, de esos que aparecen justo cuando no toca, en una misa, una reunión o en la mesa con la familia. Intentas ponerte serio, aprietas los labios, miras al suelo, pero cuanto más te aguantas, peor te da. Y claro, acabas haciendo el ridículo.
Palabra muy de Sevilla para ese gustito tonto y calentito que te entra cuando pruebas algo que te lleva directo a la infancia. No es solo que esté rico, es el recuerdo pegado al sabor: la cocina de la abuela, el patio, la merienda y tú con la cara llena. Te da alegría y un pelín de nostalgia, vaya.