En el Valle del Cauca, decir que alguien es un gallo es llamarlo fanfarrón, puro cuento. Es el que se echa flores, presume con una seguridad tan descarada que por un segundo hasta te lo crees. Habla grande, promete de todo y se vende como el más duro, aunque luego no aguante ni una.
En Chile, y en especial en Santiago, un gallo no es solo el animal del corral. Se usa para hablar de algo raro que aparece en la comida, como un pelo o un pedazo de plástico perdido, y también para ese quiebre feo de la voz cuando cantas o hablas fuerte. Es de esas palabras que salvan cualquier anécdota vergonzosa.
En Guinea Ecuatorial se llama gallo a la persona que va por ahí pavoneándose, creyéndose la última Coca-Cola del desierto y presumiendo de todo lo que tiene o dice tener. Es el típico que entra en un sitio haciendo ruido para que todo el mundo le mire. A veces hace gracia, pero también puede cansar bastante si no se baja del pedestal.
En San Luis Potosí se usa gallo para hablar de un coraje rápido, un enojo que te prende de golpe por algo que te saca de onda, pero que se te baja al ratito. Es como un arranque de mal humor medio ridículo, de esos que luego hasta dan risa. Y la neta todos hemos traído un gallo así alguna vez.
En Loreto, decir que alguien es un gallo es llamarlo valiente, decidido y medio temerario, de esos que se tiran de cabeza sin pensarlo mucho. Es el pata que no se achica ante nada, se mete en cada aventura y encima sale riéndose. A veces es halago, a veces advertencia tipo cuidado con este gallo que es bien loco.