Se usa para decir que alguien está demasiado dulce, cariñoso o meloso, tanto que ya casi empalaga. Es como cuando a una persona se le sube el azúcar del romanticismo y anda repartiendo besitos, abrazos y palabras cursis a todo el mundo. A veces hace gracia y a veces provoca decirle que se calme un poquito.
Se dice cuando alguien anda demasiado dulce y buena onda, como si estuviera en modo cariñoso y amable a tope. Puede ser genuino o sonar medio sospechoso, tipo que quiere algo o está quedando bien. Vamos, que está meloso, atento y con una sonrisa pegada que hasta empalaga un poquito.
Cuando alguien está de un humor tan dulce que parece tener una sobredosis de alegría o cursilerías.
Se dice cuando alguien anda demasiado dulce, amable y sonriente para lo que es normal en esa persona. Como si de repente le hubieran echado azúcar al carácter y se le hubiera olvidado el modo gruñón. Suele llevar un puntito de sospecha o cachondeo, tipo: a ver qué quiere o qué pasó.