Sin nadie
Cinco días, una postal y dos palabras en el trozo que sobraba
El primer día la buscó.
Bajó a la tienda y Trini le dijo que no había pasado por allí. Fue a la carretera y anduvo dos kilómetros hasta la curva de abajo mirando las cunetas, mirando si la hierba estaba tumbada o de pie, que era lo primero que ella le había enseñado. Preguntó en las tres casas de la calle de abajo.
Nada.
Y sabía perfectamente que no estaba en ninguna cuneta, porque había oído el coche subir la calle a las once y volver a bajar. Anduvo los dos kilómetros igual, mirando el barro de los lados. La otra opción era sentarse.
Volvió a las cuatro de la tarde, empapado, y se sentó en la mesa de la cocina con las botas puestas.
El segundo día no hizo nada. Y esto le sorprendió a él mismo, porque él siempre hacía algo. Se levantó, se quedó sentado en la cama hasta las once, bajó, miró el tejado sin subirse, se hizo un café, se lo bebió frío. No barrió. No colocó pizarras. No siguió con el marco de la ventana, que lo tenía a medias.
Quedaban cuatro semanas y media para octubre. Lo sabía perfectamente. Se quedó mirando el boquete de atrás desde el huerto, contándolas, y le dio exactamente igual, y eso fue lo primero que le dio miedo de verdad.
A media tarde llevaba once horas esperando que sonara algo.
Por la noche, en la hamaca, le volvió la de la cocina.
La de dos dedos por debajo del esternón. La que llevaba meses sin visitarle y a la que él, sin decírselo a nadie, le había cogido hasta cariño de lo lejos que la tenía.
Estaba entera. No había perdido nada por el camino.
Y él había arreglado un tejado.
El tercer día llamó a Hortensia. Se lo contó todo, entero, sin adornar, tal cual, que era lo que ella le había pedido para lo de la casa y valía para esto también.
Hortensia se quedó callada un rato larguísimo.
— Ay, Dios mío — dijo.
— Sí.
— Ay, Dios mío, hijo, que fui yo.
— No fuiste tú.
— Fui yo, que le cogí el teléfono a la Guardia Civil. — Se le oía muy mal, con la voz rara —. Que me metí donde no me llamaban desde el minuto uno. Y yo llevo toda la vida así, ¿eh? Toda. Yo he arreglado bodas y he arreglado herencias y he metido las manos en cosas que no eran mías, y siempre me ha salido bien, y una se acostumbra a que le salga bien.
— Hortensia.
— ¿Qué?
— Tú cogiste el teléfono para decirle que la dejara vivir.
Al otro lado no se oyó nada.
— Y luego lo cogiste otra vez, y esa vez ya no.
— Ya — dijo ella.
Y ninguno de los dos supo qué añadir a eso.
Lo que más le jodía, cuando se sentaba a mirarlo de frente, era una cosa muy concreta. No era haber hablado con Irene.
Era la frase.
Yo te aviso.
Se le repetía sola, a todas horas, con su propia voz, y cada vez que se la oía le daba una vergüenza física, de las que te hacen apretar los dientes en mitad de la calle. Porque esa frase no la había dicho un tío que estaba ayudando.
Ahí se atascaba. Se atascaba porque la lista de cosas que se le venían encima no tenía nada que ver: las rondas que había pagado, el dinero que había prestado y no había reclamado, las mudanzas a las que se había presentado sin que nadie le llamara, el destornillador antes de que se rompiera nada.
No entendía qué hacía todo eso en la misma lista que aquella frase.
Había una segunda frase, y esa era peor porque no era suya.
Y tú tampoco has dicho nada, ¿eh?
Se la había dicho un tío con la mano en el techo de un coche, de camino a otro sitio y para hacer daño, y llevaba días rebotándole dentro sin permiso.
Y lo que no le cabía en la cabeza era cómo podían ser suyas las dos: la de callarse cuando había que hablar y la de hablar con quien no le tocaba.
Le pareció que había algo ahí, algo que casi se veía, como una palabra que tienes en la punta de la lengua.
Estuvo dos días con eso y no le salió.
El cuarto día apareció Gorgorito. Estaba sentado en el respaldo de la silla de enfrente cuando Axel bajó por la mañana.
Axel se paró en la puerta y esperó la coña. Esperó lo del chocolate, o lo de comelón, o cualquier cosa de las suyas.
El duende siguió como estaba, con las manos en las rodillas, mirándole.
Axel se sentó, se puso el café y se lo bebió. Y el otro se quedó todo el rato.
Cuando se levantó a fregar la taza, la silla estaba vacía.
La postal llegó el quinto día. La subió Trini en persona, que llevaba cuatro días sin dirigirle la palabra a nadie de la vergüenza, y se la dio en la puerta sin entrar.
— Ha llegado esto.
— Gracias.
— Yo no sabía nada, Axel.
— Ya lo sé, Trini.
— Es que yo pensaba que…
— Que sí, mujer. Que no fue usted.
Trini asintió y bajó la calle.
Era una postal. Una postal de verdad, de las de cartón, con una foto horrorosa de una playa que no tenía nada que ver con nada.
Detrás, la letra de Clara, muy redonda:
¡AXEL! Tus padres nos han dado la dirección. ¡Que estás en una casa! ¡Con un tejado y todo! Mándanos una foto que no nos lo creemos. Aquí todo igual, mucho trabajo y poca gracia. Nos quedamos los juegos de mesa, gracias, jugamos casi todos los jueves. La caja del Carcassonne se rompió. Besos, CLARA.
Debajo, apretado en el trozo que quedaba, con una letra mucho peor:
Yo pensé que se te pasaba en dos semanas. Me equivoqué. B.
Axel se sentó en el escalón de la puerta con la postal en la mano.
Y ahí, por fin, se le saltaron las lágrimas. No por Bruno, ni por Clara, ni por los juegos de mesa. Por lo de me equivoqué.
Porque llevaba cinco días buscando la forma de que aquello tuviera arreglo. Cinco días dándole vueltas para encontrar el ángulo, la frase, la explicación buena, el modo de que se entendiera. Y un tío al que no veía desde hacía seis meses le acababa de escribir dos palabras en el trozo de cartón que le sobraba a su mujer.
Sin explicar nada. Sin arreglarlo.
Me equivoqué. Y ya está.
Aquella noche subió la banqueta y miró la chimenea. Yayo seguía ahí, hecho un ovillo, con el trozo de manta debajo.
— Oye — le dijo.
Nada.
— Yo la he cagado.
Nada.
Y se quedó ahí subido, con la cabeza metida en una chimenea, contándoselo a un bicho dormido porque no había nadie más.
— Es que no sé cómo se pide perdón sin explicar nada. No lo he hecho nunca. — Cambió el peso de pie en la banqueta —. Yo lo hice para arreglarlo. Eso es verdad. Yo llamé a esa mujer porque la oí llorar por teléfono y pensé que se estaban entendiendo mal y que alguien tenía que ponerse en medio.
Nada.
— Y en seis meses no se lo dije una sola vez. Seis meses. Y no fue que no encontrara el momento: es que todos los días decidía que no era ese.
Nada.
— Y encima ella me lo preguntó. — Se le fue la voz un poco —. Me lo preguntó de frente, en un puente, y le dije que estaba hablando con mi madre.
Bajó de la banqueta.
Le entró una rabia de las que no avisan. Cogió la escoba, se puso en mitad de la cocina y barrió los cinco días de tierra y de ceniza en línea recta hacia los pies de la escalera. Hacia allí. A propósito. Con ganas.
Y cuando llegó al último escalón levantó la escoba y se quedó de pie en la cocina, esperando.
Esperando qué, no lo sabía. Un ruido. Una cosa cayéndose. Algo.
No pasó nada. No pasó absolutamente nada: la casa siguió como estaba, la leche encima de la mesa, la mesa donde siempre, y arriba el saúco moviéndose con el aire que entraba por donde tenía que entrar.
Se quedó ahí un rato largo, con la escoba en la mano, sintiéndose el hombre más tonto del hemisferio norte.
Y luego cogió el recogedor, volvió a barrer todo aquello desde el principio y lo llevó hacia el otro lado, hacia la puerta, despacio y bien, como le habían dicho.
Que no cuesta nada.