Sin nadie

El primer día salió a buscarla, aunque había oído llegar el coche y sabía que no estaría en ninguna cuneta. Trini le dijo que no había pasado por la tienda. Siguió hasta la curva de abajo, fijándose en si alguien había pisado la hierba de los bordes. Volvió a las cuatro sin haber encontrado nada, empapado, y se sentó en la cocina con las botas puestas.

El segundo día no consiguió hacer nada, y aquello lo asustó más, porque él siempre encontraba algo en lo que ocuparse. Aguantó en la hamaca hasta las once y después se preparó un café que acabó bebiéndose frío. Se quedaron sin barrer el suelo, sin subir la pizarra y sin terminar el marco de la puerta del balcón, que seguía a medias desde julio.

A mediodía salió al balcón, que era donde había raya, y miró la cuenta. Ciento treinta y ocho euros. La escalera de Úrsula sin pagar. Y en la libreta de Trini, tres semanas de cervezas que habían bebido entre los tres y seguían sin pagar.

Bajó al huerto y miró el faldón que seguía a medio cubrir. Con lo que había tardado la última vez que trabajó sin Eva, calculó que aún le quedaban tres semanas largas de subir cubos y poner pizarra. Le quedaban treinta y cinco días hasta el plazo del aviso, pero aquella semana había llovido cuatro y el tejado mojado no se podía pisar. Volvió a hacer la cuenta, por si se había pasado de pesimista. Lo raro fue descubrir que le daba igual.

Aquella noche volvió la sensación a la boca del estómago. Había pasado tantas semanas sin notarla que casi la recordaba con cariño, de lo lejos que creía tenerla. Seguía siendo la misma. Ni medio tejado hecho con sus manos había servido para que volviera más pequeña.

La otra hamaca, a metro y medio, estaba vacía. Con la tela todavía combada por donde había dormido ella.

El tercer día llamó a Hortensia desde el balcón. Se lo contó todo, sin adornar.

Hortensia se quedó callada un rato larguísimo.

Axel entra empapado en la cocina después de salir a buscar a Eva.

— Ay, Dios mío, hijo. Que fui yo.

— No fuiste tú.

— Fui yo, que le cogí el teléfono a la Guardia Civil. — Se le oía la voz rara —. Que llevo toda la vida metiendo las manos donde no me llaman. He arreglado bodas y he arreglado herencias, y siempre me ha salido bien, y una se acostumbra a que le salga bien.

— Hortensia.

— ¿Qué?

— Tú cogiste el teléfono para decirle que la dejara vivir.

Al otro lado no se oyó nada.

— Y luego me escribiste que se enterara ella. Con un «¿eh?» detrás. Lo tengo aquí.

— Ya — dijo Hortensia. Y se sonó.

No conseguía quitarse de la cabeza su propio «yo te aviso». Le volvía a todas horas, con la misma voz con la que se lo había prometido a Irene. Después aparecía la de Víctor: «Y tú tampoco has dicho nada, ¿eh?».

El cuarto día bajó a la cocina y se hizo un café. El primero caliente en cuatro días. Cuando se giró con la taza, Gorgorito estaba sentado en el respaldo de la silla de enfrente.

Axel esperó la coña del chocolate o alguna de las suyas, pero Gorgorito siguió mirándolo desde la silla, con las manos en las rodillas.

Axel se sentó y se bebió el café. El otro no se movió en todo el rato. Ni una palabra.

Cuando se levantó a fregar la taza, la silla estaba vacía.

Gorgorito acompaña en silencio a Axel mientras toma café en la cocina.

La postal llegó el quinto día. La subió Trini en persona, que aquella cuesta no la subía más que para los cumpleaños.

— Ha llegado esto. — Se la dio y no se fue —. Y otra cosa. Si vuelve a llamar alguien al fijo preguntando por los de arriba, en mi tienda se vende pan y nada más.

— Trini, que no fue usted, mujer.

— Ya lo sé que no fui yo. — Se colocó las gafas —. Pero el teléfono era mío.

Era una postal de cartón, con una foto horrorosa de una playa que no tenía nada que ver con nada. Por detrás, la letra de Clara, muy redonda:

¡AXEL! Tus padres nos han dado la dirección. ¡Que estás en una casa! ¡Con un tejado y todo! Mándanos una foto, que no nos lo creemos. Los juegos nos los quedamos, gracias. Jugamos casi todos los jueves. Besos, CLARA.

Y debajo, apretado en el trozo que quedaba, con una letra muchísimo peor:

Yo pensé que se te pasaba en dos semanas. Me equivoqué. B.

Axel se sentó en el escalón a releer la postal. Por la puerta abierta se veían la leche sin abrir y la mochila azul sobre la mesa. Allí, con la letra de sus amigos delante, consiguió llorar por fin.

Trini se queda junto a Axel en el escalón mientras él lee una postal.

Todavía tenía los ojos así cuando subió el de la carpeta, con el chaleco cerrado hasta el cuello con el calor que hacía.

— Buenas tardes. — La sonrisa de anuncio —. Álex, ¿verdad?

— Axel.

— Eso. Axel. — Miró la mochila por la puerta abierta —. Ya me he enterado, tío. Lo siento. — Lo dijo con pena de verdad, y eso era lo peor —. Una cosa y me voy.

Se sentó en el muro sin que nadie le invitara.

— Mira, yo te hablo claro, que tú eres de los auténticos. Nosotros no compramos casas. Recuperamos patrimonio. Le damos una segunda vida al pueblo. — Abrió la carpeta sin mirarla —. Y el treinta viene enseguida. El ayuntamiento ya ha pedido presupuesto a los de derribos de Valdoria. Para el día tres. — Miró el cielo —. Nosotros no queremos que llegue a eso, ¿eh? Pero llega.

Sacó de la carpeta una plaquita metálica idéntica a las de las casas tapiadas, con su hojita y sus dos palabras en inglés. También traía los cuatro tornillos en una bolsa.

— Esa ya la traemos hecha — dijo, al verle mirarla —. Por no hacer dos viajes. — Cerró la carpeta —. Tú a la señora la conoces. De ti se fía. Tú se lo dices cuando sea el momento.

Axel abrió la boca para decir que vale. Le salía solo, como el «no pasa nada».

— No — dijo.

El de la carpeta sonrió más.

— Piénsatelo, hombre. Sin prisa.

— No.

El promotor enseña una plaquita y cuatro tornillos a Axel, que sigue sentado en el escalón.

El de la carpeta se quedó un segundo con la sonrisa puesta, esperando el resto. No vino. Se levantó, sacó el móvil y le hizo una foto a la fachada, con el papel en la puerta y Axel en el escalón.

— Para el antes — dijo, con la sonrisa.

Y bajó la calle.

Axel lo siguió con la mirada, esperando que una pizarra le cayera delante de las zapatillas o que pasara cualquier cosa que lo hiciera detenerse. El hombre llegó al coche sin problemas y el todoterreno salió de allí sin un rasguño.

Esa noche se subió a la banqueta y miró la chimenea. Yayo seguía allí, hecho una bola, con su trozo de manta debajo.

— Oye, tronco.

Nada.

— Que la he cagado.

Nada.

— Y ni pedir perdón sé. Me sale explicarlo. — Cambió el peso de pie —. Que es lo que estoy haciendo ahora contigo, que estás dormido. Fíjate si no sé.

Axel habla al diminuto Yayo dormido en la chimenea, subido a la banqueta con el frontal.

Al bajar de la banqueta le entró una rabia que no sabía dónde meter. Cogió la escoba y barrió cinco días de tierra y ceniza directamente hacia la escalera, con toda la mala leche y a sabiendas de que no debía hacerlo.

Al llegar al último escalón levantó la escoba y se quedó esperando.

No pasó nada. La leche encima de la mesa, la mochila al lado, y arriba el saúco moviéndose con el aire.

Se quedó con la escoba en la mano, sintiéndose el tío más tonto del hemisferio norte.

Acabó recogiendo el montón y empezó otra vez, despacio, hacia la puerta, tal como le habían enseñado. Tardó el doble, porque primero tuvo que ir sacando la ceniza de entre las piedras.

A las doce y cuarto, abajo, delante del hotel, se puso a pitar un coche.

El coche pitó un minuto, se calló y volvió a empezar. A la una seguía igual. A las dos se habían encendido las luces de media calle y a las tres Axel salió al balcón en calzoncillos. Vio el todoterreno delante del hotel, solo, con los cuatro intermitentes montando una feria.

Una ventana del hotel se abrió.

— ¡Que alguien apague eso, por Dios!

La ventana volvió a cerrarse y Axel se echó a reír, allí solo, en calzoncillos y a las tres de la mañana. Hacía cinco días que no le salía.

El todoterreno hace saltar la alarma de noche; Axel se asoma al balcón en calzoncillos.

Pitó hasta las seis y diez.

A las siete y media bajó a por pan, que llevaba cinco días sin comprar nada.

En la tienda estaba el de la carpeta, con unas ojeras hasta la barbilla y el chaleco mal abrochado, pagando un café.

— Toda la noche — le estaba diciendo a Trini —. Sin tocarlo nadie. Y es nuevo, ¿eh? Nuevo.

Trini le dio a la máquina sin levantar la vista.

— Garduñas.

— ¿Cómo?

— Garduñas. — Arrancó el ticket —. Se meten en los motores a por el calorcito. Uno veinte.

El de la carpeta pagó y se fue mirando al suelo.

Trini miró a Axel un segundo por encima de las gafas y volvió a sus cajas.

Subió con la barra debajo del brazo y se paró delante de la puerta. El papel seguía en su funda de plástico, con su sello y su fecha. Lo volvió a leer entero.

Luego entró, dejó el pan en la mesa, al lado de la leche, y abrió la leche.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona