Ahí está el Magikito, tan quietecito en la estantería. Sonríe, lleva el gorro torcido y parece no haber roto un plato en su vida. Pues hoy vamos a inventarle una noche bastante más movida. Esto es un cuento: tú pones la casa y nosotros, el lío.
La regla de nuestra historia es sencilla. En cuanto el último humano se duerme, los duendes bajan de las baldas. Uno lo hace con elegancia. Otro se queda enganchado por el gorro y pide que conste en acta que aquello era una acrobacia.
¿Qué hacen los Magikitos cuando nadie los mira?
En este cuento, se reúnen para intercambiar calcetines, cotillear y preparar expediciones por la casa. Una despensa les parece un mercado enorme y una estantería, una montaña de historias. Cada duende tiene sus manías. Hay quien busca aventuras y quien solo ha venido porque le han prometido una silla cómoda.
El gran mercado del calcetín desparejado
La reunión empieza detrás del sofá. Uno extiende un calcetín a rayas y anuncia que es una hamaca de lujo. Otro pregunta si tiene agujeros. «Ventilación natural», responde el primero, que de vender humo sabe un rato aunque aquí nadie haya sacado la cartera.
Los calcetines sirven de sacos de dormir, mantas para el invierno o fundas para guardar sombreros. El de lunares tiene mucha demanda porque, según el comité de decoración, queda bien con casi cualquier barba. El comité lo forman dos duendes que nunca se ponen de acuerdo.
Hoy han traído uno diminuto. Nadie cabe dentro. Tras una discusión larga y completamente innecesaria, lo nombran guante oficial para saludar a las visitas. El duende encargado se lo pone en la cabeza. A estas alturas ya nadie pide explicaciones.
Reunión urgente para decidir una tontería
Después llega el turno de los asuntos importantes. Alguien propone ordenar los libros por el color de los lomos. Otro quiere hacerlo según lo bien que suenan los títulos cuando los dices con la boca llena. Un tercero pide que dejen de usar su gorro como urna.
También se cuentan las aventuras de la noche anterior. Uno asegura que cruzó toda la cocina sin tocar el suelo. Luego se descubre que iba dentro de una cesta que otro arrastraba. La hazaña sigue siendo admirable, sobre todo para el que tiraba de la cesta.
Antes de salir, reparten tareas. El más pequeño quiere echar un cable, así que le encargan vigilar que nadie se quede atrás. Se toma el trabajo tan en serio que cuenta tres veces los gorros que pasan por la puerta. Siempre le falta uno: el suyo, que se ha dejado sobre la mesa.
Una casa entera para montar una aventura
En la cocina investigan un bote de canela como si fuera un hallazgo histórico. En el escritorio encuentran una lista que dice «comprar pan» y organizan una expedición. Tardan un buen rato en darse cuenta de que no es un mapa.
Entre las plantas montan un teatro. Una hoja hace de telón y el protagonista ensaya un discurso solemne hasta que otro estornuda. El público se ríe, el protagonista también y la función termina siendo bastante mejor de lo previsto.
El gato del cuento observa desde una silla. Le ofrecen el cargo de guardián del secreto. Acepta, pero exige quedarse con la silla y no asistir a ninguna reunión. Es, de largo, quien mejor ha negociado sus condiciones.
El expediente del mando que quería viajar
La gran trastada de esta noche empieza cuando un duende decide que el mando de la tele tiene forma de barco. Lo coloca en una zapatilla y nombra capitán a un botón. La travesía termina unos centímetros más allá, contra la pata de una mesa.
«Puerto alcanzado», anuncia. Nadie quiere estropearle la ilusión. Devuelven el mando a su sitio, rescatan el botón y declaran que la próxima expedición llevará merienda. Esta historia nos la estamos inventando aquí mismo: no es un testimonio de nadie ni una explicación para tus llaves perdidas.
Una excursión que podría empezar con esta foto

En la foto hay dos figuras de Magikitos y un ave detrás. Podemos imaginar que son los embajadores de la estantería y que han salido a pedir permiso para cruzar el parque. El del gorro rojo lleva el discurso preparado. El del amarillo tiene una duda mucho más urgente: si al otro le toca hablar, ¿a él le toca sujetarle el gorro? El ave no ha confirmado ninguna cita. De momento, los embajadores hacen como que todo estaba previsto.
Así puedes empezar una historia con una imagen de nuestra colección de duendes. Mira un gesto, inventa un problema pequeño y decide cómo lo resuelven. No necesitas tener una figura ni preparar una escena perfecta. A veces basta con que dos personajes quieran pasar por la misma puerta con unos gorros demasiado grandes.
¿Las figuras de los Magikitos se mueven solas?
No. Las figuras artesanales de porcelana fría representan a nuestros personajes y no se mueven por sí solas. Las reuniones, los calcetines y el gato negociador pertenecen al cuento. Si tienes una figura, la guía para cuidar un duende explica cómo conservarla.
El pacto antes de volver a la balda
Cuando empieza a clarear, los duendes regresan a sus sitios. Han acordado una cosa: las aventuras tienen que terminar a tiempo para que nadie pierda el autobús buscando el mando. El gato se queda con la silla. El botón exige que le sigan llamando capitán.
Ya está todo en silencio. El Magikito vuelve a sonreír desde la estantería. Tú decides si mañana le inventas otra noche de jaleo. Nosotros solo queremos saber una cosa: quién le ha puesto ese calcetín en la cabeza.