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Nueve cifras

Al sexto día, a las ocho de la mañana, Úrsula apareció en la puerta con el mono azul puesto.

— Buenos días.

— Buenos días.

— ¿Me devuelves la escalera?

Axel parpadeó.

— ¿La escalera?

— La de aluminio. Que la necesito.

— Ah. Sí, claro. — Se apartó —. Está arriba. Ahora te la bajo.

Úrsula no se movió del escalón.

— Está en mi casa — dijo.

— ¿Qué?

— Eva. — Se metió las manos en los bolsillos del mono —. Está en mi casa desde el martes.

Axel se quedó con la mano en el marco de la puerta.

— ¿Desde el martes?

— Desde el martes por la tarde.

— ¿Y no me…?

— No.

Se quedaron los dos mirándose.

— Úrsula, llevo cinco días buscándola por las cunetas.

— Ya lo sé. Te he visto. — Se recolocó las manos en los bolsillos —. Ella me dijo que no dijera nada. Pues no digo nada.

— Pero yo pensaba que se había ido del pueblo.

— Eso es lo que ella quería que pensaras.

Axel se apoyó en el marco.

— ¿Está bien?

— Está en mi sofá. Come, duerme y no habla. — Úrsula levantó un hombro —. Como una gata escaldada.

— Úrsula…

— Mira, chaval, yo no me meto.

— Ya.

— Yo no me meto — repitió, y se metió inmediatamente —. Pero llevo tres días con una cría de veinticuatro años en mi salón y anoche me contó lo que has hecho. Y te voy a decir dos cosas y luego me devuelves la escalera.

Axel esperó.

— La primera es que la has cagado. Pero eso ya lo sabes tú, que se te ve en la cara.

— Sí.

— Y la segunda es que la cagaste el día que no se lo dijiste. No el día que llamaste. — Se sacó una mano del bolsillo y señaló hacia arriba con el pulgar, hacia el pueblo —. Aquí la gente se calla muchas cosas, ¿eh? Muchísimas. Yo llevo treinta años callándome cosas, y hay dos casas de esta calle en las que sé cosas que no he dicho nunca y no voy a decir. Pero callarse es una cosa y contar que hablabas con tu madre es otra.

— Ya lo sé.

— Pues eso. — Volvió a meterse la mano en el bolsillo —. La escalera.

Axel se pasó las manos por la cara.

— ¿Y por qué me lo dices ahora?

— Porque ahora me ha dicho que te lo diga.

Todo el pueblo lo sabía.

Eso lo entendió Axel en los tres segundos siguientes y le costó otro rato entenderlo del todo. Trini lo sabía. Sabino lo sabía. El chaval de las sartenes lo sabía. La mujer del tercero, que no le había dicho ni buenos días en dos meses, lo sabía.

Veintiséis vecinos y ni uno solo le había dicho nada en cinco días.

No por mala fe. Al revés. Porque no era suyo.

Eva llegó a las cinco de la tarde. Subió la calle con la mochila colgando de un hombro y Fay detrás, y Kika bajó a por ella corriendo y perdió la cabeza completamente, dando vueltas y aullando y chocándose con las piernas de todo el mundo.

Se paró en el escalón. Axel salió a la puerta y no supo qué hacer con las manos.

— Hola.

— Hola.

Silencio.

— ¿Puedo entrar?

— Es tu casa.

— No, no es mi casa. — Lo dijo sin rencor, como un dato —. ¿Puedo entrar?

— Sí.

Se sentaron en la cocina, uno a cada lado de la mesa.

Y Axel arrancó a hablar.

— Eva, yo…

— Espera.

— Es que quiero decirte que…

— Que esperes.

Se calló.

Eva puso las dos manos encima de la mesa y se quedó mirándolas.

— Vamos a hacerlo al revés — dijo —. Hablo yo primero. Y tú no me arreglas nada.

— Vale.

— Que no me arregles nada, Axel. Ni una frase. Si empiezas a explicarme por qué lo hiciste, me levanto y me voy.

— Vale.

Estuvo callada casi un minuto.

— He estado dos días fuera y tres en casa de Úrsula — dijo.

Los dos primeros hizo la prueba. Tres horas de estudio, y salió bien, y volvió en un autobús y en un tractor. Eso lo contó en cuatro frases, sin levantar la vista de la mesa, y no volvió a contarlo nunca.

— Le he pintado una habitación entera y no hemos hablado de esto ni una sola vez, porque esa mujer es de las que no preguntan. Y el jueves me di cuenta de una cosa.

— ¿De qué?

— De que estaba esperando a que vinieras.

Axel cogió aire.

— Cállate.

La cerró.

— Estaba ahí sentada, pintando un rodapié, esperando a que alguien me viniera a buscar y me convenciera. — Se rió por la nariz, sin gracia —. Como en toda mi puta vida. Esperando a que me lo pusieran fácil.

Se echó el pelo para atrás.

— Y luego me acordé de una cosa que me dijo Hortensia en un escalón.

— ¿El qué?

— Que no le debo nada a nadie. — Se quedó un momento en silencio —. Y que el que me haga sentir que sí, no me quiere. Me quiere mandar.

Miró a Axel de frente.

— Y estuve toda la tarde dándole vueltas a eso. Porque tú me la has hecho. Tú me la has hecho de verdad y no te la voy a quitar.

— Ya lo sé.

— No hables.

— Perdón.

Eva cogió aire.

— Pero llevo un año y siete meses diciendo que mi hermana me controla la vida — dijo —. Y llevo un año y siete meses sin poder ir a un pueblo sin mirar hacia atrás. Sin decir mi apellido. Sin dar un teléfono. Sin apuntarme a nada donde te pidan el carné.

Se le puso la voz un poco rara y siguió igual.

— Y eso no es que ella me controle. Eso es que yo la llevo encima. — Bajó los ojos a la mesa —. Yo me fui de mi casa para que no me mandara nadie. Y llevo desde entonces organizando mi vida entera alrededor de una persona que no ha estado delante ni un solo día.

Se rió, y esta vez sí un poco.

— Menuda libertad.

Axel se calló. Le costó Dios y ayuda, pero no dijo nada.

— Así que voy a hacer una cosa — dijo Eva —. Y la voy a hacer yo.

— Déjame el móvil.

Axel se lo dio. Era el mismo de siempre, el que ella le había pedido tres veces en cuatro meses para llamar a otra persona, y ninguna de las tres había dicho a quién.

— Dame el número.

Axel no se movió.

— Eva…

— El número, Axel.

— ¿Estás segura?

Eva le miró con una cara que Axel no le había visto nunca y que no se le olvidó jamás.

— No — dijo —. Pero es mío.

Axel le dictó nueve cifras. Eva las tecleó. Se quedó con el dedo encima de la pantalla un rato largo.

Y luego le dio.

Y no se lo llevó a la oreja. Se quedó de pie en mitad de la cocina con el móvil en la mano y el tono sonando, uno, dos, tres, mirando la mesa.

Al cuarto se lo puso en la oreja, cogió la manta de cuadros del banco, se la echó por los hombros y salió al balcón.

Tiró de la puerta y la puerta no cerró. No cerraba desde julio, porque el marco lo tenía Axel a medias.

Se quedó abierta cuatro dedos.

Por esos cuatro dedos Axel oyó lo primero que le dijo aquella tía a su hermana en un año y siete meses, y fueron dos palabras.

— Soy Eva.

Le pareció, oyéndolo, que era la única vez que se la había oído decir sin que se lo preguntara nadie.

Luego un silencio larguísimo. Y luego a Eva diciendo «ya» tres veces seguidas, con tres voces distintas.

Y ahí Axel hizo la única cosa que se le ocurrió que servía para algo, que fue apartarse.

Se fue al otro extremo de la cocina, se sentó en el banco de espaldas a la puerta y se puso las manos en las rodillas. No cogió la escoba. No se puso a fregar. No bajó a por agua para tener algo que hacer.

Estuvo veinte minutos sentado en un banco, oyendo una voz que no entendía, sin ir a arreglar nada.

Fue lo más difícil que había hecho en aquella casa.

Cuando entró tenía los ojos rojos y la cara tranquila. Dejó el móvil en la mesa.

— Viene en dos semanas — dijo.

— Vale.

— Y si viene y la lío, la lío yo.

— Vale.

Eva se sentó y se quedó un momento mirando la mesa.

— Ahora ya puedes hablar — dijo.

Y Axel, que llevaba seis días preparando un discurso enorme, con sus partes y sus explicaciones y su modo de que se entendiera, se sentó enfrente y dijo lo único que servía.

— Me equivoqué.

Eva asintió.

— Vale.

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