El coche
Cinco personas en un Renault y doce horas de carretera
Llegaron a las siete y veinte de la tarde de un sábado, y se oyó el coche desde tres curvas antes.
Era el Renault blanco de Paco. Subió la calle empedrada con el motor quejándose, se paró delante de la casa y se quedó un momento en silencio, con los cinco dentro, como si nadie se atreviera a abrir.
Luego se abrieron las cuatro puertas a la vez.
Habían salido a las siete de la mañana. Doce horas y veinte minutos. Paco conduciendo, el padre de Axel de copiloto porque era el único que no cabía detrás, y en el asiento de atrás, tres: su madre, Hortensia y una mujer que Axel no había visto nunca.
Salieron del coche como salen los muñecos de una lata de esas de broma.
— ¡Hostia! — dijo su padre, estirándose —. ¡La espalda!
— Doce horas — dijo Hortensia, agarrándose a la puerta —. Doce horas con este hombre poniendo la radio.
— ¡Es que la radio es para ponerla!
— ¡La radio es para ponerla, no para cantarla!
Su madre salió por el otro lado, se estiró, miró la casa y se puso una mano en el pecho.
— Ay.
Porque la casa ya no era la casa. En dos meses y medio habían hecho esto: el tejado entero, la ventana con cristal, el balcón con las tablas nuevas, la cuadra vaciada y barrida, el huerto sin ortigas y con tres bancales hechos, la cocina blanqueada y la lareira funcionando. Y el saúco seguía dentro, en el cuarto de atrás, con un tragaluz nuevo puesto alrededor por Úrsula, que había dicho que era una tontería y lo había hecho igual.
— Madre mía, hijo — dijo su padre, andando hacia la fachada con la cabeza levantada —. Madre mía.
Le dio un golpe en la pared con los nudillos, que era lo más parecido a un abrazo que hacía ese hombre delante de gente.
La mujer se había quedado al lado del coche. No se había movido. Tendría treinta y pocos, el pelo recogido, una chaqueta demasiado buena para aquella calle y unos zapatos que no iban a durar dos días.
Estaba blanca.
Eva bajó los tres escalones de la puerta y se paró a cuatro metros.
Las dos se quedaron ahí, y nadie abrió la boca. Su padre dejó de dar golpes en la pared. Paco se quedó con el maletero medio abierto.
— Hola — dijo Irene.
— Hola.
Y otra vez el silencio.
Irene abrió la boca. Y Axel, desde el balcón, la vio ir directa a la primera cosa que no había que decir.
— Estás muy delgada.
Eva se quedó quieta. Axel cerró los ojos.
Y entonces Eva dijo:
— Y tú tienes los zapatos fatal para esta calle.
Irene bajó la vista a sus propios pies. Se quedó mirándolos.
Se echó a reír. Se echó a reír con una mano en la boca, medio llorando, con esa risa horrible que sale cuando llevas doce horas en un coche y un año y siete meses esperando.
— Ya lo sé — dijo —. Ya lo sé. Me lo ha dicho la señora en el kilómetro cuarenta.
— Y no me hizo caso — dijo Hortensia.
No se abrazaron. Se quedaron a cuatro metros, riéndose de los zapatos, y luego Eva dijo «pasa, anda» y entraron.
Axel cocinó para nueve. Nueve, porque a las ocho apareció Úrsula con una botella y a las ocho y media subió Sabino con su bastón que no usaba, y detrás de Sabino, sin que nadie los hubiera llamado, el chaval de las sartenes y su madre.
Hizo el guiso aquel, el que aprendió en una olla abollada que ya no tenían, la de la casa de la señora que se había muerto en enero. Costilla, patatas, pimentón, y el arroz al final. Lo hizo en la lareira, con el fuego bajo, agachado, removiendo con un palo, exactamente como la primera vez.
Y le salió bueno.
Comieron en la cocina, once personas apretadas en una mesa para seis, con dos bancos, una silla traída de casa de Úrsula y el chaval de las sartenes sentado en un cajón de fruta.
Su padre se puso al lado de Paco y descubrieron a los diez minutos que los dos habían tenido el mismo modelo de Land Rover, y ya no hubo manera de sacarlos de ahí. Su madre y Úrsula hablaron de rodapiés. Hortensia y Sabino se pasaron media cena discutiendo sobre un burro del año sesenta y uno.
Eva y su hermana estuvieron en una esquina de la mesa, hablando bajito, durante dos horas y media.
Axel no oyó nada de esa conversación y no quiso oírla. Lo único que vio, desde el otro lado de la mesa, fueron tres cosas.
Vio que Irene lloró dos veces y que Eva no la consoló ninguna, y que estaba bien.
Vio que en un momento Eva se levantó, se fue al cuarto de atrás y volvió a los cinco minutos con la cara lavada, y se volvió a sentar.
Y vio, ya de madrugada, que Irene sacó una cosa del bolso.
Y esa la vio de cerca, porque justo entonces estaba dejando la fuente del postre en aquella esquina de la mesa y ya no había manera de irse sin que se notara.
Era pequeña y estaba envuelta en un pañuelo de papel. Irene la puso delante de Eva y retiró la mano.
Eva no la tocó.
— Ábrelo tú — dijo.
— Es tuyo.
— Que lo abras tú.
E Irene lo abrió, con unas manos de abogada que no habían arrancado una hierba en su vida y que llevaban tres días arrancándolas. Dentro había una caña de bambú partida por la mitad, con seis agujeros hechos a fuego.
Eva se quedó mirándola encima de la mesa. No la cogió.
— La tiraste — dijo.
— No.
— Yo te vi tirarla a la basura.
— Y yo te vi mirar la basura — dijo Irene.
Ahí se callaron las dos, y Axel, de pie con una fuente vacía en las manos, entendió que llevaban nueve años cada una con la mitad de aquella escena.
— La saqué esa noche, cuando te dormiste — dijo Irene —. Y no te lo dije nunca.
— ¿Por qué?
— Porque si te lo decía me tenías que dar las gracias otra vez.
Eva soltó el aire por la nariz.
Luego alargó la mano, cogió las dos mitades, una en cada mano, las juntó por donde se habían roto y se quedó mirando cómo casaban.
Nueve años en un cajón de la casa donde se habían criado las dos.
— Sonaba fatal, ¿eh? — dijo Eva.
— ¿Sonaba?
— Sonaba a pito.
Y a Irene se le arrugó la cara entera y se echó a reír con la boca cerrada, y esa vez Eva no la consoló tampoco.
Pero se quedó.
Axel se llevó la fuente a la cocina y estuvo un rato de más ahí dentro.
Irene se quedó tres días. Se compró unas botas en la tienda de Trini, que resultó que vendía botas, y se pasó los tres días haciendo cosas raras para ella: subir un cubo, arrancar hierba, aprender a encender la lareira sin ahumar la cocina entera.
Y a Axel le habló una sola vez del tema, el último día, en la puerta, mientras esperaba a que bajaran los demás.
— Oye — dijo.
— Dime.
— Gracias por llamarme.
Axel negó con la cabeza.
— No me des las gracias por eso.
— ¿Por qué no?
— Porque lo hice mal. — Se apoyó en el marco —. Lo hice a su espalda durante cuatro meses. Y estuvo a punto de costarme todo.
Irene se quedó callada.
— Ya me lo ha contado — dijo —. Me ha dicho que si vuelvo a llamarte a ti antes que a ella, no vuelvo a subir esta calle.
Axel se rió.
— Eso suena a ella.
— Sí. — Irene miró la casa —. Suena mucho a ella. — Y se quedó un momento pensando —. Yo tampoco sé hacer esto, ¿sabes? Yo siempre he sido la que sabe lo que hay que hacer. Y ahora resulta que no.
Miró la calle empedrada con sus botas nuevas de la tienda de Trini.
— Oye, y una cosa. Que llevo tres días con esto aquí. — Se giró un poco —. Vosotros os fuisteis.
— Dime.
— Ella se fue. Y tú te fuiste. Y yo os entiendo, ¿eh? Que quede claro que yo os entiendo. — Lo dijo deprisa, como se dicen las cosas que se han ensayado —. Pero es que en mi casa se murieron dos personas en una autopista un jueves, y el viernes había que llamar a un tanatorio, y a un abogado, y a la del seguro, y a los ochenta y cuatro primos de mi madre. Y eso lo hice yo. Con veintidós años. Sola.
Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta buena.
— Y luego había que vaciar un armario. Y luego había que decidir qué se hacía con un piso. Y firmar. Y pagar la comunidad todos los meses, que la comunidad no se para porque tú te vayas a buscarte la vida.
Miró a Axel de frente.
— Yo no digo que ella hiciera mal. Yo digo que alguien se tiene que quedar a apagar la luz. Y que el que se queda a apagar la luz no sale bien en la foto.
Axel buscó qué contestar a eso y no encontró nada, porque era verdad.
— Ya está — dijo Irene —. Ya lo he dicho.
Y se colocó bien el bolso.
— Y no se lo digas a ella, que me la conozco y me va a decir que yo elegí quedarme. Y tendrá razón. — Se rió sin ganas —. Es lo peor de mi hermana. Que casi siempre tiene razón y encima descalza.
Axel le dio a la calle un rato.
Luego cayó en que llevaba seis meses aprendiendo a callarse y en que ese era el primer día que le servía para algo.