Quedáosla

El primer día, Hortensia encontró mil maneras de estar cerca de la casa sin subir. Se entretuvo junto al horno, en la calle y en la cuadra, que tenía entrada por fuera. Cuando Queta fue a buscarla, dijo que en el escalón estaba estupendamente. A dormir se marchó al hotel, porque su cadera no estaba para probar hamacas.

El segundo día, a las siete y media de la mañana, Axel la vio desde el balcón, sola en mitad de la calle, con una rebeca encima del pijama, mirando la fachada.

Bajó y se puso a su lado.

— Está más pequeña — dijo ella.

— ¿La casa?

— Yo me acordaba de una casa enorme. Y es una casa normal.

— Es que tú tenías diecinueve años.

— Sí.

Miró el horno, que Úrsula había limpiado de hiedra.

— Mi madre metía trece hogazas ahí. Trece. Los martes. Venía media calle a por pan y no pagaba nadie, y a cambio nos traían cosas todo el año. Un conejo. Una docena de huevos. Un saco de castañas. — Se pasó la lengua por los labios —. Y yo me pasé la adolescencia pensando que eso era ser pobre. Y ahora lo cuento en la ciudad y me dicen «qué bonito».

Hortensia, con la rebeca sobre el pijama, mira su antigua casa junto a Axel al amanecer.

Y no siguió.

De vuelta se paró delante de la casa de la esquina y levantó la cara hacia la ventana de arriba.

— ¡Buenos días! — dijo, bien alto.

El visillo se movió. Nada más.

— Cincuenta años — dijo Hortensia —. Y sigue sin contestar. Qué constancia.

Irene compró unas botas en la tienda de Trini, que por lo visto también vendía botas, y se pasó la mañana sujetando la puerta del balcón mientras Eva repasaba el canto con el cepillo de Ximo. Cada vez que Irene intentaba ayudar levantándola un poco, dejaba de encajar por otro sitio.

— Quieta. Si no haces nada, me ayudas más.

Irene se estuvo quieta. A la tercera prueba consiguieron cerrar la puerta, aunque todavía hubo que empujar con la cadera.

Eva cepilla el canto de la puerta del balcón mientras Irene la sujeta con sus botas nuevas puestas.

El lunes a las diez subió el de la carpeta, con la sonrisa puesta desde la fuente.

Hortensia estaba sentada en la losa del horno, al sol, con un café.

— ¿Doña Hortensia? — Le tendió la mano —. Qué alegría, de verdad. Venía a decirle que nuestra propuesta sigue en pie. Y la hemos mejorado. Mucho. Es un proyecto con muchísimo respeto por la esencia del entorno, ¿eh? — Dejó las llaves del coche en la losa, al lado del café, para tener las dos manos para la carpeta —. Si me deja cinco minutos…

Hortensia dejó la mano del hombre esperando en el aire. Le examinó el chaleco y las zapatillas, una costumbre que se le había pegado de Queta en dos días, y le plantó dos dedos sobre la carpeta antes de que pudiera abrirla.

— Hijo. Esta casa no está en venta. Está dada.

Axel, que estaba en el huerto con la azada, se quedó con la azada en el aire.

El de la carpeta sonrió más.

— Todo se puede hablar, doña Hortensia.

— Hablar sí.

Y cerró los ojos al sol, con la taza en las rodillas.

Hortensia frena la carpeta del promotor con dos dedos, sentada junto al horno con su café.

Cuando fue a recoger las llaves, el hombre se encontró la losa vacía. Explicó tres veces que las había dejado junto al café, se palpó los nueve bolsillos del chaleco y acabó agachado entre la hiedra con sus zapatillas blancas.

Axel fue el único que vio lo otro. En la boca del horno, un segundo, un pie. Pequeño, descalzo, negro de hollín hasta el tobillo. Se metió para dentro.

Después de media hora buscando, el de la carpeta metió la cabeza y medio cuerpo en la boca del horno, ya por probar. Salió con las llaves en la mano y un buen cargamento de hollín repartido entre ellas y el chaleco.

— Pero ¿cómo…?

Hortensia abrió los ojos. No se levantó de la losa.

— Eso nos pasa a todos, hijo. — Le dio un sorbo al café, mirándole a los ojos, sin mover una ceja —. Yo una vez tuve la cartera en el frigorífico.

Él se miró el chaleco.

— Mira, hijo — dijo Hortensia —. Ya has tenido tu experiencia rural. Y no te la cobro.

Bajó la calle con la sonrisa todavía puesta y la espalda negra.

El promotor sale del horno con las llaves y el chaleco lleno de hollín; Hortensia bebe su café.

— ¿Llevas todavía lo mío? — le preguntó Hortensia a Axel.

Axel se metió la mano en el bolsillo y sacó el trozo de bolsa de harina, blando ya de cinco meses, con los dos papeles dentro.

Hortensia arrancó el folleto de la grapa de un tirón y lo dobló en cuatro. Se levantó con el quejido de la cadera y lo metió en la boca del horno, hasta el fondo.

— Para cuando lo encendáis — dijo —. Que hace falta papel.

Le devolvió el resto.

— Y esto guárdalo, que todavía manda.

Axel volvió a darle a la azada.

Aquella tarde, cuando los demás habían bajado a la tienda, Hortensia entró sola. Axel la vio desde el huerto y siguió con lo suyo. Tardó cuarenta minutos en salir y lo hizo con los ojos rojos y la barbilla bien alta.

— Está muy bien — dijo —. Lo del árbol es una idiotez y me encanta.

Se sentó en el escalón.

Hortensia mete el folleto doblado en el horno frío y devuelve a Axel los otros papeles.

— He estado en mi cuarto. El de la ventana pequeña. — Miró la calle —. Y he entrado y hay una mochila de colegio en un rincón, y una caja de fruta con ropa doblada, y una vela en la ventana.

— Ya, es que todavía no hay…

— Que no, hombre. — Le puso la mano en el brazo —. Que eso es lo que te estoy diciendo.

— Ah, y dile a la Trini que tenía razón. Que hay que ponerles algo dulce.

— ¿A quién?

— A los de arriba, hijo. — Se sacudió el pantalón —. Que había uno sentado en el poyo de mi ventana, con un chaleco hecho de un trapo que me sonaba de algo, y me ha mirado como se mira a alguien que llega tarde. Ni un «qué bonito», ¿eh? Esos no lo han dicho en su vida.

— ¿Y no te has…?

— Hijo, que yo me crié aquí. Cuarenta y un años sin verlos. Y me ha dado más rabia eso que lo de la casa.

Antes de levantarse, añadió mirando hacia la calle:

— Y lo de aquel cruce, hijo. «Qué bonito», te dije. — Negó con la cabeza —. Hay que ser tonta.

Hortensia vuelve a su antiguo cuarto y encuentra las cosas de Eva junto a la ventana.

Y no lo volvió a mencionar.

En la cena, la primera que comía sentada a la mesa con todos, Hortensia lo soltó con la boca llena y la naturalidad de quien pide que le acerquen el pan:

— Bueno. Yo os la doy.

A Paco se le quedó el tenedor a medio camino.

— ¿Qué?

— La casa. — Cogió pan —. Que os la quedáis.

— Hortensia. No.

— Que sí, hijo.

— Que no. — Axel se estaba poniendo rojo —. Que esta mañana te la pagaban.

— Por eso — dijo Hortensia —. Que te mandé a mirar si seguía de pie, y no me la has pedido.

Y siguió comiendo.

Hortensia anuncia durante la cena que les da la casa; Paco se queda con el tenedor en el aire.

Irene dejó el tenedor.

— Eso se hace en un notario. En dos, uno allí y otro aquí. — Dobló la servilleta —. Y después de que suba el del ayuntamiento, que una casa con ese papel en la puerta no la regala nadie. La regalas y regalas la deuda. Lo llevo yo.

— Tú no llevas nada, tía — dijo Eva.

— Lo llevo yo, Eva. Es lo que sé hacer.

Sacó del bolso una cosa pequeña de plástico y la dejó delante de su hermana, al lado del plato.

Era el carné de Eva, con aquella foto de los diecisiete años en la que llevaba el pelo por la cintura.

— Estaba en tu cajón. Lo he traído por si acaso.

Eva lo miró sin tocarlo.

— Está caducado.

— Ya lo sé. Lo renuevas tú.

Eva lo cogió y se lo guardó en el bolsillo de dentro.

Irene deja el carné caducado junto al plato de Eva, que lo mira en silencio.

Axel acompañó a Hortensia hasta la calle. Con el frío, ella se subió el cuello de la rebeca y miró el balcón, donde había una vela encendida.

— Me vuelvo el martes.

— Oye — añadió Hortensia.

— Dime.

— ¿Y vosotros dos qué?

— ¿Nosotros dos qué?

— Nada, hijo. Que llevo desde una barbacoa al lado de un río esperando a que uno de los dos diga algo. Y yo ya voy para sesenta y seis.

Y se fue calle abajo antes de que él pudiera contestar.

Hortensia se sube el cuello de la rebeca mientras habla con Axel en la calle nocturna.

El martes a las siete, mientras los demás bajaban las bolsas, Irene esperó con Axel en la puerta.

— Oye. Gracias por llamarme aquella vez. En junio.

Axel negó con la cabeza.

— No me des las gracias por eso. Lo hice fatal. Tres meses a su espalda.

— Ya me lo ha contado. Me ha dicho que si vuelvo a llamarte a ti antes que a ella, no vuelvo a subir esta calle.

— Eso suena a ella.

— Suena muchísimo a ella.

Antes de bajar al coche, Irene añadió:

— Cuando lo de mis padres, alguien tenía que llamar al tanatorio, y al abogado, y a los ochenta primos de mi madre. Esa fui yo. — Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta buena —. Alguien se tiene que quedar a apagar la luz, Axel. Y ese no sale en la foto. — Se colocó el bolso —. Y no se lo digas, que es lo peor de mi hermana. Que casi siempre tiene razón. Y encima descalza.

Irene habla con Axel antes de marcharse, con las manos en los bolsillos de su chaqueta.

Hortensia peleaba con el cinturón de seguridad del coche de Paco.

— ¿Y no te quedas? — dijo Eva desde la puerta.

— ¿Aquí? Ay, hija, no. Que yo aquí me muero de aburrimiento en dos semanas.

— ¿Y ahí abajo no?

— Ahí abajo tengo una panadería. — Bajó la ventanilla del todo —. Y a un señor que canta la radio.

Paco, desde el otro lado, levantó los dos pulgares.

Irene fue la última en bajar la calle, con las botas de Trini puestas y los zapatos buenos en la mano.

El coche blanco bajó en primera, con el brazo de Hortensia asomado por la ventanilla y Paco pitando al tomar la curva. Axel se quedó escuchándolo hasta que dejó de oírse.

Al subir a por el cubo, se detuvo en la puerta del cuarto. La mochila de colegio seguía apoyada junto a la ventana pequeña, cerrada y con el cordón apretado. Eva la tenía lista desde el día que volvió, con el plástico, la cuerda, una muda y el cuaderno dentro.

La azul estaba abajo, en la cuadra, colgada de un clavo al lado de la puerta con las pinzas de la ropa dentro. Esa la había colgado ella.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona