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Quedáosla

Hortensia no entró en la casa el primer día.

Nadie se dio cuenta hasta el segundo.

Estuvo en el jardín, o en lo que ellos llamaban jardín, que era un trozo de tierra delante del horno. Estuvo en la calle. Estuvo en la cuadra, que técnicamente es la casa pero se entra desde fuera. Cenó de pie en la puerta, apoyada en el marco, con el plato en la mano, y cuando Queta le dijo que se sentara dijo que estaba muy bien ahí.

El segundo día por la mañana Axel la vio. Estaba en mitad de la calle, sola, a las siete y media, con una rebeca por encima del pijama, mirando la fachada.

Bajó y se puso a su lado sin decir nada. Estuvieron un rato así.

— Está más pequeña — dijo ella.

— ¿La casa?

— Sí. — Se cruzó de brazos —. Yo me acordaba de una casa enorme. Y es una casa normal.

— Es que tú tenías diecinueve años.

— Sí.

Miró el horno, que Úrsula le había quitado la hiedra y estaba limpio, con la boca negra.

— Mi madre metía trece hogazas ahí — dijo —. Trece. Los martes. Y venía media calle a por pan, y no pagaba nadie, y a cambio a nosotros nos traían cosas todo el año. Un conejo. Una docena de huevos. Un saco de castañas. — Se pasó la lengua por los labios —. Y yo me pasé la adolescencia pensando que eso era ser pobre. Y ahora lo cuento en la ciudad y la gente me dice qué bonito.

Y no siguió.

Subió el tercer día, a media tarde, cuando ya no había nadie en la casa porque estaban todos abajo en la tienda. Subió sola. Axel la vio desde el huerto, entrando por el portón, y se quedó donde estaba.

Tardó cuarenta minutos.

Cuando bajó tenía los ojos rojos y una cara que no era de tristeza exactamente.

— Está muy bien — dijo.

— ¿Sí?

— Muy bien. — Se limpió la nariz con el dorso de la mano —. Lo del árbol es una idiotez y me encanta.

Se sentó en el escalón.

— He estado en mi cuarto — dijo.

— ¿Cuál era?

— El de la ventana pequeña, el que dais vosotros dos por el pasillo. — Se rió —. Ahí dormía yo con mi hermana hasta que se casó.

— No sabía que tenías una hermana.

— Se murió en el ochenta y cuatro. — Lo dijo tranquila —. De eso hace más años que de nada.

Y miró la calle.

— El caso es que he entrado en ese cuarto y hay dos sacos en el suelo, y una caja de fruta con ropa doblada, y una vela en la ventana.

— Ya, es que todavía no hay…

— Que no, hombre. — Le puso la mano en el brazo —. Que eso es lo que te estoy diciendo.

Luego se levantó del escalón con las dos manos en las rodillas y el quejido de la cadera.

— Ah, y dile a la Trini que tenía razón. Que hay que ponerles algo dulce.

Axel se quedó parado.

— ¿A quién?

— A los de arriba, hijo. — Se sacudió el pantalón —. Que había uno sentado en mi cama.

— ¿Y no te ha…?

— Hijo, que yo me crié aquí.

Bajó los tres escalones agarrándose a la pared, y no volvió a mencionarlo ni aquel día ni ninguno, porque para ella no había nada más que decir.

En la cena de aquella noche salió lo del cumpleaños, y salió por una tontería. Queta estaba repartiendo tarta de la que había traído del sur, y preguntó de esas cosas que se preguntan repartiendo tarta.

— Y vosotros dos, ¿de cuándo sois?

— Del sesenta y uno — dijo Paco.

— Y yo — dijo Hortensia.

— ¿Del sesenta y uno los dos?

— Del sesenta y uno los dos.

— De marzo — dijo Paco.

Y Hortensia dejó el tenedor.

— ¿De marzo?

— Del catorce.

Se hizo un silencio en la mesa que no era de nadie, porque nadie sabía todavía lo que estaba pasando.

— Yo también — dijo Hortensia.

— No.

— Que sí.

— Que no, mujer.

— Catorce del tres del sesenta y uno. — Hortensia se estaba poniendo colorada, y eso no le pasaba nunca —. Y a las siete de la mañana, que me lo ha contado mi madre cuatrocientas veces.

Paco se echó para atrás en la silla.

— Yo a las siete y media.

— ¡Pues yo soy la mayor!

— ¡Media hora!

— ¡Media hora es media hora!

Ahí se rió la mesa entera, y Ximo se levantó a por la botella sin que nadie se la pidiera, y Paco se quedó mirando a Hortensia con la cara de un hombre al que le acaban de dar una noticia importantísima sobre su propia vida.

— Sesenta y cinco años — dijo.

— Sesenta y cinco.

— Sesenta y cinco años hemos tardado en conocernos, guapa.

— Ya ves tú.

— Bueno. — Paco levantó el vaso, muy serio —. Pues hasta que la muerte nos separe.

— ¡Uy, uy, uy! — dijo Hortensia, tapándose la cara con la servilleta —. ¡Que estamos delante de la gente!

Luego, por debajo de la servilleta, y para que se enterara todo el mundo:

— Bueno, vale.

Fue después de eso, con la mesa todavía riéndose y con la boca llena, cuando lo dijo. Lo dijo como decía ella las cosas.

— Bueno. Yo os la doy.

Se hizo un silencio en la mesa.

— ¿Qué?

— La casa. — Cogió pan —. Que os la quedáis.

Axel dejó el tenedor.

— Hortensia.

— Que sí.

— No.

— Que sí, hijo.

— Que no. — Axel se estaba poniendo rojo —. Que esto no… O sea, nosotros estamos aquí porque tú nos dejaste venir a mirar si estaba de pie. Esto es tuyo. Es de tu familia. Es donde te criaste.

— Pues eso.

— Pues eso — repitió ella.

Y siguió comiendo.

Se lo explicó después, fuera, cuando ya habían recogido y estaban los dos en la calle con el frío.

— Yo he estado hoy cuarenta minutos ahí dentro — dijo —. Y no me ha pasado lo que yo pensaba que me iba a pasar.

— ¿Qué pensabas?

— Yo llevaba cuarenta y un años sin venir porque tenía miedo de entrar y ponerme a llorar y no poder salir. — Se subió el cuello de la rebeca —. Eso es lo que pensaba. Que esa casa me tenía cogida por el cuello, y que si volvía a entrar me quedaba dentro y ya no era yo la que decidía.

Miró la fachada.

— Y he entrado y he visto un tejado nuevo, un árbol en el cuarto de atrás y a una chavala descalza colgando ropa en mi balcón. — Levantó un hombro —. Y no me ha cogido nada por el cuello. Y os voy a decir una cosa que igual suena mal: me ha dado un poquito de rabia. Cuarenta y un años teniéndole miedo a una cosa que no era nada.

Se quedó callada un momento.

— Es una casa muy bonita y me alegro mucho de haberla visto — dijo —. Y me vuelvo el martes.

— ¿Y no te quedas? — dijo Eva, en la puerta, la mañana del martes.

Hortensia se estaba peleando con el cinturón del Renault.

— ¿Aquí?

— Aquí.

— Ay, hija, no. — Consiguió abrocharlo —. Que yo aquí me muero de aburrimiento en dos semanas.

— ¿Y ahí abajo no?

— Ahí abajo tengo una panadería. — Bajó la ventanilla del todo —. Y a un señor que canta la radio.

Paco, desde el otro lado del coche, levantó los dos pulgares.

Y Axel cayó en ese momento en una cosa, y era que Hortensia no había traído mochila. Había traído una bolsa de tela para tres días. O sea que no había pensado quedarse ni un solo segundo, desde el principio.

Lo que sí había traído era un paquete plano, envuelto en papel de carnicería y atado con una cuerda, que sacó del maletero como si le pesara mucho más de lo que pesaba.

— Esto es para la casa — dijo —. Y no lo abráis delante de mí, que me da apuro.

Lo abrieron delante de ella, claro.

Era el cuadro del barco. El del ropavejero. Un barco de vela en un mar que nadie había pintado nunca así de verde, con el marco dorado picado por una esquina.

Axel se quedó con él en las manos.

— Yo pensé que este cuadro…

— Se lo compré aquella tarde — dijo Hortensia, y se estaba poniendo colorada otra vez —. Que me fui sin pagar la manta y tuve que volver, y ya que estaba.

— ¿Y por qué?

— Porque ella se quedó mirándolo un rato muy largo y no lo cogió, criatura. — Se encogió de hombros —. Y a la gente que no coge las cosas hay que dárselas.

Eva no dijo nada. Cogió el cuadro, se lo llevó adentro y estuvo veinte minutos decidiendo dónde iba, y donde lo puso fue en el cuarto de atrás, encima de la ventana pequeña.

Encima del rincón.

Los papeles los hicieron por correo dos meses después, con Hortensia firmando desde allí y ellos desde aquí, y salió más barato de lo que Axel se temía y más caro de lo que tenían, así que su padre puso una parte y no dejó que se lo devolvieran.

Pero eso fue después. Aquella mañana lo único que hubo fue un Renault blanco bajando la calle empedrada en primera, con el brazo de una señora fuera de la ventanilla, y a Paco tocando el claxon en la curva.

Y luego el silencio del pueblo otra vez.

Y Eva, en el balcón, con la ropa a medio tender.

Axel subió a por el cubo y se paró en la puerta del cuarto.

En el rincón, al lado de la ventana pequeña, estaba la mochila de colegio. De pie. Cerrada, con el cordón bien apretado, y dentro el plástico, la cuerda, el neceser, una muda y el cuaderno.

Llevaba así un mes. Desde el martes de la barra de pan.

La azul llevaba un mes abajo, en la cuadra, colgada de un clavo al lado de la puerta con las pinzas de la ropa dentro, y esa la había colocado ella. Arriba, en una casa que iba a ser de ellos, con un cuadro recién colgado encima, había una mochila hecha apoyada en la pared.

Axel se quedó un momento mirándola.

Bajó a por el agua y no lo mencionó, ni ese día ni ninguno.

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