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Zoquete

La leña apareció un jueves.

Estaba en la puerta cuando bajaron, apilada contra la pared, bien puesta, con los troncos cruzados en las puntas para que no se cayera. Metro y medio de largo por metro de alto. Roble y castaño, seco, del bueno.

Axel bajó a la tienda a preguntar.

— Trini, ¿tú sabes quién nos ha dejado leña en la puerta?

Trini estaba haciendo cuentas en un cuaderno con las gafas puestas.

— No.

— Es que eso vale un dinero.

Trini levantó la vista.

— Pues no lo bajes a la tienda, hijo, que aquí no me cabe.

Y volvió a sus cuentas.

Se lo preguntó a Sabino, que dijo que él ya no cortaba leña. A Úrsula, que dijo que ella la compraba. Al chaval de las sartenes, que miró la calle y dijo que ni idea.

Los tres con la misma cara: la del que no está mintiendo pero tampoco te va a ayudar.

Ese fue el primer invierno. Y el primer invierno fue duro, y luego fue bueno, y en ese orden y no en el otro.

Duro fue esto.

En noviembre llovió diecinueve días de veintiséis y el agua no venía de arriba: venía de lado. La ventana nueva aguantó. El plástico del cuarto de atrás no, y hubo una noche que se levantaron a la una a poner cubos y a las tres a vaciarlos. Y se metió agua por un sitio del tejado que Úrsula había avisado que se iba a meter y que Axel había dejado para la primavera, y Úrsula no dijo «te lo dije», que era mucho peor.

En diciembre se heló la manguera y estuvieron seis días subiendo el agua de la fuente en garrafas, dos por viaje, cuatro viajes al día. Axel calculó una vez cuántos kilos había subido esa semana y decidió no volver a calcularlo.

Y en algún momento de aquel diciembre, subiendo con dos garrafas, se paró en la puerta del cuarto de atrás.

La mochila de colegio seguía en su rincón, de pie, con el cordón apretado.

Tenía polvo. Un dedo de polvo en la tapa de arriba, del que se levanta cuando se cierra una puerta de golpe. El polvo de una casa en obras, que se posa en todo lo que no se mueve.

O sea que llevaba meses sin tocarla.

Axel no la limpió. Cerró la puerta con el pie, muy despacio, y bajó las garrafas a la cocina.

Hubo una tarde de enero, un miércoles, a las cinco y media, con la casa a nueve grados y la lareira tirando mal porque el viento venía del norte, en la que Axel se sentó en el banco con las manos metidas en las mangas y pensó, con toda la claridad del mundo, que aquello había sido una idiotez.

Lo pensó con detalles. Pensó en un radiador. Pensó en un piso pequeño con la calefacción incluida en la comunidad, y la palabra «comunidad» le pareció bonita.

Estuvo así veinte minutos.

Luego entró Eva con la cara roja del frío y un saco de castañas que le había dado alguien, y dijo «hostia, qué frío hace aquí dentro», y se sentó a su lado sin quitarse el abrigo, y estuvieron los dos callados mirando el fuego malo.

— ¿Estás bien? — dijo ella.

— Sí.

— Vale.

Y no le preguntó más.

A los veinte minutos el viento cambió y la lareira empezó a tirar, y a los cuarenta la cocina olía a castañas, y Axel no volvió a acordarse del radiador hasta el año siguiente.

Bueno fue esto. Que la casa se llenó.

Se llenó de una manera que ninguno de los dos había planeado ni había pedido. Úrsula venía a cenar los jueves. Sabino subía la calle una vez a la semana, muy despacio, y se sentaba en la cocina a no decir casi nada. El chaval de las sartenes empezó a venir con el acordeón y a irse sin él, y a la tercera vez ya no se lo llevó. Eva cantaba en la tienda los sábados, porque a Trini se le ocurrió y porque bajaba gente de dos pueblos más arriba.

Axel cocinaba para todo el que apareciera, que fue lo que acabó pasando siempre.

Y nadie dijo nunca nada. Nadie dijo «os vamos a cuidar». Sabino no le dio un consejo en todo el invierno, ni uno.

Lo que hicieron fue esto:

Alguien dejó leña en la puerta y no dijo quién.

Alguien, un día que Axel bajó con fiebre a por pan, le cambió la barra por una bolsa con dos sobres de caldo dentro, no le cobró los sobres y no le dijo nada.

Alguien cambió la bombilla de la farola de su calle, que llevaba tres años fundida.

Y Axel se pasó el invierno intentando averiguar quién hacía cada cosa, y en algún momento de febrero dejó de intentarlo.

A Yayo lo echó de menos un martes.

Subió la banqueta, metió la cabeza en la chimenea con el frontal puesto y miró la repisa.

Estaba vacía. Estaba el trocito de manta de cuadros, doblado en cuatro, en una esquina. Y nada más.

Axel bajó de la banqueta con una cosa en el pecho, y no se lo dijo a Eva porque no sabía cómo se dice.

Por la tarde subió al cuarto de atrás. Wamba estaba en su viga, encima del saúco, que en enero parecía un manojo de alambres.

— El de la chimenea ya no está.

Y Wamba, sin girarse, dijo:

— Está abajo.

— ¿Abajo dónde?

— En la cuadra. Al lado de la puerta, donde da el sol por la mañana.

Axel se quedó un segundo.

— ¿Y eso es bueno?

Y ahí sí se giró.

— Hombre — dijo Wamba, con un fastidio infinito, como si le hubieran preguntado lo más tonto del mundo —. Los de la chimenea son los de las casas cerradas.

Y volvió a mirar el árbol.

Axel bajó a la cuadra. Miró media hora y no vio nada.

Pero al lado de la puerta, en el sitio donde da el sol por la mañana, había una silla de anea que él no había puesto ahí.

Se lo preguntó a finales de marzo, en el huerto, plantando ajos, y llevaba semanas pensándolo. Se lo preguntó a quien tocaba, que llevaba tres días apareciendo a media mañana para no hacer absolutamente nada: sentarse en el borde del bancal con las piernas colgando y opinar.

— Gorgorito.

— Qué.

— ¿Tú cómo se hace para que vengan a una casa?

— ¿Para que venga quién?

— Vosotros.

El duendecillo se lo pensó menos de un segundo.

— Pues no la hagas aburrida — dijo.

Y siguió mirando cómo trabajaba.

Axel se quedó de rodillas en el bancal, con el ajo en la mano.

Lo que se le vino no fue la casa. Fue un camino de tierra, de noche, con la lluvia parando y un altavoz sonando dentro de una mochila, y una vocecilla diciendo yo voy donde pasan cosas.

Un año entero para contestar eso.

— Ya — dijo.

Y luego, porque ahí ya no le daba vergüenza:

— ¿Quieres chocolate?

— Hombre.

Al último lo vio en abril, casi un año exacto después de salir de su casa con una mochila y una lista con los gramos.

Estaba sentado en el poyo de la ventana de la cocina, por fuera, mirando hacia dentro: muy pequeño, muy redondo y con una cosa de lana en la cabeza que no era un gorro, era una manga.

Axel abrió la ventana.

— Buenas. ¿Tú eres nuevo?

Nada.

— ¿Cómo te llamas?

El bicho lo miró un rato larguísimo, con muchísima atención, y no abrió la boca.

No la abrió en todo el año siguiente, ni en el otro, ni nunca.

— Zoquete — dijo Axel.

El bicho asintió una vez, muy despacio, como si le pareciera bien.

Aquella noche la casa estaba llena. Estaban Úrsula y Trini y Sabino en su silla, y el chaval de las sartenes con el acordeón que ya vivía allí, y la mujer del tercero, que había subido con una fuente y se había quedado, y Kika debajo de la mesa, que ya estaba gorda.

Once.

Axel hizo el guiso agachado en la lareira, removiendo con un palo, para once personas.

En algún momento, entre el humo y el ruido, se acordó de una noche en la mesa de su cocina, con el móvil apoyado en una caja de pizza, con un trozo de pizza precongelada atravesado en la garganta y la certeza absoluta de que se iba a morir allí mismo.

Le pareció que hacía siglos.

No se lo dijo a nadie, porque estaba sirviendo.

Antes de cantar, Eva se subió a un banco, y mientras la gente se callaba le señaló los pies a Axel con la barbilla.

— Que te huelen — dijo, con la boca pequeña, para que solo lo oyera él.

— Estoy descalzo, Eva. Como tú.

— Ya. Pero a mí no me huelen.

Y se puso a cantar.

Se fueron todos a la una y pico y recogieron los dos, como siempre, sin repartírselo. Y cuando Eva ya se había ido al cuarto, Axel se quedó el último en la cocina, apagando.

Abrió el cajón, cogió la tableta de chocolate que había comprado el jueves en la tienda y partió un trozo. Un trozo del bueno, no una esquinita.

Salió al balcón.

En el poyo de la ventana, en el sitio donde había estado sentado el que no hablaba, ya había un trozo.

Uno grande. Partido a lo bruto, como parte ella las cosas.

Axel se quedó un momento con el suyo en la mano. Y luego lo puso al lado del otro, y volvió a entrar, y no dijo nada. Ni esa noche ni ninguna.

Entonces se quedó ahí, con la mano en la ventana, y le vino la pregunta de siempre.

La de los ocho años. La del bosque. La de la cafetería. La de las cuatro y diez de una madrugada. La de una media hora que no estaba en ninguna parte.

Esta vez se dio cuenta de una cosa: que llevaba meses sin hacérsela.

De otra: que la respuesta no iba a venir nunca, ni de una prueba, ni de un pueblo entero hablando de ellos como del tiempo. Que podía quedarse ahí toda la noche con la cara pegada al cristal, esperando a ver si a un trozo de chocolate le pasaba algo.

Cerró la ventana. Apagó la luz. Y se fue a la cama sin mirar.

Eso fue lo único que hizo distinto, y le costó, y lo hizo.

Y en la cama, a oscuras, le pasó el día por delante, que era lo de todas las noches.

Había bajado leña dos veces. Había amasado y le había salido mal. Había estado cuarenta minutos discutiendo con Úrsula por un canalón. Había puesto un trozo de chocolate en una ventana al lado de otro trozo de chocolate.

Se durmió antes de acabar de mirarlo.

Por la mañana no estaba. Había cuatro migas en el poyo y una raya de humedad donde se había derretido un poco con el rocío.

Fay estaba sentado justo debajo, en el balcón, relamiéndose.

Axel se quedó un momento en la ventana. Y se rió solo, con la mano en el picaporte, porque de las dos cosas que podían haber pasado allí fuera aquella noche, las dos le parecían bien.

Eva pasó por detrás con el cubo, camino de la escalera.

— ¿Bajas o qué? — dijo —. Que hoy viene Úrsula a lo del canalón y hay que subir la escalera antes.

— Es que no sé si la nueva aguanta el peso del…

— Dale caña, Axel.

Y siguió bajando.

A mitad de la escalera de piedra, sin girarse, con el cubo dándole en la rodilla:

— Eso me lo dijo uno a mí.

— Ya lo sé.

— Pues ya está.

Y Axel se quedó dos segundos en mitad de la cocina con una cara que no le vio nadie.

Luego cogió el otro cubo y bajó detrás de ella.

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