Zoquete

Gorgorito llevaba tres días, a finales de marzo, apareciendo a media mañana para no hacer absolutamente nada. Se sentaba en el borde del bancal con las piernas colgando y opinaba.

— Eso está torcido.

— Es un ajo, picha.

— Pues está torcido.

Axel estaba plantando ajos debajo del manzano viejo, que Úrsula había podado a lo bruto en enero y que echaba cuatro flores.

— Gorgorito.

— Qué.

— ¿Y a vosotros qué os trae a una casa?

— Chocolate, tonto. ¿Qué te crees?

Gorgorito volvió a acomodarse en el borde del bancal para seguir viéndolo trabajar.

Axel se sacó la tableta del bolsillo de la chaqueta y le partió un trozo. Gorgorito lo miró por delante y por detrás.

— Rácano.

Y se lo comió entero.

Gorgorito vigila con gesto crítico mientras Axel planta ajos.

Al último lo vio en abril, un año y un mes después de salir de su casa con una mochilaca recién comprada y ciento setenta y nueve fotos en una gomilla.

Lo encontró por fuera, en el poyo de la ventana de la cocina, mirando hacia dentro. Era pequeñísimo y redondo, y se había encasquetado una manga de lana que, puesta en él, hacía las veces de gorro.

Axel abrió la ventana.

— Buenas. ¿Tú eres nuevo?

Nada.

— ¿Cómo te llamas?

El bicho lo miró un rato larguísimo, con muchísima atención. No abrió la boca.

— Zoquete — dijo Axel.

Axel saluda a un duendecillo diminuto con un gorro de lana en el poyo de la ventana.

El bicho asintió una vez, muy despacio.

En Navidad Axel había mandado tres postales. Una a Bruno y a Clara, con la foto que le habían pedido: la casa por delante y los dos en el escalón, él con el cubo y ella descalza. Eva había apoyado el móvil de Axel en el muro, puesto el temporizador y salido corriendo a sentarse. Luego pidió otra copia para ella y la guardó en su cuaderno. Otra postal fue a Otilia, al hostal cerrado, y no tuvo respuesta. La tercera, a un pueblo de montaña, con la dirección puesta a ojo: «Nardo, el del barco», y debajo el nombre del pueblo.

Su padre había dicho que en Navidad subía a por las herramientas. En Navidad mandó otra caja.

Nardo contestó en abril con una carta de las de sello y buzón. Trini la subió en persona, porque le pareció que aquello merecía el paseo. Dentro venía media hoja de cuaderno escrita apretando muchísimo el bolígrafo.

Tiro la tapia en junio. Lo echo al agua el primer sábado de agosto, a las once de la mañana, y si llueve también. Venid, que el barco es grande. Nardo.

Nueve años lijando, y el hombre había puesto una fecha.

Axel se acordó de una noche debajo de un casco, con Eva a cuatro metros en la oscuridad diciendo «yo también», y dándose la vuelta antes de que él pudiera contestar.

Aquella noche se juntaron once en casa. Vinieron Úrsula, Trini, Sabino, el chaval de las sartenes con su inseparable acordeón, la señora de los callos y la cría de los martes con su madre. Hasta subieron el dueño del hotel y la vecina de la esquina, que trajo una fuente y se quedó. Kika se acomodó debajo de la mesa, bien gordita ya.

Axel lee la carta de Nardo junto al sobre abierto sobre la mesa de la cocina.

Axel hizo un guiso en la chimenea, agachado, removiendo con un palo. Y en el postre leyó la carta en voz alta.

Axel fue el primero en contestar.

— Vamos.

— Yo conduzco — dijo Úrsula.

— Yo ese sábado cierro — dijo Trini.

Se hizo un silencio de misa. Trini no había cerrado un sábado entero en cuarenta años.

— Yo a un barco no me subo — dijo Sabino —. Pero voy.

— ¿Cabe el acordeón? — dijo el chaval.

Axel le mandó una foto de la carta a Hortensia desde el balcón. Cuatro minutos después llegó la respuesta:

Paco cierra el sábado y yo llevo la tortilla.

Sabino, Trini y Úrsula se apuntan al viaje después de que Axel lea la carta de Nardo.

Eva no dijo nada.

Antes de cantar se subió a un banco, y mientras la gente se callaba le señaló a Axel los pies con la barbilla.

— Que te huelen — le dijo, con la boca pequeña, para que solo lo oyera él.

— Estoy descalzo, Eva. Como tú.

— Ya. Pero a mí no me huelen.

Con esa se quedó tan contenta y empezó a cantar.

Los últimos se marcharon a la una y pico. Axel y Eva recogieron como siempre, sin tener que decidir quién hacía cada cosa. Cuando ella se fue al cuarto, él se quedó apagando las velas de la mesa.

Abrió el cajón, cogió la tableta de chocolate que había comprado el jueves y partió un trozo. Uno bueno, no una esquinita.

Abrió la ventana.

En el sitio donde se sentaba Zoquete ya había un trozo grande de chocolate, partido a lo bruto, como hacía Eva.

Axel se quedó un momento con el suyo en la mano. Luego lo puso al lado del otro, cerró la ventana y a Eva no le dijo nada.

Axel coloca su trozo de chocolate al lado del que ya está en el poyo de la ventana.

Dejó la mano apoyada en el cristal. Podía pasarse la noche allí, con la cara pegada, esperando a ver qué le ocurría a un trozo de chocolate. Le costó un esfuerzo apagar la última vela e irse a dormir sin volver a mirar.

Ya en la hamaca, repasó el día a oscuras. Había subido leña dos veces, había amasado con poco éxito y se había pasado una hora discutiendo con Úrsula por un canalón. También había dejado un trozo de chocolate en una ventana, al lado de otro que estaba puesto.

Y no le vino nada.

Le había venido en enero, la tarde de los nueve grados. Le vino en marzo, un domingo de lluvia, y lo tuvo despierto hasta las tres con el hueco puesto en el sitio de siempre. Al día siguiente había que abrir a las ocho. Abrió a las ocho.

Volvería en mayo, en octubre y un montón de veces más, como viene el frío.

Se durmió con el día a medio mirar.

A la mañana siguiente quedaban cuatro migas en el poyo y una marca húmeda donde el rocío había ablandado el chocolate. Justo debajo, sentado en el balcón, Fay se relamía con mucho gusto.

Axel se rió solo y no le preguntó nada al gato.

Al volverse encontró la carta de Nardo sujeta con una chincheta en el marco de la puerta. Él no la había puesto allí.

Eva pasó por detrás con el cubo, camino de la escalera.

— ¿Bajas o qué? Que hoy viene Úrsula con lo del canalón y hay que subir la escalera antes.

— Es que no sé si la escalera nueva aguanta el peso de…

— Dale caña, Axel.

Y siguió bajando.

Eva iba por la mitad de la escalera de piedra, con el cubo golpeándole la rodilla, cuando volvió a hablar:

— Eso me lo dijo uno a mí.

— Ya lo sé.

— Pues ya está.

Axel se quedó un momento en mitad de la cocina.

Luego cogió el otro cubo y bajó detrás de ella, saltándose el segundo escalón y el quinto.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona