A mis espaldas
Trini lo dijo mientras le daba a la máquina del ticket
— Ah, oye. Que llamó tu hermana.
Trini se lo dijo dándole a la máquina del ticket, sin levantar la vista, como se dice que ha llegado el butano.
Era miércoles y caía la llovizna de todos los días. Eva había bajado a por leche y pan con las botas del treinta y siete, que reservaba para cuando la calle se ponía perdida de barro. Le quedaban perfectas y nadie le había dicho de dónde habían salido.
Eva no se movió.
— ¿Qué?
— Tu hermana. Llamó el sábado al fijo de aquí, que ahí arriba no hay cobertura más que pegada al balcón, y eso los días buenos. — Arrancó el ticket —. Muy maja, ¿eh? Estuvimos un rato hablando. Dice que a ver si os pasáis alguna vez por aquí abajo a llamarla.
Eva miró el ticket. La leche y el pan.
— ¿Cómo sabe que estoy aquí?
Trini levantó la vista. Y se quitó las gafas, que no se las quitaba nunca.
— Ay.
— ¿Cómo sabe que estoy aquí, Trini?
— Hija, yo…
— Vale.
Cogió la leche y el pan y se fue sin pagar. Trini salió a la puerta con el ticket en la mano y no la llamó.

Desde el balcón, Axel la vio volver con la bolsa y las botas, andando a su paso, sin ninguna prisa.
— ¿Qué pasa, chiquilla?
Eva entró sin contestarle, dejó la leche y el pan sobre la mesa y se volvió hacia él.
— ¿Tú has hablado con mi hermana?
A Axel se le secó la boca.
Lo peor fue que tardó medio segundo en contestar. Podría haber dicho que sí, pero se entretuvo buscando por dónde empezar. A Eva le bastó con verle la cara.
— Ah. Vale.
— Eva, espera.
— No, si ya está.
— Déjame que te explique.
Eva se rió. Una risa cortísima.
— Déjame que te explique — repitió. Apoyó las dos manos en la mesa —. Venga. Explícame.
Axel empezó por Hortensia: que Irene la había llamado a ella, que él solo había querido saber qué pasaba y que tampoco le había dicho dónde estaban.
— Ha llamado a la tienda de Trini, Axel.
Medio segundo otra vez. También lo vio.

— El sobre — dijo Eva, muy bajito —. La letra del sobre.
Axel siguió hablando porque no sabía cómo parar. Le contó que había oído llorar a Irene y que estaba destrozada. Que a lo mejor no se estaban entendiendo. Que él no había decidido nada, que solo esperaba el momento de contárselo.
Eva levantó la cabeza.
— ¿El momento?
— Sí. Yo quería…
— ¿Tú estabas esperando el momento de contarme una cosa que es mía?
Axel se calló.
— ¿Cuánto tiempo?
— Eva…
— Cuánto tiempo.
— Desde antes del robo.
Eva se quedó quieta haciendo la cuenta. Axel casi podía ver los lugares que iban pasándole por la cabeza: el lavadero, los tomates, los tendederos, el tejado y aquel sobre. Hasta su cumpleaños había quedado en medio.
— Tres meses — dijo.

— No es…
— Tres putos meses.
Cogió la barra de pan y la tiró contra la pared.
— ¡Tres meses hablando con ella por detrás! — Y ahora sí gritaba —. ¡Dándole el parte! ¡Como a la Guardia Civil! ¡Hoy Eva come, hoy Eva duerme, hoy Eva se ríe!
— Yo solo…
— ¡Tú solo nada!
— Eva, ella lo único que quiere es…
— ¡ME DA IGUAL LO QUE QUIERA ELLA!
Se hizo un silencio enorme. Kika se metió debajo de la mesa.
— Me da igual lo que quiera ella — repitió, más bajo —. Me da igual que llore. Me da igual que lleve un año o veinte. Yo no le debo eso.
— No he dicho que se lo debas.
— Sí lo has dicho. Lo has dicho cada día que has hablado con ella y no me lo has contado.
Se quedaron los dos de pie en la cocina, a dos metros.

— Yo pensé que…
— Ya sé lo que pensaste. — Se limpió la cara con el dorso de la mano, con rabia. Le temblaba la barbilla —. ¿Y tú quién eres pa decidir cuándo estoy lista?
— No es eso.
— Es eso.
Se apartó el pelo de la cara.
— ¿Sabes lo que has hecho?
— Eva.
— Me has roto la flauta.
Axel se quedó mirándola.
— Me has roto la flauta — dijo Eva — y me has comprado otra.

Y ahí se le acabó la voz.
En veinte minutos tuvo preparada su mochila de colegio. La sacó de dentro de la azul, la desdobló y repasó el cordón que sujetaba la cremallera antes de meter el plástico, la cuerda, una muda, el cuaderno y la manta de cuadros con su esquina de menos. La azul se quedó vacía sobre la mesa, junto a la leche.
Axel estaba en la puerta de la cocina y no se atrevía a entrar.
— Eva, que dentro de dos horas es de noche.
— Me da igual.
— No tienes dónde ir.
Eva se paró. Se giró muy despacio.
— Nunca he tenido dónde ir. Eso no es nuevo. Eso soy yo. — Se colgó la mochila, de un hombro, como siempre, y señaló con la barbilla la cocina, el tejado a medias, la mesa —. Lo nuevo era esto.

Y luego, con la mochila ya puesta:
— Déjame el móvil.
Axel se lo dio sin preguntar.
Eva salió al balcón, se pegó a la barandilla, que era donde había raya, y marcó de memoria. Habló de espaldas, mirando la calle.
— Sí. Mañana. — Una pausa —. No, ahora. Si sales ahora llegas a las once.
Colgó. Entró y le devolvió el móvil mirándole a los ojos. En todo aquel rato no le había mirado ni una vez.
— No quería ir — dijo.
Bajó la escalera saltándose el segundo escalón y el quinto.

Axel salió al balcón y la vio ponerse la capucha bajo la lluvia fina. Fay apareció detrás de ella y se le pegó a los pies. Kika se quedó en la puerta, mirando de uno a otro, hasta que Eva echó a andar sin que la perra se decidiera a seguirla.
— ¡Eva!
No se giró.
— ¡Eva, joder!
Bajó la calle y en la curva ya no estaba.
Axel se quedó en el balcón hasta que se hizo de noche.
A las once oyó el coche. Subió la calle de abajo en primera, rascando los bajos en las mismas piedras de siempre. Paró un minuto largo con el motor en marcha. Y volvió a bajar.
No se asomó.
Encendió el frontal al entrar en la cocina. La leche seguía sin abrir, junto a la mochila azul, y la barra de pan estaba partida en el suelo, contra la pared. Sobre la mesa había quedado abierto el paquete de azúcar. Eva nunca lo dejaba así.