A mis espaldas
Trini lo dijo mientras le daba a la máquina del ticket
Bajó a la tienda a por leche y pan.
Un martes por la mañana, con la lluvia fina de todos los días, con las botas del treinta y siete que se ponía para bajar la calle porque estaba embarrada, que le iban perfectas y de las que nadie había dicho nunca de dónde habían salido.
Trini estaba colocando cajas.
— Buenos días.
— Buenos días, guapa.
Eva cogió la leche del frigorífico y una barra del cesto y las puso en el mostrador.
Trini, dándole a la máquina, sin levantar la vista, dijo:
— Ah, oye. Que llamó tu hermana.
Eva no se movió.
— ¿Qué?
— Tu hermana. — Trini arrancó el ticket —. Llamó el sábado al fijo de aquí. Que como no os coge el móvil arriba, pues llamó aquí. — Le puso el ticket delante —. Muy maja, ¿eh? Estuvimos hablando un rato. Dice que a ver si os pasáis por debajo alguna vez para hablar.
Eva miró el ticket. Un ticket de una tienda de pueblo, con la leche y el pan.
— ¿Cómo sabe que estoy aquí? — dijo.
Trini levantó la vista. Y en un segundo, en un solo segundo, aquella mujer de sesenta años que llevaba cuarenta detrás de un mostrador entendió que acababa de meter la pata hasta el fondo sin saber en qué.
— Ay — dijo.
— ¿Cómo sabe que estoy aquí, Trini?
— Hija, yo…
— Vale.
Cogió la leche y el pan y se fue sin pagar. Trini salió a la puerta con el ticket en la mano y no la llamó.
Subió la calle andando normal. Eso fue lo que Axel vio primero desde el balcón: que subía andando normal, con la bolsa, con las botas grandes, sin prisa.
— ¿Qué tal?
Eva entró en la casa sin contestar. Dejó la leche en la mesa. Dejó el pan al lado.
Y se giró.
— ¿Tú has hablado con mi hermana?
A Axel se le cayó todo por dentro de golpe, como cuando se descuelga un ascensor.
Lo peor fue el medio segundo. Ese medio segundo en el que podía haber dicho «sí» y no lo dijo, porque estaba buscando por dónde empezar.
Eva lo vio. Vio el medio segundo perfectamente.
— Ah — dijo —. Vale.
— Eva, espera.
— No, si ya está.
— Déjame que te explique.
Ahí Eva se rió. Fue una risa cortísima, sin nada de gracia dentro, de esas que salen solas.
— Déjame que te explique — repitió —. Vale.
Se apoyó en la mesa con las dos manos.
— Explícame.
Axel explicó. Lo hizo peor a cada frase, y lo sabía mientras lo estaba haciendo, y no podía parar.
Le dijo que había sido Hortensia. Que Irene la había llamado a ella primero. Que él solo cogió el teléfono para saber qué quería, nada más. Que no había dicho dónde estaban. Que la mujer estaba destrozada, Eva, destrozada de verdad, que él la había oído llorar. Que llevaba un año y siete meses. Que a lo mejor no se estaban entendiendo. Que él no había decidido nada, que solo estaba esperando el momento de contárselo.
Y ahí Eva levantó la cabeza.
— ¿El momento?
— Sí. Yo quería…
— ¿Tú estabas esperando el momento de contarme una cosa que es mía?
Axel se calló.
— ¿Cuánto tiempo? — dijo ella.
— Eva…
— Cuánto tiempo.
Axel tragó saliva.
— Desde antes del robo.
Eva se quedó quieta. Empezó a hacer la cuenta y Axel vio cómo la hacía, cómo le iban pasando por la cara los sitios, uno detrás de otro. El lavadero. El pinar. El río. Los tomates. La plaza del entierro. Úrsula. El tejado. Sus padres.
Su cumpleaños.
— Cuatro meses — dijo.
— No es…
— Cuatro putos meses.
Y cogió la barra de pan de la mesa y la tiró contra la pared. Y no fue por la barra: fue porque necesitaba tirar algo y era lo que había.
— ¡Cuatro meses! — Y ahora sí gritaba, y no era la voz plana del arcén, era una voz que Axel no le había oído nunca —. ¡Cuatro meses hablando con ella por detrás! ¡Contándole cómo estoy! ¡Contándole si como, si duermo, si me río!
— Yo solo…
— ¡Tú solo nada! — Se le puso la cara roja —. ¡Tú le has estado dando partes! ¡Tú te has puesto de intermediario en mi vida sin preguntarme!
— Eva, ella lo único que quiere es…
— ¡ME DA IGUAL LO QUE QUIERA ELLA!
Se hizo un silencio enorme en la cocina. Kika se metió debajo de la mesa.
— Me da igual lo que quiera ella — repitió Eva, más bajo, y eso fue peor —. Me da igual que llore. Me da igual que lleve un año o veinte. Yo no le debo eso.
— No he dicho que se lo debas.
— Sí lo has dicho. — Se le quebró la voz y se la tragó —. Lo has dicho cada día que has hablado con ella y no me lo has contado.
Se quedaron los dos de pie, en una cocina, a dos metros.
— Yo pensé que…
— Ya sé lo que pensaste. — Eva se limpió la cara con el dorso de la mano, con rabia, como si le molestara —. Pensaste que tú lo veías mejor que yo. Pensaste que yo estaba demasiado dentro y que hacía falta alguien de fuera, tranquilo, que lo viera claro. Y pensaste que si me lo decías yo iba a cerrarme en banda, y que por eso era mejor que tú lo fueras preparando y ya me lo dabas cuando estuviera listo.
— No es…
— Es eso.
Se apartó el pelo de la cara.
— ¿Sabes lo que has hecho?
— Eva.
— Me has roto la flauta.
Axel se quedó con la palabra en la boca sin saber cuál era.
— Me has roto la flauta — dijo Eva — y me has comprado otra.
Y ahí se le acabó la voz.
Estuvo veinte minutos, y no le hizo falta tanto. Sacó de dentro de la azul su mochila de colegio, la desdobló, le apretó el cordón de la cremallera y metió lo suyo: el plástico, los cinco metros de cuerda, una muda, la manta de cuadros, el neceser y un cuaderno que se había comprado en la tienda.
Y dejó la azul encima de la mesa, vacía, al lado de la leche.
Axel estaba en la puerta de la cocina y no se atrevía a entrar.
— Eva, es de noche dentro de dos horas.
— Me da igual.
— No tienes dónde ir.
Eva se paró. Se giró muy despacio.
— Nunca he tenido dónde ir — dijo —. Eso no es una novedad. Eso soy yo.
Se colgó la mochila. Del hombro. Como siempre.
— Lo nuevo era esto — dijo, y señaló la casa con la barbilla, la cocina, el tejado nuevo, la mesa —. Esto sí era nuevo.
Y luego, ya con la mochila puesta, dijo una cosa más.
— Déjame el móvil.
Axel se lo dio. Fue lo último que le dio.
Marcó de memoria, se apartó dos pasos y habló treinta segundos mirando la pared.
— Sí. El veintiséis. — Una pausa —. No, ahora. Si sales ahora llegas a las once.
Colgó y se lo devolvió mirándole a los ojos, que era lo peor que podía hacer, porque hasta ese momento no le había mirado ni una vez.
— No quería ir — dijo.
Y no dijo más, y no hacía falta, porque las dos partes de aquello estaban dichas: no quería ir, y se iba.
Bajó la escalera saltándose el segundo y el quinto.
Axel salió al balcón. La vio en la calle, abajo, con la lluvia fina, poniéndose la capucha. Fay salió detrás de ella y se le puso al lado. Kika se quedó en la puerta, mirando a uno y a otro, y no supo qué hacer, y se quedó.
— ¡Eva!
Ella no se giró.
— ¡Eva, joder!
Bajó la calle y en la curva ya no estaba.
Axel se quedó en el balcón hasta que se hizo de noche.
A las once oyó el coche. Subió la calle empedrada en primera, rascando los bajos en las mismas piedras de siempre, paró abajo un minuto largo con el motor en marcha y volvió a bajar.
No se asomó.
Luego entró en la cocina y encendió la bombilla.
Estaba la leche encima de la mesa, sin abrir, y al lado la mochila azul, vacía, con las correas todavía tiesas. Estaba la barra de pan en el suelo, contra la pared, partida por la mitad.
Y estaba el paquete del azúcar abierto encima de la mesa, y ella no dejaba nunca nada abierto.
En la repisa de la lareira, en la otra punta, donde él lo había cambiado de sitio por la gotera, estaba el plato del azúcar.
Lleno.