Yayo
Un coche bajando la calle demasiado rápido y un bicho dormido en una chimenea
Lo enseñó Wamba.
Fue una mañana de agosto, con Axel a media escalera de piedra y una brazada de leña en el brazo, y Wamba apareció arriba, en el hueco de la puerta, y se quedó ahí esperando a que llegara.
— Sube.
— Estoy subiendo.
— A la lareira, digo.
Axel dejó la leña en el suelo de la cocina y se acercó al hueco de la chimenea, que era del tamaño de un armario y negro como el interior de una bota.
— No veo nada.
— Pues pon la luz.
Fue a por el frontal, se subió a la banqueta y metió la cabeza dentro del cañón.
En la repisa de piedra que corre por dentro de la chimenea, a metro y medio de altura, pegado a la pared del fondo, había algo.
Al principio pensó que era un trapo. Un bulto oscuro, más pequeño que un puño, arrimado a la piedra, cubierto de una capa de hollín tan antigua que parecía parte de la casa.
Y luego el bulto respiró.
Fue un movimiento minúsculo, de nada. Como respira algo que respira cada cuatro o cinco segundos.
Axel se quedó muy quieto en la banqueta.
— ¿Está dormido? — dijo, bajísimo.
— Está dormido.
— ¿Desde cuándo?
Wamba se lo pensó.
— Yo desde que estoy no lo he visto despierto.
— ¿Y cuánto llevas tú?
— Yo llevo.
Y con eso, para él, quedaba contestado.
Axel bajó de la banqueta y se quedó un rato en la cocina con el frontal en la mano.
— Oye. Y eso ahí dentro, ¿está bien? ¿No pasa frío?
Wamba no contestó. Se fue al cuarto de atrás, a su viga, y no volvió a contestar nada más en todo el día.
Y así empezaron tres semanas raras.
Axel se subía a la banqueta todas las mañanas. No lo decidió: pasaba por la cocina, veía el hueco, se acordaba, y a los dos minutos estaba con el frontal puesto y la cabeza metida en un cañón de chimenea mirando si un bulto del tamaño de un puño seguía moviéndose cada cuatro segundos.
Seguía. Todas las mañanas seguía.
Todas las mañanas, cuando Axel bajaba de la banqueta, Fay estaba sentado al pie esperando a que bajara, y luego se iba. Como el que acompaña a alguien a una habitación y luego se va.
Le puso, una noche, sintiéndose completamente idiota, un trocito de manta de cuadros doblado, por si tenía frío. Por la mañana el trapo estaba debajo del bulto. Ni encima ni al lado. Debajo. Como si alguien lo hubiera movido con muchísimo trabajo.
Y Eva lo veía.
Eso fue lo raro de las tres semanas. Porque Axel no lo hacía a escondidas: la banqueta chirriaba, la cocina era la cocina, y Eva estaba casi siempre ahí, fregando o partiendo algo o haciéndole al fuego.
Le veía coger la banqueta. Le veía ponerse el frontal. Le veía meter la cabeza en un agujero negro y quedarse un minuto sin moverse.
Y no le preguntaba nunca.
Lo que hacía era esto: le dejaba el frontal cargado. Todas las noches, cuando bajaba a por agua, enchufaba el frontal a la batería del coche de Úrsula, que era el único enchufe del pueblo al que se podía llegar sin pedir permiso, y por la mañana estaba encima de la mesa.
Una mañana, mientras él estaba subido, dijo desde abajo:
— Oye.
— Qué.
— ¿Ese come?
Axel sacó la cabeza del cañón.
— No lo sé.
— Ah.
Y siguió a lo suyo.
Axel se quedó ahí arriba, en la banqueta, con el frontal encendido, dándose cuenta de que aquella tía acababa de hacerle una pregunta de las que solo se hacen sobre una cosa que existe.
Una noche, subido a la banqueta, con la cabeza metida en una chimenea y un frontal apuntando a un bicho dormido del tamaño de un puño, Axel cayó en una cosa.
Que no tenía ninguna foto de nada de esto.
Ni una. No tenía una foto del campanario saliendo del agua, ni del barco de Nardo, ni de Hortensia con harina en la ceja, ni de la plaza de los soportales, ni de Eva subida a un banco en una cocina de piedra con once personas cantando algo que ella no se sabía.
Cinco meses y ni una foto.
Se bajó de la banqueta y estuvo un rato con eso, esperando que le doliera como le había dolido en aquella acera, sentado en un banco delante de un cuartelillo, con un papel de una bolsa de harina en la mano.
Y no le dolió.
Le pareció una cosa rarísima y no supo si estaba mejor o peor.
Le preguntó a Trini.
Bajó a la tienda con la excusa del queso y esperó a que no hubiera nadie.
— Trini, otra cosa. En las chimeneas de por aquí, ¿duerme algo?
Trini terminó de cortar, envolvió el trozo en papel y lo pesó.
— Hombre.
— ¿Qué duerme?
— Pues murciélagos. — Cerró el cajón —. En las que no se usan. Se meten por arriba y se cuelgan en la repisa del cañón, y ahí se están cuatro meses sin moverse. Parecen muertos y no lo están.
— Ah.
— No los toques, ¿eh?
— No.
— Y no hagas fuego hasta que se vayan, que es en abril.
Axel dijo que vale y le dijo cuánto era, y salió a la calle, y anduvo hasta la esquina pensando que aquello lo explicaba absolutamente todo y que él lo había visto abrir un ojo.
Volvió a subir la calle con la bolsa. Y por primera vez desde que estaba en aquel pueblo se le pasó por la cabeza una cosa que no se le había pasado nunca: que si a él le hubieran dicho, en aquella cafetería hacía cinco meses, que iba a estar preocupado por un bicho dormido en una chimenea, se habría reído.
Y no se rió.
Subió, dejó la bolsa en la mesa, cogió la banqueta y volvió a mirar.
Seguía ahí. Con la manta debajo.
Estuvo un minuto largo ahí subido, con la cabeza dentro del cañón, escuchando cómo respiraba aquella cosa cada cuatro o cinco segundos, y contándolo. Contándolo como se cuenta la respiración de alguien en una habitación de hospital: sin querer, y sin poder parar.
Él sabía perfectamente cuánto son cuatro segundos sin que entre aire.
Eso no se lo había contado a Eva. Le había contado el trozo de pizza, y la encimera, y los tres mensajes, y hasta le había hecho gracia contárselo. Lo que no le había contado nunca es que los contó.
Bajando de la banqueta se le ocurrió, por primera vez en todo aquel año, la pregunta del revés.
No «¿existen?».
Sino «¿y si a este le pasa algo?».
Porque llevaba tres semanas subiéndose a una banqueta a mirar si respiraba, y en tres semanas no se le había ocurrido ni una vez preguntarse si aquello era real, y sí se le había ocurrido cuatro veces preguntarse si estaría pasando frío.
Se le ocurrió otra cosa, y esa no era de la chimenea. Que en cinco meses no se le había ocurrido ni una vez decirle a Eva una cosa que era de ella.
Ahí había algo importante, y no supo qué era, y se fue a cenar.
El jueves de la segunda semana, Víctor bajó a desayunar con las llaves ya en la mano.
— Hoy no subes al tejado.
— ¿Cómo?
— Que te vienes. Un amigo mío tiene un sitio en la capital con una cabina de verdad y quiero que lo veas. — Se sirvió café —. Salimos en veinte minutos.
— Nos vamos.
— ¿A dónde?
No lo preguntó. Lo dijo. Y no era mala fe: era que a él las cosas se le ocurrían ya decididas.
No lo preguntó. Lo dijo. Y no era mala fe: era que a él las cosas se le ocurrían ya decididas.
Eva se quedó con la taza a medio camino.
Y dijo que sí.
Dijo que sí con una cara que Axel no le había visto nunca, ni cantando, ni el día del cumpleaños. Una cara de chavala a la que le acaban de abrir una puerta después de año y medio durmiendo en la calle. Esa cara fue la peor parte de todo, porque no había absolutamente nada que reprocharle.
Úrsula llegó a las nueve con el martillo de teja y la escalera de aluminio, que las había apalabrado el martes para el jueves y el viernes.
— ¿Y la chavala?
— Se ha ido el día.
Úrsula miró el tejado. Miró el montón de pizarra que había que subir a mano, cubo a cubo, con la cuerda. Se limpió el pulgar en el mono.
— Ah.
Y subió.
Fue un día entero de tirar de la cuerda solo, con la soga mordiéndole la mano por el mismo sitio, y de bajar a por agua tres veces en vez de una. A las siete Úrsula se sentó en el caballete, se bebió media botella de golpe y dijo la cuenta sin que nadie se la pidiera.
— Vamos un día por detrás.
— Ya.
— Con octubre ahí.
— Ya.
Axel no dijo nada más, y no fue porque no tuviera nada que decir. Tenía. Lo que pasaba es que llevaba desde julio hablando con la hermana de Eva a escondidas, y si él le reprochaba a ella irse sin avisar, ella se quedaba con el derecho a reprocharle a él exactamente lo mismo.
Volvieron a las once de la noche. Eva bajó del coche con una carpeta de plástico debajo del brazo y subió la calle andando deprisa.
Lo contó a la mañana siguiente, fregando, de espaldas y muy deprisa, como quien suelta una cosa para quitársela de encima: que el sitio era de verdad, que había una sala con la moqueta hasta el techo y unos cascos que pesaban, y que el amigo de Víctor había escuchado la del río dos veces seguidas y luego había dicho una fecha.
— El jueves veintiséis — dijo —. Una prueba. Tres horas de estudio pagadas.
— ¿Y vas a ir?
Eva metió el estropajo en la olla y estuvo un rato largo dándole a lo mismo.
— No lo sé.
Y aquella noche, cenando, Víctor sacó el cuaderno.
No era el de Eva. Era uno suyo, de tapa dura, comprado en la capital, y lo puso encima de la mesa entre los platos.
— Vale. Hay que ponerse.
— ¿Con qué?
— Con los títulos.
Eva dejó el tenedor.
— Llevamos nueve grabadas — dijo Víctor, contándolas con el boli en el papel y sin mirarla —. Nueve. Y están todas muy bien, ¿eh? Están muy bien. Pero así no se manda a ningún sitio. Si yo mando esto, lo primero que me preguntan es qué es. Y yo no puedo decir «pues es una tía que canta lo que le sale».
— Es que es una tía que canta lo que le sale.
— Ya. — Se rió —. Pues eso no se puede decir.
Ahí empezó una conversación que duró una hora y que Axel oyó entera desde la puerta de la cocina, de pie, con un trapo en la mano, sin meterse.
Que había que ponerles nombre. Que había que dejarlas fijas, porque una canción que cambia cada vez no es una canción, es un rato. Que había que elegir cinco de las nueve. Que la del río fuera, que esa no. Que la tercera había que volver a grabarla porque en el minuto dos ella se iba a otro sitio.
— Es que ahí me fui.
— Ya, pero no te puedes ir.
En un momento, buscando una hoja, con el boli en la boca y sin la menor maldad, Víctor dijo esto:
— Y la del banco me la haces igual que el jueves. — Le dio dos golpecitos al papel —. Aquí, así, y ya está.
Eva se quedó mirando el cuaderno.
Aquí, así.
No dijo nada. Se levantó a por agua y estuvo cuatro minutos fuera, en el escalón, con la jarra vacía en la mano.
Y dos días después pasó lo del vaso.
Fue a la hora de comer. Estaban los tres en la cocina y Wamba cruzó la mesa.
La cruzó entera, de punta a punta, por delante de la fuente de las patatas, andando como andaba él, con las manos a la espalda y sin ninguna prisa, y al llegar al borde se paró a mirar el vaso de Víctor.
Axel dejó de masticar.
Víctor, que estaba a cuarenta centímetros y mirando exactamente hacia allí, siguió hablando de un festival.
No lo esquivó. No apartó la vista. No hizo esa cosa que hace la gente cuando nota algo y decide no mirarlo. Estaba mirando el sitio exacto en el que había un bicho de un palmo con las manos a la espalda, y lo que estaba viendo era un vaso.
Luego cogió el vaso, con Wamba delante, y bebió.
Axel levantó la vista.
Eva no estaba mirando a Wamba. Estaba mirando a Víctor. A la cara. Con una atención que Axel no le había visto ponerle a nada en cinco meses.
No abrió la boca en toda la comida.
Se iba el jueves. Lo dijo el lunes, como decía todo: ya decidido.
— El jueves nos vamos.
— ¿Nos?
— Hombre.
El miércoles por la noche Axel estaba fregando y los oía a los dos fuera, en el escalón. No se oía nada raro. Se oía a Víctor hablar y a Eva decir «ya» de vez en cuando.
Y de pronto se oyó a Eva.
— Que no.
Y luego otra vez, más alto:
— Víctor, que no.
Axel salió con el trapo en la mano.
Estaban los dos de pie en mitad de la calle, con el coche detrás, la puerta del copiloto abierta y una bolsa dentro.
— ¿Cómo que no? — decía Víctor.
— Que no voy.
— Pero si está todo…
— Ya lo sé.
— ¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte aquí?
— Sí.
Víctor se pasó la mano por la cara y se rió, y fue la primera risa suya en mes y medio que no tenía nada dentro.
— Vale. Vale, vale, vale. — Se apoyó en el coche —. O sea que te quedas.
— Me quedo.
— Con el del tejado.
Y ahí Eva se calló.
— Eso no tiene nada que…
— Que sí, tía. Que sí. — Levantó las dos manos —. Que llevo mes y medio aquí. Que yo he dormido en un coche. Mes y medio. En un coche.
— Nadie te ha pedido que…
— Ya. Ya lo sé. Nadie me ha pedido nada.
Se quedó un momento callado, y lo que dijo después lo dijo tranquilo, y eso fue lo peor.
— ¿Tú sabes lo que te estoy ofreciendo?
— Sí.
— No lo sabes. Porque si lo supieras no estarías ahí de pie con una escoba.
— Víctor.
— Que te estoy sacando de la calle, Eva. — Se le puso la cara roja de golpe —. Que llevas dos años cantando para nadie. Para nadie. Y llega un tío y te dice oye, que esto vale, que yo lo pago, que yo te lo monto, y tú me dices que no porque te gusta un pueblo.
— No es por el pueblo.
— ¡Pues por lo que sea! — Y ya gritaba —. ¡Que tu música es una mierda si no la oye nadie! ¿Lo entiendes o no? ¡Que eso no existe! ¡Que así no vas a ser nadie!
Se oyó a Kika levantarse dentro.
— Y dentro de diez años vas a estar aquí — dijo, más bajo y peor —, con las mismas cuatro cancioncitas que no ha oído nadie, cantándoselas a la vieja de los callos.
Eva no se movió.
— A lo mejor — dijo.
— ¿A lo mejor?
— Que a lo mejor tienes razón.
Luego dijo la otra, mirándole a la cara, y no le tembló nada.
— Pero es mía.
Víctor la miró tres segundos largos.
— Vale.
Se quedó un segundo con la mano en la puerta abierta.
— La prueba sigue en pie — dijo —. El jueves veintiséis. Está pagada y va a estar pagada vayas tú o no vayas, así que no me hagas el favor de no ir.
Lo dijo sin una gota de rabia, y eso fue lo que lo hizo peor.
Cerró la puerta del copiloto con la bolsa dentro. Dio la vuelta al coche. Y antes de meterse se paró, con la mano en el techo, y miró a Axel, que llevaba todo aquello de pie en el escalón con un trapo en la mano.
— Y tú tampoco has dicho nada, ¿eh? — dijo.
Y se metió en el coche.
Bajó la calle empedrada demasiado rápido, y en la curva de abajo se oyó el bajo del coche rozar contra la piedra.
Y ya está.
Eva se quedó en mitad de la calle un rato largo. Luego entró, cogió la escoba y siguió barriendo hacia el otro lado, que era como había dicho Trini.
Axel no le preguntó nada.
A las once, cuando ya estaban en las hamacas y llevaban veinte minutos sin hablar, ella dijo en la oscuridad:
— El micro se lo ha dejado.
— Ya lo he visto.
— Pues mañana lo bajas a Trini y que se lo mande.
— Vale.
Y al rato:
— Axel.
— Qué.
— Que menos mal que estabas.
Axel se quedó mirando el techo de una casa que había arreglado él, colgado de una viga que había cortado su padre, con aquella tía a metro y medio acabando de decirle eso.
Y no le dijo nada.
De cinco meses, aquella fue la noche en que estuvo más cerca y la que menos le costaba, y no lo hizo.
Por la mañana el plato del azúcar estaba vacío.
Llevaba tres semanas lleno.
— Yayo — le dijo, la noche siguiente, con la cabeza dentro del cañón.
No por nada. Le salió así.
Le pareció que, después de tres semanas subiendo a mirarle, lo mínimo era llamarle de alguna manera.