Yayo
Un bicho dormido en una chimenea y un día entero tirando de una cuerda
Víctor y el de la carpeta desayunaban juntos. El martes después del cumpleaños, a las ocho y cuarto, Axel pasó delante del hotel de camino a por pan. Los dos tenían la carpeta abierta entre los cafés y Víctor le enseñaba algo en el móvil. Por la ventana del comedor salía la voz de Eva, pequeñita.
— El día que abramos, la ponemos junto al agua — dijo el de la carpeta —. Con las copas y todo eso. Esto es contenido.
Víctor bajó el volumen del móvil.
— Para ponerla de fondo, pon la radio.
— Hombre, era una idea.
— Pues otra. Si canta, la escuchas.
Dejó el móvil boca abajo junto al café. El otro siguió hablando de la inauguración.
Axel compró el pan y subió la calle por la otra acera.
A las nueve menos veinte Víctor subió detrás de él y se paró en la puerta de la cocina. Eva estaba de pie con la taza.
— Hoy no subes al tejado. Te vienes.
— ¿A dónde?
— Un amigo mío tiene un estudio en Valdoria, con cabina de las de verdad. Quiero que lo veas. Salimos en veinte minutos.
Lo dijo mientras hacía girar las llaves en un dedo, como si ya estuviera todo decidido. Eva se quedó con la taza a medio camino y buscó la mirada de Axel. Él bajó los ojos al café. Entonces ella dijo que sí.

Al dejar la taza se le derramó un poco de café y ni siquiera pasó un trapo. Eva, que limpiaba hasta el hornillo antes de guardarlo.
Axel limpió el café con el trapo. No se le ocurrió nada que decir que no fuera una mezquindad.
A los veinte minutos se oyó el coche bajar la calle rascando los bajos. Fay lo vio irse desde lo alto del muro y no se movió.
Úrsula llegó a las nueve con el martillo. Había quedado en echarles una mano el martes y el miércoles.
— ¿Y la chavala?
— Se ha ido el día.
Úrsula miró el tejado y después el montón de pizarra que esperaba en el huerto. Había que subirlo a mano, cubo a cubo, tirando de la cuerda. Se limpió el pulgar en el mono antes de decir nada.
— Ah.
Y subió.
Axel se pasó el día entero peleándose con la cuerda, que es un trabajo de burro con la única ventaja de que al burro nadie le pregunta por la chavala. Úrsula colocaba arriba y él hacía todo lo de abajo, que era llenar el cubo, subirlo, esperar a que lo vaciaran y vuelta a empezar, y a las doce la soga le abrió la palma por el mismo sitio de siempre.
— Me cago en la mar — le dijo a la cuerda.
La cuerda siguió igual.

A las dos, con la mano envuelta en un trapo, se subió a la banqueta de la cocina. Era la tercera vez aquel día.
Se lo había enseñado Wamba, a los dos días de lo de la escalera. Axel subía por la escalera de piedra con una brazada de leña y Wamba apareció arriba, en el hueco de la puerta, y se quedó esperando.
— Sube.
— Estoy subiendo.
— A la chimenea, digo.
Axel dejó la leña y se asomó al hueco de la chimenea, negro como el interior de una bota.
— No veo nada.
— Pues pon la luz.
Fue a por el frontal, se subió a la banqueta y metió la cabeza en el cañón.

En una repisa de piedra del interior, a metro y medio del suelo, distinguió un bulto oscuro más pequeño que un puño. Parecía un trapo olvidado, con una capa de hollín tan vieja como la casa, hasta que lo vio moverse. Estaba respirando, muy despacio, cada cuatro o cinco segundos.
— ¿Está dormido? — dijo Axel, bajísimo.
— Está dormido.
— ¿Desde cuándo?
Wamba se lo pensó.
— Yo, desde que estoy, no lo he visto despierto.
— ¿Y cuánto llevas tú?
— Yo llevo.
— ¿Y ahí dentro no pasa frío, el pobre?
Wamba no contestó. Se fue a su viga y en todo el día no volvió a abrir la boca.
Desde entonces, todas las mañanas se subía a la banqueta para comprobar que el bulto seguía respirando.
Una noche le pidió a Eva un trozo de la manta de cuadros. Eva cogió el cuchillo del pan, cortó un cuadrado de una esquina y se lo dio doblado.
Dejó el trozo de manta en la repisa, por si tenía frío. A la mañana siguiente lo encontró debajo del bulto, bien colocado. Alguien había tenido que tomarse un trabajo tremendo para meterse ahí encima.

Una mañana, con él subido, Eva dijo desde el barreño:
— Oye. ¿Ese come?
Axel sacó la cabeza del cañón.
— No lo sé.
— Ah.
Y siguió fregando. Axel se quedó en la banqueta con el frontal encendido. «Ese», había dicho.
Esa tarde bajó a la tienda a por queso y esperó a que no hubiera nadie.
— Trini. En las chimeneas de por aquí, ¿duerme algo?
Trini envolvió el queso y lo pesó.
— Hombre. Murciélagos. En las que no se usan. Se meten por arriba y se quedan en algún hueco. A veces oyes un ruidito y otras no te enteras de que están. — Cerró el cajón —. Tú no los molestes. Y antes de encender, miras bien que se hayan ido.
Subió la calle mucho más tranquilo, hasta que se acordó del trozo de manta, bien colocado debajo de aquel bulto.
Aquel martes, mientras Axel tenía la palma abierta y Eva estaba en Valdoria, el bicho seguía ahí, hecho una bola encima de su cuadrado de manta.
— Yayo — le dijo.

No sabía por qué. Le salió.
Se quedó con la cabeza dentro, escuchando cómo respiraba aquella cosa. Y contando, sin querer y sin poder parar.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Él sabía perfectamente lo largos que son cuatro segundos sin que entre aire.
Al bajar de la banqueta se sorprendió preocupado por lo que pasaría si el bicho se ponía malo. Llevaba un montón de mañanas asomándose a verlo y ni una sola vez se había preguntado si era de verdad. Lo de si tendría frío, en cambio, lo había pensado por lo menos cuatro veces.
Bajó al huerto y siguió tirando de la cuerda.
A esa misma hora, en Valdoria, Eva probó a dar una palmada dentro de la cabina y se quedó esperando el eco. No volvió nada. Las paredes se habían tragado el ruido entero.
— Aquí un mosquito se tiene que aburrir de cojones — dijo.
El amigo de Víctor se rió al otro lado del cristal. Le indicó los cascos que había en el atril.
Se los puso. Primero oyó el roce de su pelo, luego su propia respiración, enorme. Se apartó del micrófono, incómoda al oírse tan de cerca.
— ¿Esto ya graba?
— No. Estamos escuchando. Prueba lo que quieras.
Que probara lo que quisiera, decía. Con aquella mesa llena de botones, los dos hombres pendientes de ella y un reloj encima de la puerta, Eva solo consiguió toser. Ni siquiera tenía nada en la garganta.

Víctor levantó los dos pulgares desde detrás del cristal. Ella miró al suelo para no verlo. Una mancha en la alfombra, cerca del pie del atril. Eso sí podía mirarlo.
Empezó por una canción que no cantaba en la calle porque tardaba mucho en arrancar y la gente se iba. Allí nadie se fue. Pudo dejar el hueco entre una frase y la siguiente sin ponerse a rellenarlo corriendo. A la segunda estrofa ya no miraba la mancha.
Le gustaba. Le gustaba muchísimo, y eso la pilló bastante más desprevenida que los cascos. Llevaba meses explicando que con la calle le bastaba y ahora quería oír qué hacía su voz al quedarse sola en aquel cuarto. No la de la fuente en el móvil de Víctor. La que estaba saliendo ahora.
Terminó y se quedó con una mano en el aire, sin saber dónde ponerla. El hombre de la mesa esperó a que se quitara un casco.
— ¿Te vendrías otro día, con tiempo?
Eva iba a decir que tenía un tejado. Lo tenía. También tenía ganas de volver.
— ¿Cuánto tiempo?
Él se giró hacia una agenda. Víctor ya estaba hablando de llamadas y de gente, pero Eva siguió sujetándose el casco contra la oreja. Quería probar otra. Una entera, sin que nadie organizara todavía lo que venía después.

A las siete Úrsula se sentó en el caballete, se bebió media botella de agua de un trago y miró lo poco que habían avanzado.
— No hemos hecho ni la mitad que ayer. Tú solo no puedes estar arriba y abajo, hijo.
— Pues mañana le metemos el doble.
— Mañana ya veremos. Vamos un día por detrás. — Tapó la botella —. Con el treinta ahí.
Axel tenía unas cuantas cosas que contestar, pero llevaba desde junio hablando a escondidas con la hermana de Eva. Se imaginó la conversación y prefirió ahorrarse el reproche.
Volvieron a las once de la noche. Eva bajó del coche con unos papeles grapados debajo del brazo y subió la calle deprisa.
Víctor se quedó en la puerta, mirándole a Axel el trapo de la mano.
— ¿Y eso?
— La cuerda.
— Tío, que te estás dejando las manos y los ahorros en la casa de una señora. — Se rió, sin maldad —. ¿Por qué?
— Porque aquí duermo.
— Pues cómprate un colchón, que sale más barato.
Y se fue a dormir al hotel.

A la mañana siguiente, mientras fregaba, Eva le contó la visita al estudio. Hablaba deprisa y sin volverse, frotando la olla más de lo que hacía falta.
— Unos cascos que pesaban más que Fay, illo. Y una moqueta hasta el techo, que yo no sé qué le pasa a esa gente con el ruido. — Frotó la olla —. El amigo de Víctor se puso la de la fuente dos veces seguidas. Y luego dijo una fecha.
— ¿Qué fecha?
— El jueves veinticinco. Una prueba. Tres horas de estudio pagadas.
— ¿Y vas a ir?
Eva metió el estropajo en la olla y le dio mucho rato a lo mismo.
— No lo sé.
Esa noche los papeles del estudio estaban debajo de su saco, en la hamaca, doblados por la mitad. Axel los vio al colgar el frontal.