Veinticuatro
Catorce personas subieron una calle empedrada con una olla de callos
Salió por un paquete.
Fue en la tienda, un martes, con Trini detrás del mostrador y las gafas puestas. Había llegado un sobre de la mutua para Eva, de esos que hay que firmar, y Trini sacó el libro de los recibos y el boli.
— Nombre y apellidos.
Eva se quedó un segundo con la mano en el sobre. Un segundo. Nada. Axel lo vio porque estaba al lado y porque llevaba dos meses y medio viéndola no decirlo.
— Eva Moreno.
Lo dijo entero, en voz normal, en una tienda de un pueblo de veintiséis vecinos, y Trini lo apuntó sin levantar la cabeza porque para Trini era un martes.
— Y la fecha de nacimiento, que aquí lo piden.
— Once del ocho.
— ¿Del ocho de este mes?
— Del ocho de este mes.
Trini paró el boli.
— Pues es el jueves.
— Ah — dijo Eva —. Pues sí.
Cogió el sobre y salió a la calle, y Axel se quedó dentro tres segundos más, con la azada en la mano izquierda, mirando el libro de los recibos donde acababa de quedar escrito por primera vez en un año y medio el nombre completo de aquella tía.
Aquella noche, en la cocina, lo intentó.
— Oye. Que cumples el jueves.
— Ajá.
— ¿Cuántos?
— Veinticuatro.
— Vale. — Se sentó enfrente —. Pues algo habrá que hacer.
— No.
— Eva.
— Que no. — Estaba pelando una patata y no levantó la vista —. Yo no hago cumpleaños.
— ¿Nunca?
— Nunca.
Ahí Axel se calló, cogió otra patata y se puso a pelarla.
Al cabo de un rato Eva dijo, sin que nadie le preguntara:
— Los cumpleaños en mi casa eran una comida con veinte personas a las que no conocía de nada, con un vestido que elegía mi madre. — Tiró la mondadura al cubo —. Y un pastel de una pastelería buena, de esos que llevan una plancha de chocolate encima con el nombre escrito. Y todo el mundo diciendo qué mayor estás. Y a las seis se iban todos y yo me quedaba con el vestido puesto en un salón recogido.
— Claro.
— Y yo llevo seis años sin decirle a nadie qué día es.
Axel asintió.
— Vale.
Y siguió pelando.
Lo montó en dos días y lo montó fatal, en el sentido de que no lo montó él. Lo que hizo fue volver a la tienda al día siguiente y decírselo a Trini. Eso fue todo: bajó a por leche y dijo, de pasada, mientras pagaba:
— Trini, lo del jueves.
— El jueves qué.
— Que cumple veinticuatro.
Trini levantó la vista por encima de las gafas.
— Ah — dijo.
Y ahí lo dejó.
Axel subió a casa preocupadísimo, pensando que a lo mejor se había pasado, que a lo mejor Eva se enfadaba, que a lo mejor no venía nadie y era peor. Estuvo dos días con eso.
El jueves por la mañana no pasó nada. Desayunaron. Trabajaron. Axel puso el plato del azúcar. Eva subió al tejado a pasarle pizarras.
A las diez y media subió un repartidor por la calle empedrada con una caja, resoplando, y preguntó por una tal Eva Moreno.
Era un micrófono. Uno de verdad, de los de estudio, en una caja negra con la espuma cortada a medida y un pie plegable de metal, y en el albarán venía el nombre de una tienda de una ciudad que estaba a seiscientos kilómetros.
Lo abrió Víctor, porque Eva no lo abría.
— ¡Feliz cumpleaños!
Eva miró la caja abierta encima de la mesa.
— ¿Y esto para qué es?
— ¿Cómo que para qué es? — Víctor se rió —. Para grabarte.
— Ya. Pero para qué.
Y se rió otra vez, porque le pareció una broma, y se puso a montar el pie.
Axel estaba en la puerta con un cubo en la mano y no dijo nada, y estuvo el resto de la mañana sin saber por qué se le había quedado el cuerpo así por un regalo que era un regalo bueno.
A las once, Úrsula apareció con la excusa de recoger el martillo de teja, que llevaba cinco semanas sin necesitar.
A las doce, el chaval de las sartenes se pasó a preguntar una tontería sobre el agua.
A la una, Sabino llegó a la puerta con su bastón que no usaba y se sentó en el muro de enfrente, y ya no se movió de allí.
Eva empezó a mosquearse a la una y media.
— ¿Qué pasa hoy?
— ¿Qué va a pasar?
— Axel.
— Nada.
A las siete de la tarde subió Trini. Subió con un carro de la compra por una calle empedrada, lo cual es una hazaña, y detrás de ella subía media calle de abajo.
Trajeron una mesa. Trajeron dos bancos. Trajeron una olla de callos que pesaba veinte kilos y que había hecho una señora que Eva no había visto en su vida. Trajeron una tortilla, y otra tortilla, y una fuente de empanada, y una caja de sidra, y un bizcocho hecho en casa con veinticuatro velas de esas de tarta que se compran en paquetes de doce, así que eran dos paquetes y cuatro velas eran de cumpleaños infantil con dibujos.
Vinieron catorce personas.
En un pueblo de veintiséis vecinos, vinieron catorce personas a la casa de la Hortensia, que llevaba cuarenta años cerrada, a celebrarle el cumpleaños a una chavala que llevaba allí cinco semanas.
Eva se quedó de pie en mitad de la cocina, con un trapo en la mano, sin saber qué hacer.
Le costó una hora larga. Axel la vio en la esquina, con un vaso que no se bebía, contestando cuando le hablaban y no más. La vio poner esa cara que ponía cuando alguien le daba algo.
Y no fue a rescatarla, porque había aprendido, y porque además no habría servido de nada.
Quien la rescató fue Sabino. Sabino, que llevaba dos horas sentado en un banco sin hablar con nadie, la llamó con la mano.
— Ven aquí, cría.
Eva se acercó.
— Siéntate.
Se sentó.
El viejo, sin mirarla, le contó una historia larguísima y sin ninguna gracia sobre un burro que le vendió al padre de Hortensia en el año sesenta y uno, y que era un burro malo, y que él lo sabía, y que se lo vendió igual.
— Porque el burro no era malo de carácter, ¿eh? — decía —. El burro era malo de una pata. Y una pata se ve. Lo que pasa es que aquel día llovía y el burro estaba en el barro hasta las corvas, y en el barro no se ve una pata. Y yo eso lo sabía. Y estuve toda la mañana enseñándole el burro por el otro lado.
Tardó veinte minutos.
A los veinte minutos Eva se estaba riendo.
De ahí en adelante fue todo cuesta abajo, en el buen sentido. Comieron callos de pie. Alguien sacó una botella de algo casero que raspaba. Alguien puso un plato en el suelo para Kika y Kika lo empujó con el morro por la cocina entera hasta debajo del banco. Úrsula contó lo de la furgoneta del noventa y cinco y le salió mucho más gracioso que la primera vez. El chaval de las sartenes resultó que tenía un acordeón.
A las once de la noche, en una cocina con una lareira negra de humo y una bombilla colgando de un cable, había once personas cantando una cosa asturiana que Eva no se sabía, y Eva, en el medio, escuchando.
Y luego cantó ella.
No lo pidió nadie. Es decir: lo había estado pidiendo todo el mundo toda la tarde, con esa insistencia de pueblo, y ella había dicho que no cuatro veces.
A las once y veinte se subió a un banco y cantó.
Cantó tres. Y a la tercera se sabían el estribillo, porque se lo había inventado ella hacía cuatro minutos y era muy fácil, y en aquella cocina se puso a cantar el estribillo de Eva una señora de ochenta años que le llevaba la mano al ritmo.
En algún momento de la tercera, subida al banco, Eva se dio cuenta de una cosa: que había once personas mirándola y que ninguna le estaba mirando las manos.
Cuando se bajó del banco, se subió Víctor.
— ¡Un momento! ¡Un momento! — Dio dos palmadas —. Que esto lo tenéis que saber.
Se hizo el silencio de golpe, porque en una cocina con once personas el silencio se hace enseguida.
— Que esta tía se viene conmigo en septiembre. — Señaló a Eva con el vaso —. Que hay un estudio esperándola y en un año la estáis oyendo en el coche.
Y se armó. Se armó de verdad: Úrsula dio un silbido, el chaval de las sartenes le metió tres acordes al acordeón, Sabino levantó el bastón que no usaba, y la señora de los callos le cogió la cara a Eva con las dos manos y le dijo algo al oído.
Y Eva no dijo nada.
Se rió, que es otra cosa. Se puso colorada y se rió y bajó la cabeza, y cuando alguien le preguntó que a qué ciudad, contestó que ya se vería.
Axel, apoyado en la lareira con un vaso que no se estaba bebiendo, vio las dos cosas seguidas y no supo qué hacer con ellas.
Porque cuatro minutos antes aquella tía se había subido a un banco y había cantado delante de once personas una cosa que se acababa de inventar.
Cuatro minutos después, cuando un tío dijo delante de esas once personas una cosa que ella no había dicho nunca, se quedó callada.
Y él también.
Se fueron a la una. Se fueron todos a la vez, como se van en los pueblos, con un montón de ruido en la calle y unas despedidas que duraron veinte minutos. Trini se llevó su carro. Alguien se dejó una fuente.
Y se quedaron los dos solos, en la cocina, con la mesa hecha un desastre.
Eva se sentó en un banco, con los ojos en la mesa.
— ¿Estás bien? — dijo Axel.
Ella asintió.
Luego se puso a llorar. Se puso a llorar de una manera muy rara, sin taparse la cara y sin hacer ruido, sentada muy recta, con las manos en las rodillas y las lágrimas cayéndole por la cara sin más.
Axel se sentó a su lado y no la tocó.
— Perdona — dijo ella.
— No pasa nada.
— Es que no…
No terminó la frase. Estuvieron un rato así.
— ¿Sabes lo peor? — dijo Eva, cuando ya se le había pasado —. Que no ha venido nadie que me conozca.
— ¿Cómo?
— Que esa gente no me conoce de nada. — Se limpió la cara con la manga —. Llevan cinco semanas viéndome subir con un cubo. Y han venido. Y la de los callos no sabe ni cómo me llamo, Axel. Le ha preguntado a Trini en la puerta.
Bajó los ojos a la mesa otra vez.
— Eso es lo que no me esperaba.
Y Axel, a su lado en el banco, con la mesa hecha un desastre y la cocina oliendo a callos, no dijo la única cosa que le había venido a la cabeza en toda la noche.
Que sí había alguien que la conocía. Que llevaba semanas al teléfono preguntándole si comía, si dormía y si se reía. Y que le habría dado un brazo por estar sentada en aquella cocina.
Recogieron a las dos de la mañana. Y cuando Axel bajaba con el cubo de la basura, en la escalera de piedra, en el escalón segundo, había un botón. Un botón grande, de nácar, puesto en el medio del escalón, bien centrado.
Lo cogió, lo miró un momento y se lo metió en el bolsillo.
— ¿Qué haces ahí parado? — dijo Eva desde arriba.
— Nada. Que había un botón.
— Pues sube el cubo, hombre.