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Herramientas

Llegaron un viernes a las siete y media de la tarde, después de once horas de coche y una discusión de once horas sobre si el GPS los estaba llevando bien.

Los oyeron antes de verlos. Se oyó un coche subiendo la calle en primera y una voz de hombre diciendo «¡pero si aquí no cabe!», y una voz de mujer diciendo «¡pues no metas el coche!», y el coche siguió metiéndose igual.

Era una furgoneta blanca vieja con el nombre de un taller en la puerta, medio borrado. Y se paró delante de la casa.

Su padre bajó, cerró la puerta, miró la fachada de arriba abajo y dijo:

— Hostia.

— Hola, papá.

— Hostia, Axel.

Le dio un abrazo de los de dos palmadas fuertes en la espalda y se separó enseguida, y volvió a mirar la casa.

— ¿Esto lo estás haciendo tú?

— Con ayuda.

— ¿La viga cómo está?

— Entera.

— Menos mal, hombre. — Se acercó a la pared y le pasó la mano por la piedra —. Menos mal.

Su madre bajó por el otro lado, se estiró con un quejido, se acercó a Axel y le cogió la cara con las dos manos.

— Estás muy delgado.

— Estoy bien.

— Estás muy delgado.

— Mamá.

— Y muy moreno. — Le giró la cara —. Eso sí, guapo estás.

Su padre se llamaba Ximo y hacía muebles. Su madre se llamaba Queta y tenía una zapatería en la calle de atrás del mercado, y llevaba treinta años mirándole los pies a la gente antes que la cara. No lo podía evitar. Era una deformación profesional de la que se reía ella misma.

Fue derecha a Eva, le dio dos besos y le puso una mano en el brazo.

— Tú eres Eva.

— Sí.

— Yo soy Queta.

Le bajó la vista un momento. Un momento cortísimo. Eva estaba descalza, en el escalón de piedra, con los pies negros de tierra hasta los tobillos.

Queta volvió a subir la vista.

— ¿Tú qué número calzas?

Eva parpadeó.

— El treinta y siete.

— Anda. Como yo. — Le dio dos palmaditas en la mano y no se la soltó —. Pues ya te traeré yo unas botas, que las de mi tienda son todas de tío.

Entró en la casa sin esperar a que nadie le dijera que pasara.

Axel se quedó en la calle, mirando a Eva.

— Ha empezado por los pies — dijo.

— Ya lo he notado.

— Es que es lo suyo.

— No, si me ha caído bien.

Y ahí dentro se oyó a su padre.

— ¡Axel! ¿Y esto qué es?

Estaba en el cuarto de atrás, con las manos en las caderas, mirando las dos hamacas colgadas de las vigas, que era donde habían acabado porque en aquella casa todavía no había una cama.

— Hamacas.

— Ya veo que son hamacas. — Se acercó, tiró de una cuerda con dos dedos, la soltó —. Digo qué es esto de dormir aquí.

— Se duerme bien, papá.

— La espalda.

— Que se duerme bien.

Su padre lo miró como se mira a un hijo que dice tonterías. Y luego se quitó la cazadora, la dejó en el suelo, se sentó en el borde de la hamaca con muchísimo cuidado, levantó los pies y se quedó tumbado mirando las vigas.

Estuvo así un rato largo.

— Coño — dijo.

— ¿Eh?

— Que no está mal.

— Ya te lo he dicho.

— No, no está mal. — Se balanceó un poco, con las manos en la barriga —. Yo esto me lo llevaba al taller.

Desde la hamaca, sin levantar la cabeza, empezó a mirar la viga de la que colgaba, y a Axel le dio tiempo a verle cambiar la cara.

— Oye. Esa viga.

— Está entera.

— Esa viga no está entera, hijo.

Axel levantó la cabeza para discutírselo, y lo que vio fue a Fay tumbado a lo largo de la viga de al lado, la otra, con las cuatro patas recogidas y la cara de un gato que lleva tres semanas sin subirse a esa.

Trajeron media furgoneta. Trajeron una sierra circular, un taladro grande, dos caballetes, una lijadora, cuatro sargentos, una motosierra pequeña, un cubo de tornillos surtidos, una escalera de tijera y una caja de herramientas que Axel conocía desde que tenía cinco años, con el mismo asa de goma pelada por el mismo sitio.

Y trajeron madera. Cuatro vigas de castaño de tres metros, atadas en la baca, que su padre había estado secando en el taller desde hacía dos años sin saber para qué.

— ¿Y esto?

— Para el tejado, coño.

— ¿Y cómo sabías…?

— No sabía nada. — Su padre estaba desatando las cuerdas —. Me dijo tu madre que había un boquete y traje madera. Si no hace falta, se vuelve.

Empezaron el sábado a las siete y media de la mañana.

No hablaron. O sea, hablaron. Hablaron todo el rato. Pero de esto:

— Pásame el metro.

— Toma.

— Esa está podrida por el nudo.

— ¿Esta?

— No, la otra.

— ¿La corto aquí?

— Un dedo más allá.

Víctor estuvo el sábado entero. Subió pizarra, se cortó un dedo con un rastrel, se rió mucho y aguantó hasta las siete.

A media tarde, viendo a Ximo cortar una viga de castaño que llevaba dos años secándose en un taller a ochocientos kilómetros, le hizo la pregunta.

— ¿Y esto por qué no lo compras hecho?

Su padre se lo pensó, porque era un hombre al que todas las preguntas le parecían legítimas.

— Porque entonces no lo habría hecho yo.

— Ya, pero te ahorras dos días.

— Sí.

Y siguió cortando.

Víctor esperó un poco, por si venía el resto, y no vino el resto. Y se fue a por hielo.

Estuvieron dos días y medio así, subidos a un tejado, sacando pizarra rota, quitando lo podrido, metiendo las vigas nuevas y clavando rastreles. Queta y Eva abajo, pasando material con una cuerda y un cubo, y haciendo de comer para cuatro en un hornillo de camping y una lareira que tiraba mal.

A Axel, subido a un tejado con un martillo, sujetando una viga que había cortado su padre, le empezó a hacer efecto una cosa que no supo nombrar hasta la tercera tarde.

Estaba contento.

Contento de una manera muy tonta y muy completa, con las manos destrozadas y la espalda hecha polvo y una viga bien puesta.

Aquellas tres noches, en la hamaca, no le vino nada.

Se dio cuenta el domingo, y se dio cuenta al revés: no notando que no estaba, sino cayendo de pronto en que llevaba tres días sin acordarse de que existía. Se quedó un rato buscándola, por curiosidad, como el que se toca una muela que ya no duele.

Y se durmió antes de encontrarla.

En algún momento de aquella cena su padre se le quedó mirando.

— ¿Qué? — dijo Axel.

— Nada.

Volvió al plato. Y a la cucharada siguiente:

— Que comes más despacio.

— ¿Yo?

— Tú.

Y no dijo nada más, y Axel se pasó el resto de la cena intentando comer normal y sin conseguir acordarse de cómo era eso.

El domingo por la noche, cenando, su madre lo dijo.

— Bueno. — Dejó el tenedor —. ¿Y esto qué es?

— ¿Esto qué es qué?

— Esto. — Hizo un círculo con el dedo, abarcando la cocina, la casa, el pueblo —. Que yo he venido, ¿eh? Y he cargado cubos. Y no te he preguntado nada en tres días.

— Queta — dijo su padre.

— Que no le estoy preguntando nada malo. Le estoy preguntando qué es.

Axel se quedó con el vaso en la mano.

— No lo sé — dijo.

— Ya.

— De verdad que no lo sé, mamá. Que yo salí de casa para ir a ver el mar y estoy en un tejado en la montaña.

Su madre asintió despacio.

— ¿Y estás bien?

— Estoy muy bien.

— Pues ya está. — Cogió otra vez el tenedor —. Que a mí me da igual lo que sea. Yo lo que quiero saber es si estás bien y si comes.

Y su padre, desde el otro lado de la mesa, sin levantar la vista del plato, dijo:

— Y si la viga está entera.

Aquella noche, con la casa a oscuras, Axel se quedó despierto haciendo una cuenta tonta. Su padre. Su madre. Hortensia. Paco. Y ahí arriba Úrsula, y Trini, y Sabino, y medio pueblo. Todo el mundo sabía dónde estaba.

Había una persona más, que no había subido nunca aquella calle y que sabía el nombre del pueblo, y lo del boquete, y lo de la viga. Y esa no estaba en la cuenta de nadie más que en la suya.

Se fueron el lunes a las seis de la mañana, porque su padre tenía un encargo el martes. Cargaron la furgoneta a oscuras, con el frontal puesto, y le dejaron la mitad de las herramientas.

— Esto lo recojo en Navidad — dijo su padre.

— ¿Vas a volver en Navidad?

— Digo yo.

Y su madre le puso una bolsa en las manos.

— Aquí hay unas botas del treinta y siete que estaban en la tienda de hace tres temporadas y no las va a comprar nadie. — Miró hacia el balcón, donde Eva estaba tendiendo un trapo, y bajó la voz —. Y no le digas que son para ella. Se las dejas ahí y ya está.

Axel la miró.

— ¿Cómo sabes eso?

— Hijo, que llevo treinta años vendiendo zapatos. — Le dio dos palmaditas en la mejilla —. Hay gente que no se prueba nada si tú la estás mirando.

— Oye. El del coche.

— Víctor.

— Ese. — Se colgó el bolso del hombro —. Lleva unas zapatillas de cuatrocientos euros sin una raya.

— ¿Y?

— Y nada, hijo. — Se subió a la furgoneta —. Que no ha andado con ellas.

Cuando la furgoneta bajó la calle, Axel subió al cuarto de atrás y se quedó mirando el tejado nuevo desde dentro.

Se veían las cuatro vigas de castaño, claras, todavía sin oscurecer, y por encima los rastreles y la pizarra vieja recolocada. No entraba luz por ningún sitio.

Y en la viga de siempre, la de encima del saúco, estaba Wamba.

Mirando arriba también.

— ¿Qué? — dijo Axel.

Wamba no contestó. Estuvo un rato largo con la cabeza levantada, estudiando la madera nueva, y al final dijo:

— Está entero.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona