Descalza
Tres semanas saludando a alguien que no contestaba
Al del chaleco Axel le dijo buenos días veintiún días seguidos.
Estaba siempre en el mismo sitio: en la viga que cruzaba el cuarto de atrás, la que pasaba justo por encima del saúco, sentado con la espalda muy recta y las manos en las rodillas, mirando el árbol como quien vigila una obra que no ha autorizado.
— Buenos días.
Nada.
— Que hoy subimos pizarra.
Nada.
Un día Axel probó a no decir nada, a ver. Y el del chaleco giró la cabeza tres centímetros, esperó, y volvió a mirar el árbol.
— Ah, ¿ahora sí? — dijo Axel —. Pues buenos días.
Nada.
Eva, que estaba abajo barriendo, le oía hablar solo todas las mañanas y no preguntaba nunca. Lo que sí hacía era dejarle la escoba en la puerta del cuarto de atrás, apoyada, cada mañana. Como quien le deja a alguien las llaves de un sitio.
El azúcar seguía en la repisa. Lo cambió de sitio, a la otra punta, lejos de la gotera, y a los dos días seguía entero y las hormigas ya no venían.
Y el del chaleco, aquella mañana, cuando Axel dijo buenos días, movió la cabeza un centímetro y medio.
No fue un saludo. Pero fue un centímetro y medio.
Víctor llevaba las mismas tres semanas.
Se quedó sin decir hasta cuándo, que es como se queda la gente a la que estar en un sitio no le cuesta nada. Dormía en el coche, comía en la casa y bajaba todos los días a por hielo, porque decía que la cerveza caliente es de gente triste.
Era buenísimo. Eso hay que decirlo primero o no se entiende nada de lo que vino después: era buenísimo. Con Víctor delante, un martes por la tarde en un pueblo de veintiséis vecinos con una gotera y sin nada que hacer se convertía en algo. Se inventaba planes. Se metía en las casas de la gente. Se aprendió el nombre de Sabino en un día y el de Trini en dos, y a la semana Trini le guardaba el periódico.
Y ayudaba. Subía pizarra. Subía mal, pero subía.
A Kika la llamó «el perro» tres semanas. No por nada: es que no preguntó. Le decía «el perro» a Kika, «la tienda» a la tienda de Trini y «el pueblo» al pueblo, que tenía nombre y estaba escrito en una chapa oxidada a la entrada.
Y a Axel le llamaba «hostelero» desde la primera noche. Cuatro meses. Al principio tenía gracia y luego dejó de tenerla, y para cuando dejó de tenerla ya no había manera de decirle que no, que se llamaba Axel, sin que sonara a reproche.
Fay, que en cinco meses se había subido encima de todo lo que se estuviera quieto —una mochila, un capó caliente, la barriga de Sabino—, no se subió al coche ni una vez.
Lo primero se lo notó Axel al cuarto día, y era que llevaba cuatro días sin terminar una frase.
No es que le interrumpiera. Era más fino: le dejaba llegar a la mitad, veía por dónde iba, y desde ahí lo contaba él. Y lo contaba mejor. Y muchas veces tenía razón.
— Es que lo del tejado no es solo el agua de fuera, es que…
— El vapor. Ya. Eso es humedad de dentro, tío. — Víctor levantó la mano —. A un tío que yo conozco se le pudrió una casa entera en Menorca y no era el tejado. Era la cocina.
— No, si lo que yo iba a decir…
— Que sí, que sí. Cuéntame.
Y Axel no lo dijo. Y no fue la última vez, y a la segunda semana ya había dejado de empezar.
Lo segundo se lo dijo a Úrsula, y se lo dijo con toda la buena fe del mundo.
Úrsula había contado, comiendo, que los tres primeros años en el pueblo había limpiado casas y que un invierno se le heló el agua once días.
— Ya, pero eso porque quisiste, ¿no?
Úrsula dejó el tenedor.
— ¿Cómo?
— Que te podías haber ido. — Lo dijo tranquilísimo, con la boca llena —. O sea, que no estabas atrapada. Que si te quedaste es porque te compensaba.
Úrsula se lo quedó mirando un momento. Luego dijo «claro» y siguió comiendo, y Axel se pasó el resto de la comida sin saber dónde meter los ojos.
Lo tercero tardó más, porque las cosas del dinero tardan.
Víctor no pagaba. No es que no quisiera: es que no se le ocurría. Bajaba a la tienda, volvía con hielo y con cerveza y decía «apúntamelo, Trini», y Trini lo apuntaba, y el sábado lo pagaba Axel porque estaba delante. Comió tres semanas en aquella casa y no subió una barra de pan. Y una tarde se asomó por encima del hombro de Axel, que estaba haciendo cuentas en el cuaderno de Eva, vio la cifra del tejado y dijo «joder, qué barato», y se fue a mirar el móvil.
Hubo una cuarta cosa, y esa Axel tardó mucho más en verla.
En tres semanas, delante de Víctor, no pasó nada.
Ni una piedra fuera de sitio. Ni una risa pequeña. Ni un gorro. Axel, que llevaba desde julio dando los buenos días a un bicho en una viga, cayó un día en que hacía tiempo que no se los daba a nadie más.
Y lo achacó al ruido.
Lo de la escalera pasó un miércoles.
La escalera era de Úrsula: de aluminio, de las de verdad, de las de cuatro metros con los tirantes puestos, y se la había dejado con una frase que Axel se había tomado como lo que era. Esto me lo devuelves cuando acabes. Estaba apoyada contra la pared de atrás, atada por arriba a un rastrel con una cuerda, como Úrsula le había enseñado, porque una escalera bien atada no se cae ni con viento.
A las dos de la tarde se cayó.
Axel estaba dentro. Oyó el golpe, que en una casa de piedra vacía suena a catástrofe, y salió corriendo por el portón.
La escalera estaba en el suelo del huerto, en las ortigas, y tenía el travesaño de arriba doblado y dos peldaños salidos.
En el travesaño de arriba, cada uno agarrado a un lado, había dos.
Dos que Axel no había visto nunca de cerca: bajos, anchos, con unos gorros que en algún momento habían sido del mismo color y ya no. Estaban colgados del aluminio doblado como dos náufragos de un tablón, y en el momento exacto en que Axel apareció por el portón, uno de los dos le estaba dando al otro un empujón en el pecho.
Se quedaron los tres mirándose.
— Ha sido él — dijo uno.
— Ha sido él — dijo el otro.
Y se soltaron los dos a la vez y desaparecieron entre las ortigas, y Axel se quedó de pie en su huerto, a las dos de la tarde de un miércoles, con una escalera de doscientos euros doblada y sin nada que decir.
Úrsula bajó a las siete.
Axel la estaba esperando en la puerta, y llevaba desde las dos ensayando una frase, y la frase no existía.
— Úrsula, la escalera.
— ¿Qué le pasa?
— Que se ha caído.
Úrsula la miró. Miró el travesaño doblado, los dos peldaños, la cuerda, que seguía atada al rastrel y colgando entera. Y luego miró la cuerda otra vez, más despacio, porque una cuerda que sigue atada y una escalera en el suelo son dos cosas que no van juntas.
— Estaba atada — dijo Axel.
— Ya lo veo.
— Estaba atada como me dijiste.
— Ya lo veo, Axel.
Úrsula esperó.
Y Axel entendió, en esa espera, que tenía dos opciones, y que una era mentir, y que si mentía tendría que inventarse un viento que no había hecho.
— Yo no sé qué ha pasado — dijo —. Y no te lo puedo explicar. Estaba dentro, oí el golpe y estaba así.
Úrsula se agachó, le pasó el pulgar a la piedra del pie de la escalera y lo levantó mojado.
— El aluminio patina en la piedra mojada — dijo —. Patina el pie, la cuerda de arriba la deja bajar y la escalera se sienta. La he visto sentarse dos veces.
— ¿Y el travesaño?
— El travesaño se dobla si se sienta con ganas.
Lo dijo sin mirarlo, limpiándose el pulgar en el mono, y a Axel le quedó clarísimo que aquella mujer no se creía ni una palabra de lo que acababa de decir y que se la estaba dando igual, como se le da a alguien un paraguas.
— Doscientos diez euros — dijo.
— Ya. Te la pago.
— No tienes doscientos diez euros.
— Te la pago en octubre.
— En octubre tú no vas a tener doscientos diez euros tampoco. — Se agachó, cogió el travesaño y lo movió, y el aluminio hizo un ruido feo —. Esto no se endereza.
Víctor estaba apoyado en el muro del huerto con una cerveza, y llevaba ahí desde el principio.
— ¿Doscientos diez? — dijo.
— Doscientos diez.
— Qué robo.
Y se bebió lo que le quedaba.
Se levantó, se sacudió las manos y le echó una mirada larga a la casa.
— El sábado voy a la capital a por material — dijo —. Vienes conmigo, cargas tú, y la traemos entre los dos. Y la nueva la pagas cuando puedas y no me lo vuelvas a mencionar.
— Úrsula…
— Y esta te la quedas para el gallinero. — Le dio una patada suave a la doblada —. Que para el gallinero vale.
Bajó la calle dando talonazos, por costumbre. A mitad de la cuesta se paró sin girarse.
— Ocho semanas.
— ¿Qué?
— Que te quedan ocho semanas de tejado. — Siguió bajando —. Y llevas tres días con una escalera en el suelo.
Víctor se despegó del muro y le dio a Axel dos palmaditas en el hombro.
— Tía maja.
Se fue al coche a cargar el móvil.
Axel se quedó en el huerto con la escalera doblada a los pies y una cosa fea en la cabeza que se quitó enseguida, porque le dio vergüenza: que si el que hubiera estado apoyado en aquel muro fuera Paco, o Trini, o su padre, la escalera ya estaría pagada.
Otra que no se quitó: que Víctor ni siquiera había decidido no pagarla.
Aquella noche Axel subió al cuarto de atrás con el frontal puesto. El del chaleco estaba en su viga.
— Han sido los tuyos — dijo Axel.
Y el del chaleco se levantó.
Fue la primera vez en tres semanas que se movió de la viga. Se levantó, se recolocó el chaleco, que era un trapo doblado y cerrado hasta arriba con una precisión de funcionario, y bajó por la pared hasta el suelo con un método que Axel no llegó a ver bien.
Desde el suelo, muy cerca de su bota, dijo:
— Los de abajo son tontos.
Axel se agachó despacio.
— Eso ya me lo imaginaba.
— Uno se agarra y el otro empuja. Siempre igual. Llevan cuarenta años igual. — Levantó las dos manos, muy serio —. Yo esto no lo he autorizado.
— Que quede claro.
— Queda clarísimo.
El del chaleco asintió una vez, satisfecho, como quien acaba de dejar constancia por escrito.
Ahí Axel, que llevaba veintiséis años sin tener palabra para nada de esto, no le preguntó qué era, ni cómo, ni desde cuándo. Le preguntó lo único que se le pregunta a alguien con quien vas a compartir una casa.
— ¿Y tú cómo te llamas?
El bicho se lo pensó. Se lo pensó de verdad, como si hiciera mucho tiempo que no le hacía falta.
— Wamba — dijo.
— ¿Wamba?
— Por esto. — Se estiró la solapa del chaleco con las dos manos, muy digno —. Que era un trapo de la abuela.
— ¿De qué abuela?
— De la abuela.
Y con eso, para él, quedaba todo explicado.
Axel se sentó en el suelo, con la espalda en la pared, al lado del montón de escombro, y estuvieron un rato los dos mirando el saúco.
En algún momento Axel le miró los pies. Estaban descalzos. Negros de hollín hasta el tobillo, con los dedos abiertos, apoyados en las losas frías de una casa de piedra.
Como los de Gorgorito en un camino de tierra. Como los del que lloraba en el frontón. Como los de Eva en un suelo brillante de mármol, aquel día, cuando dijo «no» y lo dijo seco.
Bajó a la cocina. Eva estaba fregando la olla en el barreño, descalza sobre las losas, y no levantó la vista.
— ¿Ya está? — dijo.
— Ya está.
— ¿Y cómo se llama?
Ahí Axel se quedó parado en mitad de la cocina, con el frontal todavía puesto, porque en cinco meses aquella tía no había preguntado nunca nada en presente.
— Wamba.
— Wamba. — Eva le dio la vuelta a la olla y siguió frotando —. Pues Wamba.
Y estuvo un rato así, de espaldas.
— El del frontón se me sentó al lado — dijo.
Axel no se movió.
— Aquella tarde, con la tormenta. Se me puso pegado al pie y estuvo ahí como una hora, y luego se fue. — Sacó la olla del agua y la miró al trasluz, buscándole restos —. Yo pensaba que tú no lo habías visto.
— Eva.
— Y el del bar tampoco era una rata.
Lo dijo mirando la olla. No se giró, no le tembló nada y no le dio ninguna importancia, y ese era exactamente el punto: lo estaba diciendo así porque era la única manera de que le saliera.
— ¿Desde cuándo?
— Desde los seis años.
Colgó la olla del gancho.
— ¿Y por qué no me has…?
— Porque no.
Se secó las manos en el pantalón y por fin se giró, y tenía una cara completamente normal, que fue lo que a Axel le pareció más increíble de toda la noche.
— Porque lo dije una vez — dijo —. Con nueve años. Se lo dije a mi hermana en el coche, volviendo de un campamento, y a mi hermana se le puso una cara, y se lo contó a mi madre, y mi madre me llevó a un señor con una consulta muy bonita que me preguntó si dormía bien.
Axel se apoyó en la pared.
— Y no me pasó nada, ¿eh? — Levantó un hombro —. Fui tres veces y ya está. Nadie me dijo que estaba mal de la cabeza. Nadie me castigó.
— Pero.
— Pero aprendí. — Cogió el trapo —. Que hay cosas que se dicen y cosas que no.
Y ahí Axel entendió de golpe, con cinco meses de retraso, por qué aquella tía no le ponía nombre a sus canciones.
— Anda, sube el cubo — dijo Eva —. Que mañana hay pizarra.