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Úrsula

Todo se podía hacer despacio menos una cosa.

Limpiar, apuntalar, quitar zarzas, tapar la ventana con un plástico: eso aguantaba. Pero por el boquete de atrás del tejado entraba el agua, y mientras entrara agua, todo lo que hicieran se lo iba a comer la humedad.

Y el agua tenía fecha.

Eso lo dijo Trini, sin que nadie le preguntara, mientras le cobraba una escoba: que en aquel pueblo llovía en serio a partir de octubre y que en octubre no se sube nadie a un tejado.

Estaban a mediados de julio.

El tejado costaba dinero, que era la otra mitad del problema y la que no se arreglaba mirando vídeos. Axel hizo números en la contraportada del cuaderno de Eva, que se lo prestó sin decir nada. Pizarra vieja recuperable, la mitad. Rastreles, tela asfáltica, clavos, cuatro vigas. Le salió una cifra y la tachó. Le volvió a salir y la tachó otra vez.

La tercera no la tachó. Mil cuatrocientos sesenta euros, contando la pizarra que se pudiera recuperar y sin contar la mano de obra, porque la mano de obra eran ellos.

En la cuenta le quedaban mil ochocientos y pico. Eso era todo lo que había: lo que llevaba ahorrado el día que se levantó del suelo de su cocina, menos cuatro meses de dos personas andando. Detrás no había nada más. Ni nómina, ni piso que vender, ni nadie a quien pedírselo.

— Déjame ver — dijo Eva.

— No hace falta.

— Déjame ver, hombre.

Se lo dio. Ella miró la cifra, miró el tejado, y le devolvió el cuaderno.

— Falta la mía — dijo.

— ¿La tuya qué?

— Que yo también duermo aquí.

— Eva, tú no tienes…

— Ya lo sé lo que tengo. — Cogió el cuaderno otra vez, escribió algo debajo y lo cerró —. Ahí lo tienes apuntado. Y cuando tenga, lo pongo.

Y Axel no discutió.

Se pasó tres días mirando vídeos con el móvil apoyado en una piedra y una raya de cobertura. Y al cuarto día apareció una mujer en la puerta: rubia canosa, con el pelo cortado a lo bruto, de unos cincuenta y muchos, con un mono de trabajo azul y unas botas de agua.

— Buenos días. Soy la de la casa verde.

Hablaba español perfectamente, pero con un acento que se le enganchaba en las erres y con un vocabulario de pueblo que no le pegaba nada a la cara.

— Me ha dicho la Trini que estáis con el tejado.

— Estamos.

— ¿Y sabéis?

Axel se lo pensó.

— No.

— Vale. — Asintió, satisfecha —. Eso está bien. El que dice que sabe es el que te lo hace mal.

Se llamaba Úrsula y llevaba treinta años en el pueblo. Lo contó mientras subía por la escalera de piedra delante de ellos, dando golpes en los escalones con el talón para ver cuáles aguantaban.

— Yo vine de vacaciones. En el noventa y cinco. Con veinticuatro años y una furgoneta.

— ¿De dónde?

— De Utrecht. — Golpeó un escalón. Sonó mal —. Este no.

Subieron por el otro lado.

— Íbamos tres a la costa. Y se nos rompió la furgoneta aquí abajo, en la curva, y el mecánico estaba en la capital y tardó cinco días la pieza.

— ¿Y os quedasteis cinco días?

— Ellos cinco días. — Se rió por la nariz —. Yo treinta años.

Llegó arriba y se fue directa al agujero del tejado.

— Bueno. Esto no es tan malo.

— ¿Nos da tiempo? Me han dicho que en octubre…

— En octubre no. — Úrsula se asomó al agujero —. En octubre esto es un río. Tienes julio, agosto y septiembre, y septiembre a medias.

— Once semanas.

— Once semanas si empiezas mañana.

— ¿Y si no?

— Si no, esperas al año que viene y el año que viene esto ya no tiene arriba. — Golpeó una viga con el talón —. Las casas no se caen despacio, ¿eh? Eso es un cuento que se cuenta mucho. Las casas aguantan, aguantan, aguantan, y un martes se caen. Yo he visto caerse dos aquí, y las dos aguantaban perfectamente el lunes.

Axel se quedó con eso puesto.

Úrsula, que llevaba treinta años tratando con gente a la que le acababa de decir una cosa así, hizo lo que hacía siempre: se giró, volvió a asomarse al agujero y repitió, con el mismo tono de antes:

— Bueno. Esto no es tan malo.

— ¿No?

— No. — Señaló con la barbilla —. La viga gorda está entera. Mira. Lo que se ha roto son las de arriba, las pequeñas, y eso son cuatro palos. Si la viga gorda estuviera podrida, entonces sí. Entonces te ibas a Alemania.

— ¿Por qué a Alemania?

— Es una manera de hablar.

Estuvo toda la mañana. Les enseñó a distinguir la pizarra buena de la que ya no vale, que es por el sonido. Les enseñó a apilarla para poder volver a usarla. Les dijo qué cuatro cosas tenían que comprar y en qué orden, y en qué sitio de la carretera general, y que dijeran que iban de su parte porque si no les cobraban de más.

Les dejó una escalera de aluminio de las de verdad y un martillo de teja.

— Esto me lo devuelves cuando acabes.

— ¿Y si tardo un año?

— Pues en un año.

Y bajó los escalones dando talonazos otra vez, por costumbre.

Comió con ellos, en la mesa de fuera, un guiso que hizo Axel con lo que había. Y ahí Eva le preguntó lo que llevaba toda la mañana queriendo preguntarle.

— ¿Y no echas de menos tu casa?

Úrsula masticó.

— ¿Utrecht?

— Sí.

— Uf. — Se lo pensó de verdad —. El pan. El pan bueno de allí. Y el queso.

— ¿Ya está?

— Y un canal. Hay un canal en el centro que me gustaba mucho.

Eva esperó.

Úrsula se calló. Cogió otro trozo de pan y siguió comiendo, y ahí acabó la respuesta.

— ¿Y no te dio miedo? — insistió Eva —. Quedarte.

— No. — Se limpió la boca —. Me dio miedo después.

— ¿Después de qué?

— De cuatro años. — Se recolocó en la silla —. A los cuatro años me dio un miedo horrible, porque ahí ya me di cuenta de que me había quedado. Los primeros cuatro años yo me estaba quedando un poco más, todo el rato. Un mes más. Un invierno más. Hasta que arregle la ventana. Hasta la fiesta. — Se rió —. Es más fácil quedarse un poco más treinta años seguidos que decidir quedarte una vez.

Se levantó a llevar el plato al barreño, y no le dio ninguna importancia a lo que acababa de decir.

Axel llamó a Irene esa noche. Bajó a la fuente, que era donde había cobertura, con la excusa de llenar las botellas.

Se lo contó todo: el pueblo, la casa, el tejado, la escalera de Úrsula.

Y notó que le gustaba contárselo.

Esa fue la parte fea, y la vio y no se paró: que llevaba cinco semanas contándole a aquella mujer cosas que le pasaban, y que le gustaba, porque era la única persona en el mundo que le preguntaba a él cómo iba lo suyo.

— O sea que os quedáis — dijo Irene.

— De momento.

— ¿Y ella está…?

— Está bien. Está muy bien. — Axel se apoyó en la fuente —. La ves y está tranquila. Duerme. Come.

Se oyó una silla al otro lado.

— Yo podría ir — dijo Irene.

— No.

— No a verla. A un hotel. A la ciudad de al lado, y ya está, y si ella no quiere no me ve. Yo no bajo del coche, Axel. Yo me quedo en el coche y tú me dices que la has visto por la ventana y me vuelvo.

— Irene.

— Es que llevo un año y siete meses.

Axel cerró los ojos.

Y dijo la frase.

— Yo te aviso.

— ¿Sí?

— Yo te aviso — repitió —. Cuando sea el momento. Confía en mí.

Al otro lado la mujer dijo «vale» con una voz que se le rompió por la mitad, y le dio las gracias tres veces, y colgó.

Axel se quedó al lado de la fuente con las botellas vacías en el suelo. Arriba, en la casa, se veía una luz moviéndose por el balcón: Eva con el frontal puesto, barriendo hacia el lado que había dicho Trini.

Cogió las botellas, las llenó y subió la calle con una en cada mano.

Y a mitad de la cuesta se paró, porque el coche seguía allí.

Llevaba allí tres semanas, con una rueda subida al muro, y en tres semanas no lo había movido ni una vez.

Cenaron los tres fuera, en el escalón, una lata de fabada calentada en el hornillo y pan del día anterior, y estuvieron dos horas riéndose. Contó lo de un vuelo cancelado en Bangkok y lo de un amigo suyo que se había comprado un caballo. Y cuando ya estaban recogiendo, a Axel se le ocurrió una cosa y le dio hasta vergüenza preguntarla.

— Oye. ¿Y tú cómo te llamas?

El chaval se rió con la boca llena.

— Víctor.

— Víctor.

— Víctor.

Y Axel se quedó con el plato en la mano, haciendo una cuenta que no le salía. Que aquel tío llevaba cuatro meses entrando y saliendo de su vida. Que se habían escrito quince o veinte veces. Que había comido con ellos en tres provincias distintas y se había llevado a Eva un día entero en el coche.

Y que en el móvil lo tenía guardado como nueve cifras sin nombre.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona