Úrsula
Vino de vacaciones cinco días y lleva treinta años
A mediados de julio ya habían abierto un paso por el huerto y despejado la cuadra donde dormían. El somier y la media bañera seguían en la ladera: primero había que sacar lo que podían cargar entre dos. En la cocina había una caja para las cosas que Axel no sabía de quién eran. La moneda se había quedado junto a la teja.
Axel se levantaba con ganas de continuar y se acostaba encontrándose arañazos en sitios que ni recordaba haber metido entre las zarzas. Una mañana Eva tuvo que ir a buscarlo para el café: llevaba media hora tirando de una raíz y diciendo que esa ya salía. Con la ventana tapada con un plástico podían ir haciendo. Con el tejado no había calma que valiera.
Durante tres días, Axel se pegó a ratos a la barandilla del balcón para aprovechar la única rayita de cobertura y tragarse vídeos sobre cómo arreglar tejados. Entre una consulta y otra bajaba a seguir limpiando. Eva le dejó su cuaderno y él llenó la contraportada de cuentas que iba tachando según las hacía. Después de tanto vídeo, seguía sin tener ni pajolera idea de lo que costaba una viga.
Al cuarto día apareció una mujer con el pelo rubio ya canoso, cortado sin demasiadas contemplaciones, un mono azul de trabajo y botas de agua.
— Buenos días. Soy la de la casa verde. — Hablaba perfecto, pero con las erres raras —. Me ha dicho la Trini que estáis arreglando el tejado.
— Estamos mirando cómo.
— Ya. — Se limpió las manos en el mono —. ¿Pero sabéis?
Axel se lo pensó.
— No.
— Bien. El que dice que sabe es el que te lo hace mal.
Se llamaba Úrsula y llevaba treinta años en el pueblo. Lo contó subiendo la escalera de piedra delante de ellos, dando un taconazo en cada escalón para ver cuál aguantaba.
— Vine de vacaciones hace treinta años. Con veinticuatro y una furgoneta. Íbamos tres a La Espuma, a coger olas, y se nos rompió en la curva de abajo. La pieza tardó cinco días.

— ¿Y os quedasteis cinco días?
— Ellos cinco días. — Se rió por la nariz —. Yo treinta años. — Taconazo. Sonó mal —. Este no.
Arriba se fue derecha al agujero.
— Bueno. Esto no es tan malo.
— ¿Nos da tiempo? El papel de la puerta dice treinta de septiembre.
— El papel ya lo sé, hombre. Lo sabe el pueblo. — Miró el cielo por el boquete —. Y en octubre esto es un río, y a un tejado mojado no se sube ni el gato. Así que el papel y el cielo dicen lo mismo. Por una vez.
— Once semanas.
— Once semanas si empiezas mañana.
— ¿Y si no?
— Si no, se cae sola. — Le dio un taconazo a una viga —. Las casas no se caen despacio, ¿eh? Eso es un cuento. Aguantan, aguantan, aguantan, y un martes se caen. Yo he visto caerse dos aquí, y el lunes las dos aguantaban perfectamente.
Axel se quedó blanco.
— Úrsula, que me estás dando una fatiga…
Úrsula ni le oyó. Se asomó otra vez al agujero.

— Bueno. Esto no es tan malo. La viga gorda está entera, ¿ves? Lo roto son las de arriba, las pequeñas. Eso son cuatro palos. Si la gorda estuviera podrida, entonces sí. Entonces te ibas a tu casa.
Úrsula apartó una rama del saúco para ver el borde del agujero.
— Este, fuera.
Eva se puso a su lado.
— ¿Y si se queda?
— Entonces hay que rematar alrededor. Más trabajo. Y luego no vale olvidarse de él y dejar que empuje lo que pongamos.
Axel miró el tronco, las hojas y el hueco que todavía dejaba ver el cielo.
— Dime qué hay que comprar.
Úrsula se quedó toda la mañana enseñándoles a reconocer la pizarra buena por el sonido y a apilarla sin desgraciarse una mano.
— Esta suena bien. — Le dio con el nudillo a una —. ¿Lo oyes?
— Yo las oigo todas iguales.
— Pues vas a hartarte de escuchar, hijo. — Y la puso en el montón de las buenas.
Después se sentó en el escalón y les dictó la lista de la compra. Podían aprovechar casi toda la pizarra vieja, pero hacían falta rastreles, tela asfáltica, clavos de los buenos y madera para las vigas. De las vigas no se atrevía a darles precio.
— Calculad unos mil quinientos, sin las vigas — dijo —. Luego hay que pedir precio. Y decís que vais de mi parte, que a vosotros os ven cara de estreno.
Axel lo apuntó en la contraportada, debajo de las tachadas. Ese ya no lo tachó.

En la cuenta le quedaban mil ochocientos y pico, que eran los ahorros de cuatro años de sonreírle a gente en un mostrador menos cuatro meses de bocadillos, y detrás de esa cifra no había nada de nada: ni colchón, ni nómina a fin de mes, ni un tío rico en la familia que se estuviera muriendo despacito.
— Déjame ver — dijo Eva.
— No hace falta.
— Que me dejes ver, hombre.
Eva miró la cifra y luego el tejado antes de devolverle el cuaderno.
— Falta la mía.
— ¿La tuya qué?
— Que yo también duermo aquí.
— Eva, tú no tienes…
— Ya sé lo que tengo. — Le quitó el cuaderno, escribió algo debajo y lo cerró —. Ahí está apuntado. Cuando tenga, lo pongo.
Y Axel no discutió.

— Lo demás, después — dijo Úrsula —. El agua de arriba, con manguera nueva y dos empalmes, que eso os lo enseño yo. La luz ni la toquéis, que eso es electricista y dinero. El váter de la cuadra, con un cubo de agua. Que tampoco vais a vivir pidiéndole la llave del baño a Trini. Y el resto de la cuadra, con paciencia y con un gato que haga algo.
Fay, desde el muro, la miró como si lo del gato fuera con él.
— Y mañana bajo yo al ayuntamiento a decir que aquí se está obrando. Que si te lo mandan hacer, no te lo pueden prohibir.
Les dejó una escalera de aluminio de las buenas y un martillo de teja.
— Esto me lo devuelves cuando acabes.
— ¿Y si tardo un año?
— Pues en un año.
Se quedó a comer en la mesa de fuera y Eva aprovechó para preguntarle lo que llevaba toda la mañana rondándole la cabeza.
— ¿Y no te dio miedo quedarte?
— No. — Úrsula se limpió la boca —. Me dio miedo después.

— ¿Después de qué?
— De cuatro años. Los primeros cuatro años yo me estaba quedando un poquito más, todo el rato. Un invierno más. Hasta que arregle la ventana. Hasta la fiesta. — Se rió —. Y un día miras y son treinta.
Después de comer, Úrsula los llevó hasta el manantial. Había que apartar ramas secas para seguir la manguera por la ladera, y al levantarla encontraron otro tramo picado, además de los tres que ya habían visto. Úrsula les enseñó dónde había que cambiarla y volvió a sus cosas. Los tubos y los empalmes los compraron ellos, con la lista metida en el bolsillo, y se pasaron la tarde bajando y subiendo la cuesta.
Cuando abrieron el paso, salió agua por el grifo de la cuadra y también por el empalme que Axel tenía a los pies. Manazas estaba sentado en el barro, muy interesado en una arandela que le ocupaba las dos manos.
— Esta no entraba.
— Pues era de ahí, melón — dijo Axel.
Eva tuvo que volver arriba a cerrar. Axel desmontó el empalme y encontró el sitio de la arandela. Cuando regresó ella, él seguía agachado, con los pantalones empapados y las manos llenas de tierra. Probaron otra vez. El grifo empezó a escupir, tosió un buen rato y acabó soltando un chorro seguido.
Eva llenó un cubo, lo vació y llenó otro por el gusto de verlo correr. Axel se lavó los brazos hasta los codos.
Aquella noche Axel bajó a comprar pan y, al salir de la tienda, se paró en la fuente. Allí tenía tres rayas de cobertura y a Eva lo bastante lejos. Llamó a Irene y le contó lo del pueblo, la casa, el aviso de la puerta y hasta la escalera que les había dejado Úrsula, que eso no le importaba a nadie y se lo contó igual.
— Léemelo — dijo Irene —. El papel.

Axel lo sacó del bolsillo, de encima de la llave, y se lo leyó a la luz de la farola. Al otro lado se oía un boli.
— Eso va en serio, Axel. Con un papel así no hay abogado que valga. Lo único que se puede hacer es lo que pone.
— El tejado.
— El tejado.
Se quedó un momento callada.
— ¿Y ella está…?
— Está muy bien. Tranquila. Duerme. Come. Se ríe.
— Yo podría ir.
— No.
— No a verla. A un hotel, en Valdemora. Y si ella no quiere, no me ve. Yo no bajo del coche, Axel. Tú me dices que la has visto por la ventana y me vuelvo.
— Irene.
— Es que llevo casi dos años.

Axel cerró los ojos antes de contestar:
— Yo te aviso.
— ¿Sí?
— Yo te aviso. Cuando sea el momento. Confía en mí.
Al otro lado Irene dijo «vale» y se sonó. Le dio las gracias tres veces y colgó.
Axel se quedó al lado de la fuente con la bolsa del pan en la mano. Arriba se veía una luz moviéndose por el balcón. Eva con el frontal puesto, barriendo hacia el lado que había dicho Trini.
Empezó a subir con la bolsa del pan. A mitad de cuesta se paró a mirar el coche, que llevaba diez días con una rueda encaramada al muro. Fuera lo que fuera que había venido a hacer aquel tío, de paso no estaba.
Cenaron los tres en el escalón, una lata de fabada calentada en el hornillo, y estuvieron dos horas riéndose. El del coche contó lo de un amigo suyo que se había comprado un caballo sin saber montar.

— Y le digo: ¿y tú para qué quieres un caballo? — Se dio una palmada en la pierna —. Y me dice: pues para tenerlo. ¡Para tenerlo, tíos!
Eva se atragantó de la risa y tuvo que taparse la boca.
Recogiendo, a Axel se le ocurrió una cosa y le dio hasta vergüenza preguntarla.
— Oye. ¿Y tú cómo te llamas?
El chaval se rió con la boca llena.
— Víctor.
— Víctor.
— Víctor.
Axel se quedó con el plato en la mano, tratando de recordar cuántas veces habían comido juntos. Aquel tío llevaba meses apareciendo en sus vidas, habían compartido mesa en un montón de pueblos y él todavía lo tenía guardado en el móvil como nueve cifras sin nombre.