Papasito
Su padre llamó para hablar de una máquina y le preguntó otra cosa
El móvil sonó a las ocho y cuarto de la tarde, en mitad de un puente. En la pantalla ponía Papasito.
Axel se paró en seco.
— Ay, la leche.
— ¿Qué pasa?
— Mi padre.
Dejó que sonara tres veces más mientras pensaba cuánto tiempo llevaba sin llamarlo. Demasiado. Descolgó.
— ¿Papá?
— ¡Hombre! — Salía tan alto que Eva lo oía a metro y medio —. ¡Que sí, que está vivo!
— Que sí, papá.
— ¡Queta! ¡Que está vivo!
De fondo, la voz de su madre gritando algo que sonaba a «¡pues dile que llame de vez en cuando!».
— Dice tu madre que llames de vez en cuando.

— La he oído.
— Ya, es que grita mucho.
Se echaron a reír los dos a la vez, exactamente igual, con el mismo hipo al final. Eva se sentó en el bordillo del puente e hizo como que miraba el río.
— ¿Y dónde andas?
— En un puente.
— Ya. ¿Y el puente dónde está?
— Arriba. Hacia la montaña.
— Ah, coño. ¿Pero tú no ibas pal norte, al mar?
— Sigo yendo al norte, papá. Pero por las curvas.
— Ah. — Una pausa —. Y dice tu madre que vaya vacaciones te dan en ese hotel.
Axel miró el río.
— No son vacaciones, papá. Lo dejé.

Su padre se quedó callado un rato largo.
— Vale.
Eva levantó la vista del río.
— Oye, que me he comprado una máquina — dijo su padre.
— ¿Qué máquina?
— Una regruesadora. De segunda mano, de un tío que cerró el taller. — Se le notaba que llevaba dos semanas esperando a contárselo a alguien —. De hierro fundido, de las de antes. Doscientos veinte kilos. La metimos entre el vecino, su hijo y yo con un carro. Le he cambiado las cuchillas y le he hecho una mesa nueva. Y pasas la mano por el tablero y no notas nada. Nada de nada.
— ¿Y dónde la has metido?
— Donde estaba la mesa.
— ¿Y la mesa?
— Fuera.
— Papá.

— Está tapada.
— Que va a llover.
— Que está tapada, hombre. — Pausa —. La ha tapado tu madre.
Axel se estaba riendo con la mano en la frente.
— Oye, y una cosa. ¿Y qué hay por ahí arriba, piedra?
— Piedra. Y pizarra.
— Entonces hay castaños. — Su padre bajó la voz, como si fuera a preguntar algo serio —. La madera de castaño, ¿tú la has visto trabajar?
— No.
— Es blanda pero es noble. Aguanta el agua como ninguna. Los tejados de por ahí arriba son todos de castaño. Por si te interesa.
Axel se llevó la mano al bolsillo del pantalón sin darse cuenta. Eva giró la cabeza.
— ¿Y tú comes?

— Como.
— ¿Comes bien o comes latas?
— Cocino yo casi siempre.
Silencio al otro lado.
— ¿Tú?
— Yo.
— ¿Tú cocinas?
— Que sí, papá.
— ¡QUETA! ¡QUE DICE QUE COCINA!
Se oyó el trajín de pasar el teléfono de una mano a otra y, enseguida, la voz de su madre, que debía de estar hablándole pegada al micrófono.
— ¿Axel?

— Hola, mamá.
— ¿Qué botas llevas?
— Otra vez las botas, mamá.
— Que qué botas. ¿Las marrones o las que te compraste por internet?
— Las marrones.
— Ah. — Un silencio de aprobación —. Esas por lo menos tienen horma. ¿Te sale el dedo pequeño para fuera al bajar?
— No.
— Porque si te sale, te van cortas, y no llegas cojo del pie, llegas cojo de la rodilla. Y eso ya no se arregla. — Se apartó a decirle algo a su marido y volvió —. Y no te las quites de golpe al final del día, que se hincha. Te sientas un rato con ellas puestas y luego te las quitas.
— Vale, mamá.
— Bueno, que te pongo con tu padre, que está aquí dando saltos.
Eva se tapó la boca con la mano.

Se pasaron veinte minutos hablando del vecino que se había comprado una moto con setenta y tres años, de una tía que estaba mala del riñón y del hornillo. Su padre quiso saber si seguía usando el mismo y, cuando Axel dijo que sí, contestó «claro que es el mismo» con el orgullo de quien pregunta por otro hijo.
— Oye — dijo su padre al final.
— Dime.
— Que nos alegramos mucho, ¿eh? De que te hayas ido. Que ya estaba bien de estar ahí metido. — Se aclaró la garganta —. Bueno, hala. Que se te va el saldo.
— Que ya no hay saldo, papá.
— Pues igual. Un beso, hijo.
Al guardarse el móvil, Axel seguía con una sonrisa de tonto que no conseguía quitarse.
— Está como una chota, illo. Ha metido doscientos veinte kilos de hierro en el taller y ha sacado la mesa al patio.
Eva seguía mirando el río.
— ¿Qué pasa?
— Nada.
— Eva.

— Que tienes una suerte que no te la mereces.
Eva lo dijo con toda la seriedad del mundo.
— Bueno, tampoco es…
— No. — Se giró —. No hagas eso. Tu padre te llama pa contarte lo de una máquina. Y tu madre te pregunta qué botas llevas. — Se levantó y se sacudió el pantalón —. Eso es la hostia, Axel.
Cogió la mochila y se quedó con ella en la mano.
— El mío también me contaba cosas pa nada. Al principio. Que había visto un pájaro raro, o que se había aprendido un nudo nuevo. Luego dejó de contarme cosas pa nada. Y luego dejó de hablar. — Se echó la mochila al hombro —. Llámalos. Un martes cualquiera. Que un día marcas y ya no lo coge nadie.
Y echó a andar.
A las dos horas, metido en el saco, le vino lo del castaño. Su padre no le había pedido una fecha de vuelta ni un plan para después. Le había hablado de la madera de los tejados de allí arriba.
Axel se tocó el bolsillo del pantalón por fuera, donde iba la llave.
Estaba a punto de dormirse cuando le vibró el móvil otra vez. Un mensaje de Hortensia.
Hijo, una cosa. Me ha llamado la hermana.