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De dos en dos

Los dos primeros días fueron raros. No malos. Raros.

Se habían acostumbrado a que hubiera una tercera voz, y sin ella los silencios pesaban distinto. Hortensia rellenaba. Hortensia veía una vaca y decía algo de la vaca. Y ahora veían una vaca y no decía nada nadie, y la vaca se quedaba ahí.

Axel se descubrió hablando de más para tapar el hueco. Contó lo del hotel. Contó una cosa de la universidad. Contó una teoría suya sobre por qué los pueblos tienen la iglesia siempre en el sitio más incómodo. Y a mitad de la teoría de la iglesia se calló él solo, porque estaba haciendo el ruido de Hortensia y no le salía.

Anduvieron una hora en silencio. Y estuvo bien.

Al cuarto día apareció el coche.

Lo oyeron antes de verlo, porque en una comarcal a las once de la mañana no pasa nada, y luego se puso a su altura y bajó la ventanilla.

— ¡Hostelero!

Era el del hotel. Traía el codo fuera y unas gafas de sol que costaban más que la tienda de campaña.

— Que iba por aquí. Bueno, iba a dos horas de aquí. — Se rió él solo —. Subid, anda, que os planto en el próximo pueblo en diez minutos.

Axel se agachó a la ventanilla con las dos manos en las correas de la mochila y se oyó decir que no.

— ¿Cómo que no?

— Que no. Que vamos andando.

— Ya, pero es que son catorce kilómetros.

— Ya.

El del coche los miró a los dos, buscando el chiste, y no lo encontró.

— Sois gilipollas — dijo, encantado.

Se bajó igual. Anduvo con ellos un kilómetro y pico hablando, dejó el coche parado en el arcén con las luces puestas, y a los veinte minutos se volvió a por él porque le entró la duda de si allí robaban.

Antes de irse se quedó un momento delante de Eva, que estaba sentada en el quitamiedos atándose una bota.

— Oye. Lo del otro día. Lo he estado pensando.

— Ajá.

— Que no es por ser pesado. Es que eso no lo hace nadie así.

Eva siguió con el cordón.

— Vale.

— Vale no. Vale es lo que se dice cuando no vas a hacer nada.

Y se metió en el coche y se fue.

Anduvieron los catorce kilómetros. Llegaron a las siete y media reventados, con una ampolla nueva cada uno, y el pueblo era feísimo y no había nada.

Aquella noche, en la tienda, a Axel no le vino la sensación.

Lo notó y no le dio importancia. Pensó que era el cansancio.

Al tercer día hizo un calor de los que no se olvidan y llevaban cinco sin ducharse. Cinco. Contados. Y no es que oliesen mal: es que olían a algo. A humo de las noches, a crema del sol, a mochila.

Pararon en una gasolinera a media mañana y Axel volvió de la tienda con dos garrafas de agua de ocho litros, una en cada mano, y una cara de haber tenido una idea.

— Ni de coña — dijo Eva.

— Que no he dicho nada.

— Lo llevas escrito.

Lo que había pensado era esto: que si dejabas las garrafas al sol toda la mañana, a las tres de la tarde el agua estaría caliente. Y que ocho litros son ocho litros. Las ató a los lados de la mochila, una a cada lado, para que hicieran contrapeso.

Pesaban dieciséis kilos. Anduvo con eso cuatro horas.

— Dame una — dijo Eva a la hora.

— No.

— Que me des una.

— Que no.

Y a la segunda hora ella se paró en mitad de la carretera, le desató una sin pedir permiso y siguió andando con la garrafa colgando del hombro como quien lleva un bolso, y no volvieron a hablar del tema.

A las tres de la tarde encontraron el sitio: un rellano detrás de unos avellanos, apartado de la carretera, con una piedra grande y llana y una hierba corta y limpia.

El agua estaba caliente. Caliente de verdad. Caliente de bañera.

— Anda — dijo Eva, metiendo la mano por el cuello de la garrafa.

— ¿Eh? ¿Eh?

— Bueno. Vale. Está bien.

— Dilo.

— No.

— Que lo digas.

— Ha sido una buena idea — dijo, muy deprisa y mirando a otro lado —. Y ahora te vas por ahí.

Axel se fue por ahí. Se fue cincuenta metros por detrás de los avellanos, con su garrafa, y desde allí no se veía nada y se oía todo, que es lo que pasa siempre.

Lo que se oyó fue esto: un chorrito, un grito ahogado, silencio, otro chorrito. Y a los diez segundos, la voz de Eva, muy alta y muy indignada:

— ¡ESTO NO ES UNA DUCHA!

— ¡Es agua caliente!

— ¡ES UN VASO DE AGUA CALIENTE, AXEL!

— ¡Hay que administrarla!

— ¡ADMINISTRAR NO ES ESTO!

Luego, a los dos minutos, con otra voz completamente distinta, casi para dentro:

— Madre mía.

— ¿Qué?

— Nada.

— ¿Qué?

— Que llevaba cinco días con arena en el cuello.

Y Axel, al otro lado de los avellanos, con la garrafa en alto sobre la cabeza y el agua bajándole por la espalda, sintió una de las satisfacciones más limpias de su vida.

Comieron pan con tomate sentados en la piedra, con el pelo mojado y los pies al aire, y a Eva se le quedó una cosa en la cara que no era una sonrisa pero se le parecía.

— Oye — dijo, mirándose las manos —. Las garrafas.

— Qué.

— Que las has pagado tú.

Axel iba a decir «no pasa nada», que era lo que decía siempre, y le salió otra cosa:

— Cuatro sesenta.

Eva levantó la vista.

— ¿Qué?

— Que costaron cuatro sesenta. Las dos. — Miró a otro lado —. Digo, por si lo quieres apuntar.

Y Eva se quedó un segundo muy quieta. Y luego se sacó del bolsillo el cuaderno pequeño que se había comprado en un pueblo, se chupó el dedo, buscó una hoja del final y escribió algo.

— ¿Qué escribes?

— Cuatro sesenta.

— No lo escribas de verdad.

— Ya está escrito.

Y cerró el cuaderno.

Lo del reparto pasó sin que lo hablaran. El primer día Axel montó la tienda y Eva hizo el fuego. El segundo, igual. El tercero, Axel llegó al sitio y ya estaba el fuego hecho, y Eva sacó la olla sin preguntar. Y así se quedó. Él montaba, cocinaba y cargaba. Ella hacía el fuego, buscaba el agua y decidía dónde se paraba, porque tenía mucho mejor ojo que él para saber si un sitio era bueno. Y el plástico de ella iba debajo de la tienda, porque el suelo de la tienda era una porquería y el plástico no. Fregaban los dos. Nunca lo dijeron. Simplemente los dos se levantaban.

Hubo otras cosas. Que Eva se ponía siempre en el lado derecho de la tienda y él en el izquierdo, y ninguno se lo había pedido al otro. Que él le echaba la sal a la comida de ella menos que a la suya, porque el segundo día había puesto una cara. Que ella le pasaba la botella sin que se la pidiera cuando llevaba un rato callado subiendo una cuesta. Y que Axel había empezado a sacar los pies de la tienda por la noche, por debajo del faldón, al fresco, aunque se le quedaran helados.

Una más, que no entró en el reparto porque no era de repartir. Eva sabía. Axel quería. Ella llegaba a un sitio y sabía en tres segundos si valía para dormir. Él llegaba a un sitio y lo primero que le salía era subirse a lo alto a ver qué había detrás. Ninguno de los dos le dio importancia entonces.

No lo comentó. Eva tampoco.

La bronca fue por la ruta. Fue el quinto día, a las cinco de la tarde, con treinta grados y una cuesta, y Axel llevaba el móvil en la mano desde hacía media hora.

— Por aquí nos ahorramos seis kilómetros.

— Por ahí no hay camino.

— Sí que hay. Mira. — Le enseñó la pantalla —. Sale la línea.

— Esa línea es de hace veinte años.

— Es un mapa, Eva.

— Es un mapa hecho por alguien que no ha estado aquí.

Siguió andando por la carretera. Axel se quedó plantado en el cruce con el móvil en la mano.

— ¡Que son seis kilómetros!

— ¡Pues cógelos!

Y los cogió. Se metió por el camino él solo, muy digno, con la mochila y todo, y Kika se fue con Eva, lo cual le pareció una traición personal.

El camino iba bien cuatrocientos metros. Luego se estrechó. Luego se llenó de zarzas hasta la cintura. Y luego se acabó del todo, delante de una alambrada nueva con un cartel de un coto de caza.

Axel se quedó mirando la alambrada un rato bastante largo.

Volvió por donde había venido, con los brazos llenos de arañazos, y tardó cincuenta minutos.

Cuando salió otra vez a la carretera, Eva estaba sentada en el quitamiedos, a la sombra de un árbol, con el gato en el regazo y la perra tumbada. Llevaba cincuenta minutos allí. Podía haber seguido andando. No había seguido.

No dijo «te lo dije». No se rió. Le pasó la botella.

Axel bebió media, se sentó a su lado y estuvo un rato mirando el asfalto.

— Seis kilómetros — dijo.

— Y una alambrada.

— Ya.

Se quedaron callados.

— Es que ese mapa lo hace gente — dijo él —. Gente que va andando y lo va marcando. O sea que alguien pasó por ahí.

— Alguien pasó por ahí hace veinte años.

— Puede.

Eva le quitó la botella y bebió ella.

— Yo miro las cunetas — dijo.

— ¿Cómo?

— Que yo miro si la cuneta está pisada. Si hay hierba tumbada, por ahí pasa gente. Si está toda de pie, no pasa nadie. — Levantó un hombro —. Eso no viene en el mapa.

Axel se quedó pensando.

— Enséñame eso.

— Es que ya te lo he enseñado.

— No, en serio.

Eva le miró de reojo.

— Vale — dijo.

Y se levantaron y siguieron andando por la carretera, que era más larga y llegaba.

Aquella noche, mientras cenaban, a Axel se le ocurrió una cosa y le dio vergüenza decirla, y la dijo igual.

— Oye. Nos ha ido bien.

— ¿El qué?

— Lo de discutir.

Eva le miró con la cuchara a medio camino.

— Estás fatal — dijo.

Pero se rió.

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