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La dirección

Lo dijo al tercer desayuno en la trastienda de una panadería, y lo dijo como se dicen las cosas que ya están decididas desde hace dos noches.

— Yo me quedo.

Axel dejó la taza.

— ¿Cómo que te quedas?

— Que me quedo aquí unos días. — Se estaba untando una tostada y no levantó la vista —. O unas semanas. O lo que sea.

Se oyó el horno.

— Hortensia…

— No me pongas esa cara, criatura, que no me estoy muriendo.

— No, si es que…

— Es que nada. — Ahora sí levantó la vista, y estaba tranquilísima —. Que llevo dos semanas levantándome a las cinco de la mañana para ver a un señor meter panes en un horno y me lo estoy pasando como no me lo pasaba desde los diecisiete años. Y punto. — Le dio un mordisco a la tostada, masticó, se limpió —. Además te voy a decir una cosa y luego no la repito.

— Dime.

— Que yo salí de mi casa hace dos meses pensando que iba a andar cuatro días y a volverme. — Miró la taza —. Y he andado dos meses. Y todas las mañanas, cuando me levantaba, la primera cosa que pensaba era «hoy me vuelvo». Todas. La del río, la del frontón, la del pantano. Me despertaba, me dolía la cadera y pensaba: hoy le digo al chico que me acompañe a la estación.

— Nunca dijiste nada.

— Pues claro que no. — Encogió un hombro —. Y hace dos semanas me levanté a las cinco en una cama que no es mía, en un pueblo que no sé ni cómo se llama, para ver a un señor sacar pan de un horno. Y no lo pensé. Ni al levantarme ni en toda la mañana.

Cogió la taza y se la bebió de un trago.

— Yo no sé si esto es amor ni me importa — dijo —. Lo que yo sé es que llevo dos semanas sin querer volverme. Y a mi edad eso hay que hacerle caso a la primera.

Axel se pasó la mañana con una cosa rara en el estómago, y lo raro era que se había acostumbrado: que llevaba dos meses andando detrás de una señora de sesenta y cinco años que contaba historias de curas dormidos y que decidía dónde se dormía, y que ahora tenía que volver a decidir él. Lo cual, si se paraba a pensarlo, era exactamente lo que había salido a buscar de su casa.

Se le hizo gracia y no le hizo gracia.

Eva se lo tomó peor y no lo dijo. Estuvo toda la mañana en el obrador, sentada en un saco de harina, viendo trabajar a Paco sin hablar, y a la hora de comer no tenía hambre.

Y a media tarde, cuando Hortensia salió a la calle a buscarla, la encontró en el escalón. Se sentó a su lado con un quejido, agarrándose la rodilla.

— Ay. La cadera.

Eva siguió mirando la calle.

— A ver — dijo Hortensia —. Suéltalo.

— No pasa nada.

— Claro que pasa. Suéltalo.

Eva no apartó los ojos de la calle.

— Que la gente se queda — dijo.

— ¿Cómo?

— Nada.

Hortensia esperó.

— Que empiezas a estar a gusto con alguien y luego la gente se queda en algún sitio, y ya está. — Se encogió de hombros —. Y no pasa nada. Es normal. Yo llevo así toda la vida.

Entonces Eva hizo una cosa que no había hecho nunca.

— Vente.

Lo dijo mirando la calle, muy deprisa, como quien tira una piedra a un pozo para no oírla caer.

— Ay, hija.

— Que te vengas. — Ahora sí se giró —. Que andas bien. Que a Axel le da igual. Que yo te llevo la bolsa.

Hortensia tardó lo que tardan tres segundos en hacerse largos.

— No.

Y no lo adornó, que era lo suyo.

Eva asintió una vez, se giró otra vez hacia la calle y ya no dijo nada más.

Hortensia asintió muy despacio. Y luego le cogió la cara con las dos manos, así, sin avisar, y se la giró para que la mirase.

— Escúchame bien, que esto te lo digo una vez.

Eva no movió un músculo.

— Tú no le debes nada a nadie — dijo Hortensia —. ¿Me oyes? A nadie. Ni a mí, ni a tu hermana, ni al que venga. Yo me quedo porque me da la gana, no porque tú hayas hecho nada mal, y si mañana me da la gana de irme me voy y tampoco será culpa de nadie. Que la gente se queda y la gente se va, y las dos cosas las hace por lo suyo. Y el que te haga sentir que le debes algo, ese no te quiere. Ese te quiere mandar.

Le soltó la cara.

— Ea. Ya está.

Se levantó a mear, porque decía que la cadera y la vejiga se le habían puesto de acuerdo.

Eva se quedó sola en el escalón un buen rato. Y cuando Axel salió a buscarla, media hora después, seguía allí, con la barbilla en las rodillas, mirando la calle vacía como se mira una carretera.

— ¿Vamos? — dijo él.

— Vamos.

Y no le contó lo que le habían dicho, ni entonces ni nunca.

La despedida fue por la mañana, temprano, con la tienda todavía cerrada y la calle oliendo a pan.

Paco les dio una bolsa de papel enorme.

— Que esto no se pone malo en tres días — dijo —. Y si se pone, lo mojáis en algo.

Hortensia sacó un papel del bolsillo del chándal: un trozo de una bolsa de harina, rasgado, con algo escrito con boli a un lado.

— Toma.

Axel lo cogió. Arriba, en mayúsculas, un nombre: TARAMUNDI. Y debajo, en letras más pequeñas: la última de la calle de arriba, la que tiene el horno pegado a la pared.

— Está a un mes andando — dijo Hortensia —. Mes y medio si os entretenéis, que os vais a entretener.

— Hortensia…

— Que vayáis, digo. — Se cruzó de brazos —. Yo no voy a ir. Ya lo he pensado y no voy a ir, y no me preguntes por qué porque te voy a decir una mentira. Pero me quedo más tranquila sabiendo que alguien ha ido a mirar si sigue de pie.

— ¿Y si no sigue?

— Pues me llamas y me lo dices. — Le señaló con el dedo —. Y me lo dices tal cual, ¿eh? Sin adornar. Que yo he oído muchas cosas adornadas en mi vida y todas eran peores por dentro.

Se metió la mano en el otro bolsillo y sacó el móvil.

— Dame tu número, anda.

Y Axel se lo dio.

Antes de salir, Paco sacó de debajo del mostrador un atlas de carreteras con las tapas reventadas y un año impreso que era anterior a Axel.

— Anda, mira aquí, que en el móvil no se ve nada.

Lo abrieron encima del mostrador, entre la harina, y estuvieron los cuatro con la cabeza metida en un mapa de hace treinta años.

— Aquí no está — dijo Paco.

— ¿Cómo que no está?

— Que no está, hombre. Que es tan pequeño que no lo pusieron. — Le dio un golpecito con el dedo a una mancha verde sin nada dentro —. Está por aquí, en este pegote. Pero no te lo puedo decir.

— Pues qué bien.

— Bueno. — Paco cerró el atlas y le dio dos palmadas en la tapa —. Peor sería que estuviera.

Se abrazaron los tres en mitad de la calle, y fue un abrazo de esos torpes de tres personas en el que siempre hay alguien que se queda con un brazo colgando. Hortensia se agarró a Eva un segundo más de la cuenta. Luego los empujó a los dos.

— ¡Hala, fuera! ¡Que se os va la mañana!

Y se metió en la panadería sin mirar atrás.

Anduvieron un rato sin hablar. Kika iba delante, Fay iba y venía por las cunetas, la bolsa de pan pesaba una barbaridad y olía todavía.

Y en algún momento de aquel rato cayó en una cosa que no le gustó. Que el último bicho lo había visto en un frontón, con la tormenta, y era el que lloraba. Y que desde entonces nada: ni un gorro rojo, ni una risa pequeña, ni una piedra fuera de sitio. Y que lo único que le había señalado un sitio en todo el viaje era una señora con chándal y un trozo de bolsa de harina.

A la salida del pueblo, Axel se paró y miró el papel otra vez.

— Taramundi — dijo en voz alta, a ver cómo sonaba.

Sonaba a nada. Sonaba a un pueblo.

— ¿Está lejos? — dijo Eva.

Axel lo buscó en el mapa del móvil. Tardó en cargar. Era un puntito en mitad de una mancha verde, muy arriba, con una sola carretera que llegaba hasta él y no seguía.

— Está en el quinto pino.

— Bien.

— ¿Bien?

— Bien — dijo Eva, y se colgó la mochila del hombro, como siempre —. Que si estuviera cerca ya habría ido alguien.

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