Harina

Entraron en la panadería de una callejuela de Valdeharina a las siete y media de la mañana guiados nada más y nada menos que por el sabroso olorsito que salía de ella.

Detrás de un mostrador y cuatro estantes, un hombre metía una tanda de panes en el horno con una pala larguísima. Al volverse se le vio una cara ancha y colorada, el pelo blanco muy cortito y unas manos como palas, cubiertas de harina hasta los codos. Tendría sesenta y muchos, pero gastaba una voz que no había envejecido nada.

— ¡Buenos días! — Una voz que llenó la tienda —. Aún está todo caliente, así que os aguantáis.

Y se rió de su propio chiste de mierda, sabiendo que de chiste no tenía ni un pelo.

Axel notó el codo de Hortensia en las costillas. Se inclinó para oírla, pero no hacía ninguna falta.

— Ay. Qué guapetón.

— Hortensia.

— A este mozo me lo ligo yo.

— Hortensia.

El panadero se limpió las manos en el delantal muy despacio, sin dejar de mirarla. Se puso más colorado, aunque también podía ser el horno.

— Pues no sé yo si va a poder — dijo —. Es que estoy muy solicitado.

Paco se ríe junto al horno con la pala del pan todavía en las manos.

— Ya lo veo. — Hortensia miró la tienda vacía, y luego a él —. Se nota por la cola.

Soltó una carcajada que hizo temblar los estantes.

Paco llevaba cuarenta y tres años levantándose a las cuatro y media. Hacía nueve que había enviudado y sus dos hijas vivían fuera. La mayor lo llamaba todos los domingos y, entre una cosa y otra, siempre encontraba la manera de decirle que cerrara ya.

— ¿Y por qué no cierras? — dijo Hortensia.

— Porque entonces, ¿qué hago?

— Lo que te dé la gana, hombre.

— Eso lo dices tú porque no me has visto con las manos quietas. A las siete y media abro, a las dos cierro, a las tres duermo como un tronco. Y a las cinco de la tarde empieza el problema, que no sé qué hacer con las manos. — Limpió el mostrador, que estaba limpio —. Y todavía pongo la cafetera para dos, ¿eh? Me tomo uno y el otro lo tiro por el fregadero. Nueve años tirando un café pa demostrarme a mí mismo que yo puedo hacer lo que me salga de los huevos.

Hortensia, por una vez, no dijo nada.

Paco metió cuatro cosas en una bolsa de papel y se la plantó a Eva en las manos, sin cobrarle.

— Toma, cría, que estás en los huesos.

Eva se quedó con la bolsa calentita contra el pecho. Quiso decir algo, se le escapó una sonrisa entera y no dijo nada.

Eva abraza la bolsa de pan caliente con una sonrisa abierta.

Se sentaron en el escalón de la puerta a comerse el regalo. A las once, Hortensia ya se había puesto un delantal y andaba dentro del obrador aprendiendo a hacer una trenza que le salía de pena. Las instrucciones se oían perfectamente desde la calle.

— ¡Que la de abajo va por encima, mujer!

— ¡Es que si va por encima se me desmonta!

— ¡Porque la aprietas! ¡No la aprietes!

— ¡Yo aprieto lo que me da la gana!

— ¡Ahí está el problema de tu vida!

— ¡Mira quién habla, el que lleva cuarenta años en un cuarto de cuatro metros!

— ¡Cuarenta años haciendo algo, guapa!

Silencio. Y luego los dos riéndose a la vez.

En el escalón, al sol, Kika dormía entre Axel y Eva.

Hortensia y Paco se ríen mientras intentan trenzar la masa del pan.

— ¿Cómo lo has hecho? — dijo Axel —. Coger la bolsa. Llevo semanas viéndote no coger nada. Ni un tomate.

— Porque no me ha preguntado. Me la ha puesto en la mano y me ha dicho que estoy en los huesos. — Le rascó una oreja a Kika —. Esto ya está.

— ¿Y la servilleta? ¿La has tirado?

Eva sacó del bolsillo un cuadradito de papel doblado en cuatro. Lo tuvo un momento encima de la rodilla, sin desdoblarlo, y se lo volvió a guardar.

— Es un número. Un número no es nada.

— Nueve cifras.

— Pues eso. Nada.

Paco les ofreció un cuarto con dos camas en su casa y, entre panes y conversaciones, se les fueron allí dos semanas.

El segundo martes los llevó a repartir en su coche, uno blanco y cuadradote, con nueve bolsas de pan en la parte de atrás y una manta que todavía conservaba pelos de un perro muerto hacía años. Paco conducía fatal. Hortensia, acomodada delante con el brazo por la ventanilla, parecía haberse instalado allí para siempre.

En la primera casa, Axel ya iba subiendo la escalera con el pan cuando Paco se volvió a buscar la bolsa. En la segunda le ganó por la mano otra vez y, a la cuarta, Paco decidió que para qué iba a bajarse del coche.

A la vuelta buscó a Axel por el retrovisor.

Axel sube con una bolsa de pan mientras Paco y Hortensia esperan en el coche blanco.

— Oye, chaval. ¿Tú de qué vives?

— Ahora de nada. Ando.

— Ya. Y luego.

— No lo sé.

— Ya.

Un kilómetro callado, que en Paco era muchísimo.

— Mis dos hijas se fueron a los diecinueve, y las dos hicieron bien. Que eso quede claro. Pero aquí éramos ciento treinta cuando yo empecé, y ahora somos cuarenta y dos. Y de los cuarenta y dos hay nueve que no pueden bajar a por el pan. Esos. — Señaló atrás con el pulgar, a las bolsas vacías —. Si yo cierro, esos no comen pan. Y no lo cuento para que me digáis qué bonito, ¿eh? Que no tiene nada de bonito. Es un trabajo.

— Paco — dijo Hortensia, sin girarse.

— ¿Qué?

— Que vas a ciento veinte.

— Ah, coño.

Paco habla al volante mientras Hortensia se vuelve hacia él y Axel escucha desde atrás.

Hortensia lo soltó una mañana en el desayuno, sin levantar la vista de la tostada.

— Yo me quedo.

Axel dejó la taza.

— ¿Cómo que te quedas?

— Que me quedo aquí. Unos días. O unas semanas. O lo que sea. — Ahora sí levantó la vista —. Y no me pongas esa cara, criatura, que no me estoy muriendo.

— Es que…

— Es que nada. Llevo dos semanas levantándome a las cinco para ver a un señor meter panes en un horno, y me lo estoy pasando como no me lo pasaba desde los diecisiete. Y a mi edad, a eso se le hace caso a la primera.

Eva apenas probó la comida. A media tarde seguía en el escalón, mirando la calle, cuando Hortensia se sentó a su lado con un quejido.

— Suéltalo.

— No pasa nada.

— Claro que pasa. Suéltalo.

Hortensia habla con una tostada en la mano mientras Axel y Eva reaccionan en la mesa.

Eva miraba la calle.

— Que empiezas a estar a gusto con alguien y se queda en algún sitio. Es normal. Yo llevo así toda la vida.

Y luego, muy deprisa:

— Vente.

— Ay, hija.

— Que te vengas. Que andas bien. Que yo te llevo la bolsa.

Hortensia tardó tres segundos.

— No.

No lo adornó.

Eva asintió una vez y se giró hacia la calle.

Hortensia le cogió la cara con las dos manos y se la volvió con cuidado para que la mirara.

— Escúchame, que esto te lo digo una vez. Tú no le debes nada a nadie. Ni a mí, ni a tu hermana, ni al que venga. Yo me quedo porque me da la gana, no por ti. Y el que te haga sentir que le debes algo, ese no te quiere. Te quiere mandar.

Eva y Hortensia conversan sentadas en el escalón de la panadería.

Le soltó la cara.

— Ea. Y ahora me voy a mear, que la cadera y la vejiga se han puesto de acuerdo.

Se fueron un viernes temprano, con la calle oliendo a pan.

Paco les dio una bolsa de papel enorme.

— Esto no se pone malo en tres días. Y si se pone, lo mojáis en algo.

Debajo del pan iban dos camisetas y un jersey de su hija la mayor. «Que no vuelve a por ellos», dijo, sin mirar a Eva. Y Eva no dijo que no.

Hortensia le puso a Eva la manta de cuadros en los brazos.

— Que arriba hace frío.

Y Eva la cogió.

Ya tenían la mano en la puerta.

— Esperad — dijo Hortensia —. Que esto no se enseña en la calle.

Sacó del bolsillo de la rebeca el sobre marrón. El mismo que había recogido del suelo del bar antes que las dentaduras, ya gordo y arrugado de tanto bolsillo. Lo volcó entre la harina.

Del sobre cayó una llave antigua de hierro, larga y de paleta cuadrada, que sonó contra la madera como una herramienta. Aquello era lo que llevaba semanas haciendo clinc en el bolsillo de Hortensia. Detrás salieron dos papeles doblados y un trozo de bolsa de harina en el que Axel leyó TARAMUNDI, bien grande, y debajo: la última de la calle de arriba, la que tiene el horno pegado a la pared.

La llave antigua de hierro queda sobre el mostrador enharinado, entre dos manos.

— Lo escribí anoche, que aquí todo es harina — dijo Hortensia —. Por si os perdíais, que sois de ciudad.

— ¿Y esto? — dijo Axel.

— Eso me llegó un mes antes de conoceros. — Desdobló el primero con dos dedos, como se coge un calcetín que no es tuyo —. Del ayuntamiento. Mira lo que pone ahí, bien grandote.

— Ruina — leyó Axel.

— Ruina. Ya os dije que estaría hecha una ruina. Lo pone un señor con sello.

Paco dejó de limpiar el mostrador, que estaba limpio.

— ¿Y qué ha pasado?

— Que en enero se cayó una pizarra del alero y le reventó el cristal del coche a la de la casa de la esquina. Una que ya no me daba los buenos días a mí con quince años. Y en vez de subir a llamar a mi puerta, bajó al ayuntamiento. Que eso sí lo sabe hacer.

— Menuda malaje — dijo Eva.

— Tú lo has dicho, hija.

— ¿Y qué dice el papel?

— Que o se arregla el tejado antes del treinta de septiembre, o la tiran ellos. Y la factura me la mandan a mí. Nueve mil y pico. Te tiran la casa y encima pagas tú el camión. Un papel y un plazo.

Hortensia muestra el aviso sellado a Axel mientras Paco deja de limpiar el mostrador.

— Me está entrando un coraje… — dijo Axel.

— Pues espera, que falta lo bueno.

Desdobló el segundo. Una carta con membrete y, grapado detrás, un folleto de papel gordo que brillaba más que la panadería entera. En la portada, su calle sin una zarza y con farolitas. Y encima, en letras doradas:

TARAMUNDI SLOW LIVING

— Mira. Mi pueblo. Y luego dos palabras en inglés, por si no te has enterado.

— ¿Y eso qué es? — dijo Paco.

— Pues ir al campo, Paco. Pero pagando.

A Eva se le escapó la risa por la nariz.

— Una promotora. — Pasó la hoja —. Suites. Spa. «Experiencias rurales». Yo tuve diecinueve años de experiencias rurales, hijo, y ninguna tenía spa.

En la página del centro estaba la casa: el horno era un rincón con cojines, y donde tenía que estar el huerto había una piscina azul con dos tumbonas.

— Y me hacen una oferta. — Le puso la uña encima de una cifra de la carta.

Un dedo señala la piscina dibujada en el folleto brillante sobre el mostrador.

Paco soltó un silbido largo, de los que van bajando.

— Por ese dinero no te vendo yo ni la pala.

— Y llaman. — Sacó el móvil, lo puso boca abajo en el mostrador y le dio una palmadita —. A la hora de comer, a las tres de la mañana, cuando les da. Uno que vende algo.

— ¿Y si no pagas lo del camión? — dijo Eva.

— Me la embargan y la subastan. — Le dio dos golpecitos a la piscina —. Y adivina quién puja.

Nadie tuvo que adivinarlo.

— Pues no la vendas — dijo Axel.

— Si no la vendo, hijo. Pero tampoco la puedo pagar. — Le vio la cara a Axel —. Y no me mires así, que ya sé que tengo dos baños. Son de los sobrinos de mi marido, con la casa y todo. A mí me dejaron vivir en ella, y para el café y el pastelito. — Señaló el folleto con la barbilla —. Lo único mío es eso. Y me quieren poner un spa encima de mi infancia. Con albornoz.

— ¿Y qué vas a hacer?

— Nada. Que la tiren. — Lo dijo tranquila, y no lo estaba —. Yo no subo. Eso ya lo sabéis.

Hortensia envolvió los documentos con el papel de la harina y se los puso a Axel en la mano, con la llave encima. Él cerró los dedos alrededor del hierro mientras ella se guardaba el sobre vacío.

Hortensia entrega a Axel los papeles envueltos y la llave de hierro.

— Esta llave ha estado cuarenta y un años en un cajón. El día que me llegó eso, la saqué. — Se sorbió la nariz —. Y me quedo más tranquila si alguien sube a mirar si sigue de pie.

— ¿Y si ya la han tirado?

— Me llamas y me lo dices. Tal cual, ¿eh? Sin adornar. Que he oído muchas cosas adornadas en mi vida y todas eran peores por dentro. — Le tendió el móvil —. Apúntame tu número, anda.

Axel lo tecleó. Hortensia se guardó el móvil.

— Pero antes de que la tiren — dijo —, que la vea alguien que no quiera nada de ella.

Se abrazaron los cuatro, uno de esos abrazos torpes en los que siempre hay alguien con un brazo colgando. Hortensia se agarró a Eva un segundo más de la cuenta. Luego se metió en el obrador sin mirar atrás.

— ¡Hala, fuera, que se os va la mañana! — dijo Paco, y los echó a la calle con la pala.

A la salida del pueblo, Axel volvió a sacar los papeles y leyó en voz alta «Taramundi», probando cómo sonaba. Después desdobló el que llevaba el sello del ayuntamiento y se encontró otra vez con el treinta de septiembre. Se le quitaron las ganas de saborear el nombre.

— Bien — dijo Eva.

— ¿Bien?

— Que si estuviera cerca ya habría ido alguien.

Axel miró el folleto.

— Ya ha ido alguien.

Eva se lo quitó, miró la piscina, lo dobló por la mitad con lo demás y se lo metió todo a Axel en el bolsillo del pantalón, encima de la llave.

— Pues que esperen sentaos.

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