Habitación libre

Media ladera se había venido abajo a las cinco de la mañana y había dejado la carretera enterrada dos kilómetros más arriba. Las máquinas trabajaban desde entonces, pero el cartel avisaba de que no se podría pasar hasta el día siguiente. El pueblo estaba encajado en un embudo y no había por dónde rodearlo con el coche.

Se habían quedado atrapados un matrimonio mayor, un comercial de recambios agrícolas que no paraba de gritarle al teléfono, una ciclista que se lo tomaba bastante mejor y un chaval con un coche bajito, gris oscuro y con los bajos ya bien rozados. Venía andando desde el corte de la carretera con las gafas de sol en el pelo y las manos en los bolsillos. Era alto, moreno y llevaba una barba de tres días cuidadísima, además de una camiseta blanca que no se había arrugado ni con todo el viaje.

— Le he ofrecido doscientos al de la máquina — dijo al llegar.

— ¿Pa qué? — dijo Axel.

— Para que me abriera un hueco.

— ¿Y?

— Que no puede. — Se rió, encantado —. Que hay medio monte encima. Me ha hecho gracia.

Kika le olió las zapatillas y a los diez segundos le había puesto la cabeza en la rodilla, que es lo que hace Kika con cualquiera. Fay lo miró desde lo alto de una tapia y no bajó.

— ¿Vosotros vais andando?

— Andando.

— Qué grande.

Lo dijo en serio, sin guasa. A Axel le cayó bien en tres segundos.

Kika busca una caricia del joven del coche mientras Axel conversa con él.

Ellos podían haber seguido a pie por una senda que rodeaba el corte. Pero eran las siete de la tarde, la ropa no se había secado en tres días y Hortensia se tocaba la cadera cuando creía que nadie la miraba.

En Valdelera encontraron el Hostal La Parada, un edificio de tres plantas con las contraventanas cerradas y una parra seca sobre la puerta. Al cartel se le habían quedado las letras rosas de tanto sol y al neón le faltaba la mitad de los tubos.

Hortensia insistió cuatro veces en un timbre que sonaba lejísimos, dentro de la casa. Le abrió una señora de unos setenta años, en bata de cuadros y con cara de preguntarse quién coño se había acordado de ella a aquellas horas.

— Está cerrado.

— Ya lo veo, hija.

— Cerró mi marido hace seis años y se murió al siguiente. Así que ya me dirás.

— Es que hay cinco personas ahí fuera que no pueden pasar. Y va a llover otra vez.

La señora miró por encima del hombro de Hortensia. El matrimonio en su coche, con los cristales empañados. El comercial dando vueltas con el móvil pegado a la oreja. La de la bici sentada en el bordillo. Y el chaval, apoyado en el capó de aquel coche bajo, con los brazos cruzados, mirando la fachada del hostal con cara de ir a comprarla.

— Yo no tengo hotel.

— Tienes camas.

— Tengo camas sin hacer.

— Pues se hacen.

Otilia atiende a Hortensia desde la puerta entreabierta del hostal.

La señora miró a Hortensia. Miró a Axel. Miró a Eva, descalza, con un gato en brazos y una perra al lado.

— Yo tengo setenta y tres años y una cadera de titanio.

— No tiene que hacer nada — dijo Axel.

— Eso me lo han dicho a mí muchas veces, hijo. Luego os vais y las sábanas se quedan.

Hortensia se apoyó en la jamba y se frotó la cadera.

— Tiene razón. Las camas de mañana también las hacemos nosotros.

— Y la cocina — dijo Axel.

La señora se llamaba Otilia. Los tuvo veinte minutos en la puerta, explicándoles dónde estaban las cosas y qué no funcionaba. Al final se apartó lo justo para que pasaran.

— Una noche. Mañana, cuando abran la carretera, se acabó. Y las camas me las dejáis sin hacer, que las tapo y listo. No voy a abrir el hostal.

— Una noche — dijo Hortensia.

— El agua caliente hay que dejarla correr tres minutos, que sale marrón. Y en la cocina no tengo nada, y cuando digo nada es nada. Y otra cosa: yo no cobro. — Levantó un dedo —. Ni un euro. Que no estoy dada de alta ni tengo libro de nada.

Hortensia se apoya en la jamba y se frota la cadera mientras Otilia escucha a Axel.

— Pues ponemos un sobre para los gastos — dijo Hortensia —. Y cada uno lo que pueda.

Axel se colocó detrás del mostrador, apoyó las manos en la madera y echó un vistazo al tablero de las llaves. Le salió sin pensarlo aquella voz que llevaba semanas sin usar:

— Buenas tardes. ¿Vienen juntos o por separado?

El comercial, que llevaba dos horas gritándole al teléfono, se quedó desarmado.

— Eh… Solo. Uno.

— Perfecto. La cinco, que da al patio y no le va a molestar la máquina.

No tenía ni idea de si la cinco daba al patio. Otilia alargó el brazo por detrás de él y cambió una llave por otra.

— La cuatro. La cinco da a la carretera.

— La cuatro, perdone. — Axel dejó la llave correcta en el mostrador y le dio la vuelta a un cuaderno que había encontrado en un cajón.

— Si me apunta aquí el nombre.

Otilia cambia la llave sobre el mostrador mientras Axel atiende al comercial.

El del coche llegó el último, con las manos en los bolsillos.

— Dame la peor.

— ¿Cómo?

— La peor que tengas. Que yo mañana me voy igual.

Axel le dio la tres, que daba a la carretera y a la máquina. El chaval dijo que perfecta sin mirar la llave.

Otilia lo miraba todo desde la puerta de la cocina con los brazos cruzados.

— ¿Tú de esto sabes?

— Cuatro años.

— Ya se nota.

Eva y Hortensia hicieron ocho camas en hora y cuarto y metieron en la lavadora de Otilia toda la ropa de los tres. Desde abajo se oía a Hortensia explicando cómo se mete una bajera, a Eva diciendo que así también valía, y a las dos partiéndose cada dos por tres.

Eva y Hortensia se ríen mientras estiran una sábana bajera sobre el colchón.

En la cocina había espacio de sobra, los cacharros estaban limpios y colgados en su sitio, pero a primera vista no se veía ni una triste cosa que llevarse a la boca.

— Aquí no hay nada — dijo Otilia.

— Algo habrá, mujer.

Rebuscando encontraron arroz, dos botes de tomate, una ristra de ajos y media caja de cebollas que todavía podían salvarse. Axel sacó del congelador una bolsa de sepia enterrada bajo un ladrillo de hielo y se asomó al patio, donde Otilia tenía perejil y un romero enorme en unas macetas.

— Con esto se hace un arroz.

— ¿Para nueve?

— Para nueve.

Otilia acercó un taburete y se sentó a pelar las cebollas.

— ¿Tú sabes cuánto hace que no se enciende esa cocina?

— No.

Otilia pela cebollas sentada mientras Axel coloca una cazuela enorme en la cocina.

— Desde que cerramos. Yo con el hornillo pequeño me apaño. Un huevo frito, mi sopa. Luego friego una sartén y a correr.

Axel levantó la cazuela grande para ponerla al fuego. Ni vacía cabía entera en el fregadero.

Cenaron todos en el comedor, en la mesa larga, Axel masticando despacio como masticaba desde hacía unas semanas sin haberse dado cuenta. El matrimonio iba a un entierro, llegaba tarde y estaba de un humor estupendo, porque el muerto, dijeron, era un sinvergüenza. La de la bici era alemana, llevaba nueve días pedaleando y no se enteraba de la mitad, así que Axel se pasó la cena traduciéndole por lo bajo, que para algo tenía cinco idiomas. El comercial resultó que de joven había tocado la batería.

Cuando le tocó hablar al del coche, les contó lo del jamón.

— Y le digo al de facturar: mira, la maleta no te la facturo, que dentro va un jamón. Entero, ¿eh? De los de pata. Y el tío, que el jamón no sube a cabina. Y yo, vale, pues me lo como aquí. — Se echó para atrás en la silla —. Y me siento en el suelo, al lado de la cinta, saco la navaja y me pongo a cortar.

— ¡No! — dijo Hortensia.

— Tres lonchas. A la cuarta tenía media cola haciendo fila con una servilleta. A la quinta sale uno de corbata y me dice que por favor, que el jamón sube. — Levantó el vaso —. Le compré el asiento de al lado. El jamón fue en la ventanilla.

— Ay, este chaval — decía Hortensia, secándose los ojos con la servilleta.

No preguntó de dónde venían, ni a dónde iban, ni cómo se llamaban. Y a él tampoco le preguntó nadie. Estaban todos llorando de risa.

El joven del coche reparte lonchas de un jamón entre viajeros en el aeropuerto.

En el postre, que era pan con chocolate porque no había otra cosa, Eva se puso a cantar. El comercial llevó el ritmo en la mesa con las manos, sorprendentemente bien. El matrimonio del entierro se puso a bailar agarrado entre la mesa y la pared, muy despacio y muy mal.

Por primera vez en dos horas, el del coche se quedó calladito, con el vaso a medio camino. No volvió a abrir la boca hasta que Eva terminó.

— Perdona. ¿Eso te lo acabas de inventar?

— Sí.

— ¿Cómo que sí?

Desde la puerta de la cocina, Axel se quedó con el pan con chocolate a medio camino.

— Que me lo he inventado ahora.

El chaval se echó para atrás en la silla y se pasó la mano por la boca.

— Vale. Vale, vale, vale.

El del coche dio dos golpecitos en la mesa y se paró con los dedos levantados.

— Ese hueco del final, tía. Has esperado a que este se callara. — Señaló al comercial —. Tú has seguido tocando y ella se ha quedado ahí, tan tranquila, hasta que has parado.

Eva canta en el comedor mientras el joven del coche escucha con el vaso a medio levantar.

— Hombre, que yo estoy tocando en un mantel — dijo el comercial.

Eva se echó a reír.

— Conozco a uno que graba grupos de aquí — siguió el del coche —. Tiene un estudio. Si te oye esto, te quiere allí mañana.

— Que no, pesao. Que yo no grabo.

— Todavía.

Le escribió un número en una servilleta, la dobló en cuatro y se la metió debajo del plato.

Antes de subir le pidió el móvil a Axel, marcó y colgó al primer tono.

— Ya tienes el mío. Por si os pilla cerca.

Axel se quedó mirando nueve cifras en la pantalla. Le dio a guardar sin ponerle nombre.

Subiendo la escalera, Axel se dio cuenta de que había pasado media cena escuchando a un tío cuyo nombre ni siquiera sabía. Y ya tenía su número guardado.

Una mano desliza la servilleta doblada bajo el plato de Eva.

Por la mañana abrieron la carretera y los huéspedes fueron pasando por delante del mostrador. El sobre acabó bastante gordo. La de la bici dejó lo que pudo y todavía se disculpó por no dejar más.

Axel vio al del coche pararse delante del sobre y ponerle dos dedos encima un segundo, como quien saluda a alguien. Después, el chaval salió a la calle a mirar el móvil.

Fue el último de los cinco en irse, porque estuvo veinte minutos en la puerta enseñándole algo a Eva en la pantalla. Al arrancar bajó la ventanilla.

— ¡Que me escribáis!

Y se fue rozando los bajos en el badén de la salida.

A las once seguían allí. Eva y Hortensia bajaban la ropa de las camas y tendían lo que iba saliendo de la lavadora. Axel llevaba un buen rato en el patio, con la cazuela de canto dentro de un barreño. Cada vez que conseguía frotar el fondo, le salía agua por el lado y se le metía en las botas.

— La próxima vez hago bocadillos — dijo.

— Para nueve también hay que cortar pan — le contestó Otilia desde la puerta.

Axel friega la cazuela en un barreño y se moja las botas con el agua que se desborda.

Cuando tendieron la última lavadora, cubrieron los colchones con unas colchas viejas. El tablero de recepción volvió a tener todas sus llaves.

— ¿Ni los fines de semana? — preguntó Axel.

Otilia se quedó con una colcha a medio doblar.

— ¿Vendrías tú a hacer esto los lunes?

— No sé dónde estaremos.

— Pues eso.

Axel le pasó la última colcha. Entre los dos la extendieron sobre la cama y Otilia alisó las esquinas con las palmas.

Salieron después de comer las sobras del arroz, con la ropa limpia y las botas de Axel haciendo chof. Otilia sacó dos sillas a la puerta, se sentó en una y puso los pies en la otra para despedirlos.

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