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Habitación libre

El desprendimiento había caído a las cinco de la mañana.

Se enteraron al llegar al pueblo: media ladera se había venido abajo con las lluvias y la carretera estaba cortada dos kilómetros más arriba, con máquinas trabajando y un cartel que decía que hasta mañana nada. Y como el pueblo estaba en un embudo, la gente que iba y venía se había quedado allí.

No mucha. Cinco personas. Un matrimonio mayor en un coche con matrícula de otra provincia, un comercial de recambios agrícolas que estaba muy enfadado por teléfono, una chica que hacía la ruta en bici y que se lo estaba tomando bastante mejor, y un chaval de veintitantos con un coche que no era de aquella carretera.

El coche estaba aparcado con dos ruedas subidas a la cuneta, porque de otra manera no cabía, y tenía los bajos rozados de haber pasado por donde no se pasa. Él venía andando desde el corte, con las gafas de sol subidas al pelo y las manos en los bolsillos, y era el único de los cinco que no parecía tener ninguna prisa.

— Le he ofrecido doscientos al de la máquina — dijo, al llegar.

— ¿Para qué?

— Para que me abriera un hueco.

— ¿Y?

— Que no puede. — Se rió, encantado —. Que hay medio monte encima. Que no es que no quiera, es que no puede. — Se quedó mirando la cuesta con las manos en las caderas —. Me ha hecho gracia.

Kika le olió las zapatillas y le puso la cabeza en la rodilla a los diez segundos, que es lo que hace Kika con todo el mundo. Fay lo miró desde lo alto de la tapia y no bajó.

— ¿Vosotros vais andando? — dijo, cuando llegaron.

— Andando.

— Qué grande.

Lo dijo en serio, sin una gota de guasa, y a Axel le cayó bien en tres segundos.

Los cinco estaban en la puerta del único sitio que parecía un hotel.

Y el sitio estaba cerrado.

El cartel decía HOSTAL LA PARADA y las letras estaban de color rosa de tanto sol. Era un edificio de tres plantas con las contraventanas de madera cerradas, una parra seca encima de la puerta y un rótulo de neón apagado con la mitad de los tubos rotos.

Hortensia llamó al timbre. Sonó dentro, muy lejos.

Nada.

Volvió a llamar. Y otra vez. Y a la cuarta abrió una señora de unos setenta con una bata de cuadros y cara de no haber esperado a nadie en su vida.

— Está cerrado.

— Ya lo veo, hija.

— Cerró mi marido en el diecinueve y se murió en el veinte, así que ya me dirás.

Se quedó con la mano en la puerta, esperando a que se fueran.

— Es que hay cinco personas ahí fuera que no pueden pasar — dijo Hortensia —. Y va a llover otra vez.

— Yo no tengo hotel.

— Tienes camas.

— Tengo camas sin hacer.

— Pues se hacen.

La señora la miró. Miró a Axel. Miró a Eva, descalza, con un gato en los brazos y una perra al lado.

— Yo no puedo con esto — dijo —. Yo tengo setenta y tres años y una cadera de titanio.

— Tú no tienes que hacer nada — dijo Axel.

Ahí ella se giró a mirarlo por primera vez.

Se llamaba Otilia y tardó veinte minutos en decir que sí, y los veinte minutos fueron todos de excusas.

— Las sábanas estarán amarillas, ¿eh? Que están dobladas desde el diecinueve y el papel de armario no hace milagros. Y el agua caliente hay que dejarla correr tres minutos largos, porque sale marrón, y no es que esté mala, es la tubería. Y en la cocina no tengo nada, y cuando digo nada digo nada, no digo «poco». Y otra cosa: yo no pienso cobrar. — Levantó un dedo —. Ni un euro. Que yo no estoy dada de alta ni tengo seguro ni tengo libro de nada, y si aquí se cae uno por la escalera me quitan la casa. Así que si alguien me pone un billete en la mano, yo no lo he visto.

— Pues no cobres — dijo Hortensia —. Que paguen lo que quieran y lo metes en un sobre.

No fue tan fácil como suena, porque el comercial de recambios eligió justo ese momento para asomar la cabeza y preguntar si aquello era un hotel o qué, y si tenía factura, y Otilia se metió para dentro y estuvo cuatro minutos sin salir.

Axel se quedó en la puerta con el pie puesto para que no se cerrara del todo.

— Señora — dijo, hacia la penumbra del pasillo —. La factura no. Pero las sábanas sí, ¿verdad?

Y de dentro salió una voz, muy baja y muy seca:

— Las de arriba están en el armario del pasillo.

Axel se puso detrás del mostrador y se le fue el cuerpo solo. Fue una cosa rarísima: puso las manos en la madera, miró el tablero de las llaves colgadas en la pared de atrás, con sus números, y le salió una voz que llevaba dos meses sin usar.

— Buenas tardes. ¿Vienen ustedes juntos o por separado?

El comercial, que llevaba dos horas gritándole al móvil, se quedó desarmado.

— Eh… solo. Uno.

— Perfecto. La cinco, que da al patio y no le va a molestar la máquina de la carretera.

Lo dijo sin saber si la cinco daba al patio. Se giró, cogió la llave del número cinco, la puso en el mostrador y le dio la vuelta a un cuaderno que había encontrado en un cajón.

— Si me apunta aquí el nombre.

El del coche llegó al mostrador el último, con las manos en los bolsillos, y se quedó mirando el tablero de las llaves.

— Dame la peor.

— ¿Cómo?

— La peor que tengas. — Se encogió de hombros —. Que yo mañana me voy igual.

Axel le dio la tres, que daba a la carretera y a la máquina, y el chaval dijo que perfecto sin mirar la llave.

Otilia lo miraba desde la puerta de la cocina con los brazos cruzados.

— ¿Tú de esto sabes?

— Cuatro años.

— Ya se nota.

Eva y Hortensia hicieron seis camas en hora y cuarto. Se oían desde abajo: se oía a Hortensia dando instrucciones sobre cómo se mete una sábana bajera, y se oía a Eva diciéndole que así también valía, y se oía a las dos riéndose cada dos por tres.

Y Axel se metió en la cocina.

La cocina era enorme y estaba vacía de esa manera en la que se vacían las cocinas de los sitios que cierran: con los cacharros ahí, colgados y limpios, y ni una sola cosa que se pueda comer.

— Aquí no hay nada — dijo Otilia.

— Algo habrá.

— Que no hay nada, hijo, que llevo cinco años comiendo en un plato.

Había arroz. Había dos botes de tomate. Había una ristra de ajos y media caja de cebollas que estaban tirando pero se podían salvar. En el congelador, debajo de una capa de hielo del tamaño de un ladrillo, había una bolsa de sepia. Y en el patio, en unas macetas, había un romero enorme y perejil.

— Con esto se hace un arroz — dijo Axel.

— ¿Para nueve?

— Para nueve.

Otilia se apoyó en la encimera.

— ¿Tú sabes cuánto hace que no se enciende esa cocina?

— No.

— Yo tampoco. Ese es el problema.

Y se sentó en un taburete a mirar.

Cenaron todos juntos en el comedor, en la mesa larga, porque no tenía sentido poner cinco mesas. El matrimonio mayor resultó que iban a un entierro y llegaban tarde, y en vez de estar tristes estaban de un humor estupendo porque el muerto, dijeron, era un sinvergüenza. La chica de la bici llevaba nueve días pedaleando desde su casa y se llamaba Alba. El comercial de recambios se llamaba Fermín Losilla, lo cual le pareció a Hortensia el nombre más gracioso que había oído en años, y a la media hora estaba contando que él de joven tocaba la batería.

El del coche resultó ser el mejor de la mesa. Contó lo de un aeropuerto de Estambul, lo de un señor que se le durmió encima en un avión y lo de una moto que había comprado y vendido en la misma semana. Tres cosas seguidas, las tres con gracia y las tres contadas bien, con los tiempos donde van. A la media hora estaban los nueve llorando de risa con una historia suya de un perro y una piscina.

Hortensia se secaba los ojos con la servilleta.

— Ay, este chaval.

En toda la cena no le preguntó nada a nadie. Ni una sola cosa. Ni de dónde venían, ni a dónde iban, ni cómo se llamaban. Y a él tampoco se lo preguntó nadie, porque cuando alguien habla así de bien no hace falta.

El arroz salió bueno. No perfecto: el socarrat se le pasó un poco por un lado, y a él le dio rabia y nadie más se enteró.

En algún momento del postre, que era pan con chocolate porque no había otra cosa, Eva se puso a cantar. Y Fermín Losilla se puso a llevar el ritmo en la mesa con las manos, sorprendentemente bien. Y el matrimonio del entierro se puso a bailar en el hueco entre la mesa y la pared, agarrados, muy despacio y muy mal.

Y el del coche se calló.

Fue la primera vez en dos horas. Se quedó con el vaso a medio camino de la boca y no volvió a abrirla hasta que ella terminó.

— Perdona — dijo entonces —. ¿Eso te lo acabas de inventar?

— Sí.

— ¿Cómo que sí?

Axel, de pie en el marco de la puerta de la cocina con un trozo de pan con chocolate en la mano, notó una cosa muy tonta por dentro, del tamaño de una china en un zapato, y no le hizo ningún caso.

— Que me lo he inventado ahora.

Se echó para atrás en la silla y se pasó la mano por la boca.

— Vale — dijo —. Vale, vale, vale.

Ya no se calló en toda la noche, pero de otra cosa. Le dijo que eso valía dinero. Le dijo que él conocía a gente. Le dijo el nombre de un sitio y el nombre de una persona, y Eva le fue diciendo que no con la cabeza, cuatro veces seguidas, con media sonrisa, como se le dice que no a un piropo.

— Que no, que yo no grabo.

— Todavía.

Le escribió un número en el margen de una servilleta, la dobló en cuatro y se la puso debajo del plato.

Antes de subir a la habitación le pidió el móvil a Axel, marcó y colgó al primer tono.

— Ya tienes el mío — dijo —. Por si os pilla cerca.

Axel se quedó mirando el número en la pantalla, sin nombre, y le dio a guardar sin ponerle ninguno.

De los nueve que había en aquel hotel, ocho iban con alguien. El matrimonio del entierro, las dos hermanas, la chica de la bici con su bici. Él había llegado solo, había cenado hablando y no había dicho a dónde iba, y a Axel se le ocurrió, ya en la escalera, que a lo mejor no iba a ningún sitio.

Axel se comió su trozo de pan con chocolate de pie, apoyado en el marco de la puerta de la cocina, mirando aquello. Y masticó despacio, muchísimo más despacio de lo que hace falta para un trozo de pan, porque desde hacía unas semanas masticaba así siempre y todavía no se había dado cuenta.

Otilia se quedó de pie en la puerta de la cocina, con un trapo en la mano, sin sentarse en toda la noche.

Por la mañana la carretera estaba abierta. Se fueron todos antes de las diez y el sobre que dejaron en el mostrador estaba bastante gordo.

Gordo de cinco. Axel los vio pasar a todos por el mostrador: el matrimonio, el comercial, y la chica de la bici, que dejó lo que pudo y pidió perdón por lo que no.

Vio al del coche pararse delante del sobre, ponerle dos dedos encima un segundo, como quien saluda a una cosa, y salir a la calle a mirar el móvil.

No le dio importancia. Se acordó dos meses después.

Fue el último en irse, porque estuvo veinte minutos en la puerta enseñándole algo a Eva en la pantalla. Cuando arrancó, bajó la ventanilla.

— ¡Que me escribas!

Se fue por la carretera recién abierta, rozando los bajos en el badén de la salida.

Ninguno de los tres cayó, hasta mucho más tarde, en que no le habían preguntado cómo se llamaba.

Otilia los acompañó a la puerta con la bata de cuadros y se quedó un momento parada debajo de la parra seca.

— Oye — le dijo a Axel.

— Dime.

Abrió la boca. La cerró.

— Nada — dijo —. Que os vaya bien.

Y cerró la puerta. Pero no cerró las contraventanas.

Axel lo vio a los cien metros, cuando se giró: las de la planta de arriba seguían abiertas, todas.

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