Una tontería
Eva contó lo de la flauta y Axel escribió un mensaje
Cuatro días sin cobertura y al salir del valle entraron once mensajes de golpe.
Diez eran basura. El otro era de Hortensia.
Hijo, una cosa. Me ha llamado la hermana.
Que por lo visto el guardia joven aquel apuntó nuestros nombres en su libretita y de la libretita al informe, y del informe la chica lo ha sacado con dos llamadas y mucha cara. Que es abogada, me ha dicho, no sé si eso ayuda o si es peor.
Dice que solo quiere saber si está bien. Yo no le he dicho nada. ¿Qué hago?
Axel se paró en la cuneta. Leyó el mensaje tres veces, y a la tercera se acordó de una cosa que había visto y no había mirado: un chaval de veintitrés años con la lengua entre los dientes, escribiendo un apellido con una letra pequeñita y muy cuidada, en mitad de una explanada, mientras Eva le preguntaba dónde iba a acabar aquello.
Delante, a treinta metros, Eva iba andando con el perro, sin girarse.
Escribió: No le digas nada.
Lo borró.
Escribió: Déjame pensarlo. Y le dio a enviar.
Guardó el móvil, apretó el paso y alcanzó a Eva.
— ¿Quién era?
— Hortensia.
— ¿Y qué dice?
— Que le sale mal la trenza.
Era verdad, se lo había dicho dos mensajes antes, y Axel se agarró a eso como se agarra uno a una cosa verdadera para no tener que decir la otra.
Y siguieron andando.
Aquella tarde, subiendo un repecho largo, Eva se paró a recolocarse la mochila por cuarta vez en una hora. Se la había colgado de un hombro. Luego de los dos, pero con las correas larguísimas, casi por el culo. Luego otra vez de uno.
— ¿Te aprieta?
— No.
— Es que la llevas fatal.
— La llevo como la llevo.
— Que no, mira. — Axel se acercó —. Si te tensas esto de arriba, el peso se te va a los hombros y no a la espalda. Es un segundo.
— Que no hace falta.
— Eva, que la llevas colgando como un bolso.
— Que no la quiero.
Se hizo un silencio en mitad de la cuesta. Kika levantó las orejas.
— Perdón — dijo ella.
— No, si…
— Que no la quiero — repitió, más bajo —. La llevo porque me la dio, con la mía dentro, doblada, desde el primer día. Pero no la quiero.
Se sentó en una piedra al borde del camino. Axel se sentó en otra, a metro y medio, y no dijo nada.
— Yo tenía quince años — dijo Eva, mirándose los pies —. Y me hice una flauta.
— ¿Cómo que te hiciste una flauta?
— Con una caña. De bambú, de unas que había en el jardín de un vecino. Vi un vídeo y me la hice. — Se rió por la nariz —. Tardé tres meses en que sonara. Los agujeros hay que hacerlos en un sitio exacto y yo no tenía ni idea, así que hice como quince cañas antes de que saliera una que valiera. Y las hacía con un pincho de brocheta puesto al fuego en la cocina, cuando no había nadie, y me quemé los dedos ocho veces.
— Joder.
— La número quince sonaba. — Levantó la vista un momento —. Sonaba fatal, ¿eh? Sonaba a pito. Pero sonaba.
Se quedó callada.
— Yo daba piano desde los seis años. Con una profesora que venía a casa, los martes y los jueves, con su carpeta. Y a mí el piano me daba igual, y eso no lo podía decir en mi casa porque era como decir que no me gustaba el aire. — Cogió una piedrecita del suelo y se puso a darle vueltas —. Lo que a mí me gustaba era esa caña, que la había hecho yo, y que no valía nada, y que no la había pedido nadie.
— ¿Y qué pasó?
— Que un día tuvimos una bronca. Por una tontería, de verdad, ni me acuerdo de por qué. Y ella cogió la caña de encima de mi cama y la partió con la rodilla.
Lo dijo tranquila.
— Y me dijo: aquí se hace lo que digo yo y punto.
Axel notó que se le cerraba la mandíbula.
— Ya. Eso es lo que te esperas — dijo Eva —. Eso es lo normal, ¿no? Una bronca de hermanas, se rompe algo, ya está. — Tiró la piedrecita —. Lo otro fue lo que no me esperaba.
— ¿Qué otro?
— Que a la semana siguiente me regaló una flauta.
Axel se giró.
— Una flauta travesera. De verdad. De las de estuche, con el trapito para limpiarla por dentro. — Eva miraba al frente —. Le costó un dineral, que ella tenía veintidós años y trabajaba los sábados. Y me la dio en la comida del domingo, delante de mis padres y de mis tíos y de mi abuela.
Se quedó un momento sin hablar.
— Y todo el mundo dijo lo mismo. «Qué buena hermana tienes.» «Con lo que le ha costado.» «Mira qué detalle.» Y mi abuela, que era una santa, me cogió la cara y me dijo: hija, qué suerte tienes.
Se pasó la mano por la cara.
— Y yo tuve que darle las gracias. Delante de todos. Y las di bien, ¿eh? Las di muy bien, que para eso valgo.
Axel apretó los dientes.
— Y no es que me regalara una flauta — dijo Eva, y ahora sí le tembló un poco la voz, muy poco —. Es que a partir de ese día, la que había roto una flauta era yo por no usar la suya. ¿Entiendes? Le dio la vuelta. En una semana. Y ya no se podía contar de otra manera, porque ella tenía la factura y yo tenía una caña partida en la basura.
Se levantó de la piedra.
— No la toqué nunca. Ni una nota. Está en su casa, en el armario del pasillo, con el estuche cerrado.
Se echó la mochila al hombro. Al hombro, otra vez.
— Por eso — dijo.
Y siguió subiendo la cuesta.
Axel tardó cinco minutos en levantarse de la piedra. Cuando llegó arriba, Eva estaba esperándole con la cara ya normal, hablando con el perro, y no volvió a mencionarlo en todo el día.
Cenaron bien. Se rieron con una tontería de una vaca que se había quedado mirándolos.
Cuando Eva ya estaba dormida, roncando como un camión, Axel sacó el móvil dentro del saco, con la pantalla al mínimo, y estuvo un rato con la conversación de Hortensia abierta.
Lo que él pensaba era esto: que la tía esa había hecho eso con quince años. Con quince. Y que la gente cambia. Y que llevaba un año y cuatro meses buscándola, y que eso, se mire como se mire, es que le importa. Lo que él pensaba era que a lo mejor no se estaban entendiendo, nada más.
Hubo un momento, uno solo, en que estuvo a punto de hacerlo bien.
Fue con el móvil en la mano, dentro del saco, y le salió tan claro que hasta se oyó la voz: podía despertarla. Podía decirle «tu hermana ha llamado a Hortensia» y ya está. Ocho palabras. Y luego pasaría lo que tuviera que pasar, que a lo mejor era que se levantaba y se iba, pero pasaría delante de él y no a sus espaldas.
Lo tuvo cinco segundos.
En el quinto pensó que estaba dormida y que despertar a alguien para eso es una crueldad, que era verdad, y por eso funcionó tan bien.
Y de ahí a lo otro fue un paso: que eso se arregla si alguien de fuera, alguien tranquilo, alguien que no tenga nada que ver, se sienta en medio y habla con las dos partes.
Alguien como él.
Escribió:
Dame su número. Yo hablo con ella. Solo para saber qué quiere. Eva no tiene por qué enterarse de nada.
Leyó la última frase tres veces.
Y le dio a enviar.