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Fuego lento

Llevaban cuatro días sin que pasara nada. Cuatro días de carretera, pinos, cuesta arriba, cuesta abajo, un pueblo, otro pueblo, pan, latas, dormir.

Y no era malo. Pero era igual.

— Estoy aburrida — dijo Eva el jueves, tumbada boca arriba en la hierba.

— Yo también.

— Menos mal.

Se quedaron los dos mirando el cielo un rato.

— Hay que hacer algo — dijo ella.

— ¿El qué?

— No sé. Algo.

Ahí se acabó la conversación, porque a ninguno de los dos se le ocurrió nada, que es como se acaban casi todas las conversaciones de ese tipo.

A media tarde de aquel jueves, tumbado en una hierba a seiscientos kilómetros de su casa, con el sol de lado y nada que hacer hasta la hora de cenar, Axel se dio cuenta de una cosa que le sentó fatal.

Que estaba igual que en la mesa de su cocina.

Igual exactamente. La misma sensación en el mismo sitio, dos dedos por debajo del esternón, la de mirar el techo un domingo a las seis de la tarde y pensar «bueno». Había regalado sus cosas, había dejado un trabajo, había dormido en un cobertizo y en una plaza y en un pinar, y llevaba cuatro días con el mismo hueco puesto.

El mismo. Y encima con quince kilos a la espalda.

Ya no era una noche suelta. Le había pasado en la tienda, con la lluvia y las fotos, y le había pasado dos veces más desde entonces. Iba y venía. Se le quitaba días enteros y volvía, y volvía siempre igual: en el mismo sitio y con la misma cara.

Y pensó otra cosa, y esa tampoco la dijo: que en su piso, en su vida de antes, nunca se había aburrido. Ni un día. Tenía cosas para no aburrirse jamás, cientos, en una pantalla del tamaño de la mano. Y que el aburrimiento aquel, el de estar tirado en una hierba sin nada que hacer, era la primera vez en años que le picaba por dentro y le pedía algo. Y se le ocurrió que a lo mejor eso era bueno y no supo cómo decirlo sin quedar como un idiota, así que se calló.

El pueblo siguiente estaba cerrado. Eran las doce de la mañana de un sábado y estaba todo cerrado: el bar, la tienda, la panadería. Las persianas bajadas y la calle vacía.

— ¿Y esto?

Vieron los coches al doblar la esquina. Estaban aparcados en doble fila, todo a lo largo de la calle de la iglesia, treinta o cuarenta, muchos con matrícula de fuera. Y de la iglesia salía gente: mucha gente, con abrigo oscuro, en corrillos, hablando bajito en la plaza.

— Un entierro — dijo Eva.

Se quedaron en la esquina, sin saber si pasar o dar la vuelta. Y una señora que salía la última, con el bolso agarrado con las dos manos, les vio ahí parados y se acercó.

— ¿Sois de los de fuera?

— No, señora. Nosotros vamos de paso.

— Ah. — Se quedó un momento —. Perdonad.

Y se puso a llorar ahí mismo, en mitad de la calle, delante de dos desconocidos. Eva le puso la mano en el brazo, y la mujer se recompuso enseguida, con esa vergüenza de la gente mayor cuando la pillan sintiendo algo.

— Es que ha venido todo el mundo — dijo —. Todo el mundo. Y no hay nada. Se ha muerto de repente, el jueves por la noche, y no ha dado tiempo a nada, y aquí no hay quien te dé de comer a noventa personas un sábado. Han venido de la otra punta del país, y de Francia hasta, un sobrino que trabaja allí y ha cogido el coche a las cuatro de la mañana. Y ahora se van a ir así, cada uno a su coche, con el estómago vacío y sin haberse dicho nada. — Se sonó la nariz —. Y a mi hermano eso no le habría gustado. A mi hermano lo que le gustaba era la gente comiendo.

Lo que pasó después fue rápido y a Axel se le fue de las manos de una manera maravillosa.

Le preguntó a la señora si había una llave del bar. La señora dijo que la llave del bar la tenía su sobrino, que estaba ahí mismo. El sobrino, que se llamaba algo que Axel no retuvo, dijo que sí sin preguntar demasiado, porque estaba en ese estado en el que dices que sí a todo con tal de no tener que pensar.

Y a las doce y media Axel estaba dentro del bar del pueblo, con las luces encendidas y el delantal de otro puesto, mirando una cámara frigorífica.

— ¿Cuánta gente hay?

El sobrino se asomó a la puerta y contó.

— Ochenta. Noventa.

Axel se quedó muy quieto un segundo.

— Vale — dijo.

Lo que había era esto: dos cajas de tomates, tres kilos de cebolla, una bolsa enorme de arroz de los de a granel, cuatro chorizos, una pieza de tocino y, en el congelador, cinco kilos de costilla de cerdo troceada. Y ajo. Muchísimo ajo.

— Con esto no da para noventa — dijo el sobrino.

— Con esto da para ciento veinte.

Sacaron a la plaza la paellera grande del bar, la de las fiestas, que llevaba dos años en un altillo.

Alguien trajo leña.

Alguien más trajo unos caballetes y un tablero.

A las doce y media apareció el coche.

Bajó la calle con el codo fuera, aparcó donde no se podía, y se plantó en la plaza con las gafas en el pelo mirando la paellera como quien llega a una feria.

— ¿Pero esto qué es?

— Un entierro.

— Hostia.

Le habían escrito a Axel el martes, a las once de la noche, preguntándole por dónde andaban, y Axel había contestado el nombre del pueblo porque no se le ocurrió ninguna razón para no contestarlo. Eso fueron dos horas de coche. Se enteró de las dos horas por él, que las dijo tres veces.

No arrimó el hombro. No es que se negara: es que no se le pasó por la cabeza, y nadie se lo pidió porque el que llega hablando parece que ya está haciendo algo. Estuvo hora y media de pie al lado del fuego contando una historia larguísima de un festival en Croacia mientras Axel movía tres kilos de cebolla con una pala de madera.

Y cuando se sentaron a comer, comió.

Comió como come alguien que no ha cocinado: repitió dos veces, se llevó por delante media fuente de las costillas que había traído la señora de la casa de al lado, y se sirvió el último trozo de tortilla sin mirar si quedaba gente sin coger.

Nadie dijo nada. En un pueblo de esos, al de fuera se le da de comer y punto.

Axel lo vio y no le molestó. Le pareció, incluso, un poco triste.

A las cinco, con la plaza recogida, Eva estaba sentada en el bordillo y él se acuclilló delante con el móvil en la mano.

— Canta eso otra vez.

— ¿Cuál?

— La del río. Que la grabo.

Eva se rió y dijo que no. Luego dijo que bueno. Y la cantó entera, sentada en un bordillo, con un tío de cuclillas sujetando un móvil a treinta centímetros de su boca y el pueblo entero recogiendo sillas alrededor.

Cuando terminó, él se quedó mirando la pantalla como quien mira una cuenta que le sale bien.

— Esto lo oye quien yo te diga.

Y a la una menos cuarto, en la plaza de un pueblo en el que no conocían a nadie, Axel estaba arrodillado delante de un fuego soplando por debajo de una paellera de un metro, con Eva partiendo cebolla a su lado en un cajón de fruta puesto del revés.

— ¿Tú sabes hacer esto?

— No.

— Vale.

— Bueno, sí. — Removió —. Es lo mismo que en la olla, pero más grande.

— Eso es mentira.

— Sí.

Tardó dos horas y media. Y en esas dos horas y media pasó lo que pasa siempre: que la gente se fue arrimando.

Primero se arrimaron los niños, porque los niños se arriman al fuego. Luego un hombre mayor que empezó a decirle a Axel que el arroz iba con más caldo, y luego otro que dijo que no, que con menos, y a los cinco minutos había cuatro señores discutiendo sobre el caldo con las manos en la espalda, muy serios, y Axel entre ellos removiendo.

Alguien apareció con cuatro cajas de vino.

Alguien puso un altavoz en una ventana.

Dos mujeres montaron los tableros y los cubrieron con papel.

Una señora que no había hablado con nadie en toda la mañana se puso a partir pan en rebanadas con una velocidad que daba miedo.

En algún momento, entre las piernas de la gente, Axel vio pasar el gorro rojo. Iba deprisa, agachado, con las dos manitas ocupadas llevando algo que no se veía, y se metió debajo del tablero y no salió. Axel volvió al arroz. Tenía noventa personas esperando y no era momento.

Para cuando el arroz estuvo, la plaza entera estaba puesta.

Comieron noventa y tantas personas de pie y sentadas en el bordillo, con platos de plástico, en la plaza de un pueblo, un sábado a las tres y media de la tarde. Estaba bueno. No estaba de restaurante: estaba bueno de verdad, que es otra cosa.

Axel comió el último y de pie, con el plato en la mano, apoyado en la pared de la iglesia, mirando a noventa personas comerse una cosa que había hecho él.

Le vino, sin avisar y sin venir a cuento, un trozo de pizza a medio comer en el suelo de una cocina.

Se lo quitó de encima enseguida. Le quedaba el arroz del fondo, que es el bueno.

A los veinte minutos, alguien contó una anécdota del muerto y se rió media plaza. Y al cuarto de hora ya se estaban riendo todos. Y a las cinco, un primo de los de fuera estaba imitando cómo bailaba el muerto en las bodas, y había gente llorando de risa y gente llorando de lo otro, y las dos cosas al mismo tiempo, que es como debe ser.

La señora del principio se acercó a Axel con un plato en la mano.

— ¿Tú de qué conocías a mi hermano?

— De nada. Yo pasaba por aquí.

Ella asintió despacio, como si eso fuera perfectamente normal.

— Pues gracias, hijo.

Y se fue a bailar.

Se marcharon a las siete, cuando la cosa seguía y ya no hacían falta. Y al salir de la plaza, entre las piernas de la gente, Axel volvió a ver el gorro rojo: iba subido en el respaldo de una silla, con una aceituna en las dos manos, dándole vueltas como quien examina un melón.

Le hizo un gesto con la cabeza. Uno pequeño, hacia la plaza. De «bueno».

Axel, que no le había contado a nadie de dónde había salido la idea, se dio cuenta de que la idea no había salido de ningún sitio: había salido de estar tirado en una hierba, aburridos, y de que a una de las dos personas tiradas en esa hierba le diera por decirlo en voz alta.

Y se acordó de una cosa que le habían dicho en un camino de tierra la primera noche y en la que no había vuelto a pensar desde entonces.

Yo voy donde pasan cosas.

El sobrino les metió cuatro cosas en la mochila y les dio dinero, y Axel dijo que no y el sobrino le dijo que se callara.

Salieron del pueblo por la carretera, con el ruido de la plaza detrás haciéndose pequeño. Kika iba llena hasta las orejas y andaba raro.

— Oye — dijo Axel al rato.

— Qué.

— Ya no me aburro.

Eva se rió.

— Ya. Yo tampoco.

— Oye.

— Qué.

— Que lo dijiste tú.

— Yo no dije nada. Yo dije que había que hacer algo.

— Pues eso.

Eva anduvo unos metros mirando el suelo.

— No fastidies — dijo.

Y no volvieron a hablar de eso, pero los dos se acostaron aquella noche con la sensación tonta de haber descubierto una máquina.

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