Lo que se llevan
Se despertaron con la mochila donde no estaba
La hierba de la cuneta estaba tumbada.
— Aquí pasa gente — dijo Eva.
— Es un camino, Eva. Los caminos son para pasar.
Ella miró un momento más.
— Vale.
Habían encontrado una campa llana y seca a las afueras de Castrovalde del Ciervo, detrás de unos setos y con agua a doscientos metros. Tenía buena pinta, aunque quizá estuviera demasiado cerca del pueblo: las farolas asomaban por encima del seto y se oía pasar algún coche.
Hacía un calor de mil demonios, así que no montaron la tienda. Durmieron al raso encima del plástico de Eva. Y Axel dejó la mochila debajo del seto, con la tienda atada encima y el chubasquero por encima de todo. Llevaba dos meses dejándola fuera cada noche. Ni lo pensó.
Kika despertó a Axel con su «auu-wo-wo» de saludar, el mismo que soltaba cuando Eva volvía de la fuente. Miró la hora medio dormido: las cuatro y diez. Escuchó un momento, pero solo oyó el viento en el seto y a la perra volviendo a tumbarse con un resoplido. Se durmió otra vez.

A las siete y media se levantó descalzo, con los ojos pegados, directo al seto a por la mochila para hacer el café.
No estaba.
Se convenció de que la había dejado en otro sitio y pasó un minuto y medio buscándola por toda la campa, incluso debajo del plástico y en rincones donde aquel mochilón no habría cabido ni a martillazos.
Se detuvo al ver el chubasquero hecho una bola a un lado. Donde antes estaba la mochila solo quedaba el altavoz, plantado en la hierba con el cable enrollado alrededor. Hasta se habían tomado la molestia de dejarlo de pie.
Kika vino a olerlo moviendo el rabo, encantada de la vida.
— ¿Todo? — dijo Eva, de rodillas en el plástico, con el pelo en la cara.
— Todo.
— ¿La olla?
— Todo, Eva. — Y luego, sin gritar —: Me cago en los manguis y en la madre que los parió a todos. La olla también. ¿Quién roba una olla?
— El que tiene hambre.
Axel se sentó en la hierba y empezó a repasar todo lo que se habían llevado: la tienda, el saco, la olla, el hornillo de su padre, la cafetera de Hortensia, el frontal… Siguió con las dos camisetas, el pantalón, el cargador, el botiquín, la navaja, el tenedor que también servía de cuchara y el dinero de la semana.
Se calló.

Eva esperó.
— Y las fotos.
Ciento setenta y nueve. Bruno con el pelo largo. Su madre agachada en la zapatería. Su padre debajo de un coche. La cabra en el techo del coche. Y la de los dos gorros, la última del taco.
— Eran las únicas — dijo. Y ya no dijo más.
Eva no abrió la boca. Tenía el puño cerrado sobre la camiseta, a la altura del pecho, como aquella mañana con los guardias. Axel no preguntó.
Luego vinieron las cuentas. Sentado en la hierba, con el móvil, fue sumando: la tienda ciento veinte, un saco que no sea una porquería noventa, hornillo con bombona treinta, olla veinte, botiquín quince, dos camisetas y un pantalón que aguanten cuarenta, y un frontal doce. Trescientos veintisiete euros. Miró el saldo, miró a Eva, que llevaba dos inviernos viviendo con lo que cabe en una mochila de colegio, y la cifra se la tragó.
La mochila de Eva seguía encima del plástico, aplastada por la cabeza que había dormido sobre ella. Llevaba año y medio usándola de almohada. Él había necesitado dos meses y un robo para entender por qué.
Fueron al cuartelillo del pueblo a poner la denuncia, aunque los dos sabían para qué servía. El agente fue amable y les dijo la verdad: tres robos así en un mes, gente de paso, la mochila estaría ya vacía en alguna cuneta.
— ¿Llevaba documentación dentro?
— No, la llevo encima.
— ¿Tarjetas?

— En el móvil.
— Pues dentro de lo malo. ¿Objetos de valor?
Axel abrió la boca y no supo cómo se decía eso.
— No.
Se sentaron en un banco delante del cuartelillo, bajo un sol estupendo que a Axel le pareció una falta de respeto. Le quedaban la ropa que llevaba puesta, la cazadora que había usado de almohada y aquel altavoz agarrado en la mano.
— Es lo único que han dejado. Y de pie, Eva. Lo dejaron de pie.
— Los tiran — dijo ella —. De segunda mano no valen nada y pesan. Vacían la mochila ahí mismo y se llevan lo que se vende.
— Ya. Pero de pie.
— Se caen así.
— No se caen así.
Eva miró el altavoz un rato.

— A veces se caen así.
Kika estaba tumbada a los pies del banco, moviendo el rabo cada vez que pasaba alguien por la acera.
— Y esta — dijo Axel — los saludó.
Eva le rascó las orejas a la perra.
— Es un husky, Axel. Un husky te vende la casa por una caricia. — Le levantó una oreja y la dejó caer —. Si querías un guardián, haberte traído a Fay.
A las dos de la tarde se metió la mano en el bolsillo para sacar el móvil y tocó un papel.
Era el trozo de bolsa de harina, doblado en cuatro, con los dos papeles de Hortensia dentro. Y debajo, fría, la llave de hierro.
Se los quedó mirando en la palma de la mano. Por el pliegue del papel del sello asomaba un treinta.

Le habían robado todo lo suyo. Lo de Hortensia seguía ahí.
Se le llenaron los ojos allí mismo, en mitad de la acera, con el papel de la harina abierto en la mano.
— Eh — dijo Eva.
— Es que…
— Ya.
— Es que eran todas.
Eva le quitó el altavoz de la otra mano y se lo metió debajo del brazo, sin intentar consolarlo con que solo eran cosas o que ya compraría otras.
— Y la de los gorros era la única que tenía de Rubén — dijo él, cuando pudo.
Eva no preguntó quién era Rubén.
Esperó todo lo que hizo falta.