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Lo que se llevan

Antes de aquello hubo dos semanas buenas. Tan buenas que cuando Axel las repasó después no encontró nada concreto que contar: sol, un río, una tarde entera arreglando una cremallera y una noche en que se rieron tanto que se les pasó la hora de cenar.

Durmieron en una campa a las afueras de un pueblo grande, al lado de un camino de tierra, detrás de unos setos.

Era buen sitio: llano, seco, con agua a doscientos metros. Lo único es que estaba cerca. Se veían las luces de las farolas por encima del seto y se oía algún coche.

— ¿Aquí? — dijo Axel.

Eva miró la cuneta. La hierba estaba tumbada por el camino, de pisadas.

— Aquí pasa gente.

— Es un camino, Eva. Los caminos son para pasar.

Ella se quedó un momento más mirando.

— Vale — dijo.

Cenaron, se metieron, y Axel sacó la mochila y la puso debajo de un seto, apoyada, con el chubasquero por encima. Llevaba setenta noches haciendo exactamente lo mismo. Ni lo pensó.

Se despertó porque Kika estaba haciendo un ruido.

No era un ladrido. Era ese «auu-wo-wo» de saludo, el que hacía cuando alguien se acercaba a la tienda por la mañana, el que hacía cuando Eva volvía de la fuente. Un ruido de contenta.

Axel abrió un ojo. Estaba oscuro. Miró el móvil: las cuatro y diez. Se quedó escuchando y no oyó nada, solo el viento en el seto, y Kika volvió a echarse con un resoplido de los suyos, de los de cuerpo entero.

Y Axel se durmió.

A las siete y media salió de la tienda descalzo, con los ojos medio cerrados, y fue directo al seto a por la mochila para sacar el café.

Y no estaba.

Lo primero que pensó no fue «me la han robado». Lo primero que pensó fue «la he dejado en otro sitio». Estuvo un minuto y medio dando vueltas por la campa, mirando detrás de los setos, mirando debajo de la tienda, mirando en sitios donde no cabía una mochila, con esa lógica idiota que te entra cuando algo no está donde tiene que estar.

Luego paró.

El chubasquero estaba en el suelo, tirado a un lado, hecho una bola. Y encima de la hierba pisada, donde había estado la mochila, había una cosa.

El altavoz.

Un cilindro de plástico negro, de veinte centímetros, de pie, con la gomita del cable enrollada alrededor.

De pie.

Axel se quedó mirándolo un buen rato.

— ¿Todo? — dijo Eva.

Estaba de rodillas en la puerta de la tienda, con el pelo en la cara.

— Todo.

— ¿La olla?

— Todo, Eva.

Se sentó en la hierba y fue haciendo la lista en voz alta, no porque sirviera de algo, sino porque el cuerpo le pedía contarlo. El saco. La olla. El hornillo con la bombona. La cafetera. La linterna. El chubasquero no, que estaba tirado. Las dos camisetas. El pantalón. El cargador. El botiquín. El tenedor con forma de cuchara. La navaja de su abuelo. El dinero que llevaba encima, que no era mucho pero era el de la semana.

Y ya. Se calló.

Eva esperó.

— Y las fotos — dijo él.

Ciento setenta y nueve fotos en un sobre de papel de la tienda de un chino, con una goma alrededor. Bruno con el pelo largo. Bruno con la lengua fuera. Bruno con dieciséis años en un banco. Su madre agachada en la zapatería metiéndole el pie a alguien dentro de un zapato. Su padre con una camiseta imposible. Él mismo, con nueve años, en una playa, señalando algo que no salía en la foto. Y la de los dos gorros iguales, que iba la última del taco.

Las había revelado en enero, en un sitio de esos que quedan dos por ciudad, y le habían costado cuarenta y un euros, y era el dinero mejor gastado de su vida.

Eran las únicas que había.

Eso fue lo que dijo, o lo que intentó decir, y le salió solo la última parte.

Se pasó la mano por el cuello, no por nada, por hacer algo con la mano, y notó el cordón debajo de la camiseta. Levantó la vista y Eva estaba haciendo exactamente lo mismo, con el puño cerrado sobre el suyo. Se miraron un segundo. Ninguno de los dos dijo nada.

Luego vino la parte que nadie cuenta de un robo, que es la aritmética. Un saco de plumas decente son ciento veinte euros. Un hornillo con su bombona, treinta. Una olla que sirva, veinte. Un botiquín, quince. Dos camisetas y un pantalón que aguanten, cuarenta. Una linterna, doce.

Axel lo fue sumando en el móvil sentado en la hierba y le salieron doscientos treinta y siete euros, y luego se acordó del cargador y de la cafetera y lo dejó en doscientos sesenta. Miró el saldo. Y luego miró a Eva, que llevaba año y medio viviendo con lo que le cabe en una mochila de colegio, y no dijo la cifra en voz alta.

Luego miró la tienda. Dentro, en el suelo, estaba la mochila de Eva, aplastada por un lado, con la marca de una cabeza encima.

Llevaba setenta noches durmiendo con la cabeza en su mochila. Y él llevaba setenta noches dejando la suya debajo de un seto.

Y en setenta noches ella no le había dicho nada.

Fueron al cuartelillo del pueblo a poner la denuncia, porque había que ponerla, aunque los dos sabían perfectamente para qué servía. El agente que les atendió fue amable y les dijo la verdad, que era: que en esa zona había habido tres en un mes, que solían ser gente de paso, que la mochila estaría ya vacía en una cuneta y que si aparecía le avisaban.

— ¿Llevaba usted documentación dentro?

— No, eso lo llevo encima.

— ¿Tarjetas?

— La tengo en el móvil.

— ¿Dinero?

— Poco.

El agente asintió, tecleando.

— Pues dentro de lo malo.

— Sí.

— ¿Objetos de valor?

Axel iba a contestar y se dio cuenta de que no sabía cómo se dice eso.

— No — dijo.

Salieron a la calle y se sentaron en un banco delante del cuartelillo. Hacía un sol estupendo, lo cual era una falta de respeto. Axel tenía puesto lo que llevaba puesto: unos pantalones, una camiseta, la sudadera atada a la cintura, las botas y el chubasquero recogido del suelo.

Y en la mano, el altavoz.

— Es lo único que ha dejado — dijo.

— Ajá.

— De pie, Eva. Lo dejó de pie.

Eva miró el altavoz.

— Los quitan y los tiran — dijo —. No valen nada de segunda mano y pesan. Vacían la mochila ahí mismo y se llevan lo que se vende.

— Ya. Pero de pie.

— Se caen así.

— No se caen así.

Eva levantó un hombro.

— A veces se caen así.

Se quedaron los dos en el banco, mirando el aparato como dos tontos. Kika estaba tumbada a los pies del banco, con la cabeza entre las patas, moviendo el rabo cada vez que pasaba alguien por la acera.

— Y esta — dijo Axel.

— Esta qué.

— Que esta los saludó.

Eva le rascó las orejas sin mirarlo.

— Es un husky, Axel. Un husky te vende la casa por una caricia. — Le levantó una oreja y la dejó caer —. Si querías un guardián, te tenías que haber traído a Fay.

Lo peor no vino ahí. Lo peor vino a las dos de la tarde, cuando ya llevaban horas gestionando cosas, y Axel se metió la mano en el bolsillo del pantalón para coger el móvil.

Y notó el papel.

Era el trozo de bolsa de harina, doblado en cuatro, con la dirección escrita con boli. Lo había llevado en el bolsillo desde el primer día. No en la mochila. En el bolsillo, porque le daba miedo perderlo.

Se lo quedó mirando en la palma de la mano.

Y entonces sí. Entonces se le vino encima todo de golpe, con la fuerza que tienen las cosas cuando se te caen encima tarde, y se le puso la cara roja y se le llenaron los ojos, ahí de pie en mitad de una acera, con un papel de una bolsa de harina en la mano.

— Eh — dijo Eva.

— Es que…

— Ya.

— Es que eran todas.

Eva no le dijo que no pasaba nada. No le dijo que solo eran cosas. No le dijo que ya se comprarían otras.

Se puso delante de él, le quitó el altavoz de la otra mano, se lo metió debajo del brazo, y esperó.

Esperó todo el rato que hizo falta.

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