Ligero
Un saco malo, dos hamacas de oferta y el abuelo de Eva
— ¿Y el chocolate? — dijo Gorgorito —. ¿También te lo han robado, pringao?
Estaba sentado en su pecho. Axel no dormía. Llevaba dos horas debajo del plástico de Eva, atado entre dos árboles, tapado con la manta de cuadros que ella le había echado encima sin preguntar, con los ojos abiertos en la oscuridad.
— También.
— Pues vaya mierda.
Se quedó ahí sentado, sin moverse, muy serio. Al rato le dio a Axel dos palmaditas en la barbilla con su mano de nada.
— Vaya mierda — repitió.
Y ya no estaba.
Axel pasó dos días insoportable, y lo peor era que se daba cuenta sin conseguir parar. Hasta se puso a discutir con un cajero que no leía el móvil y pretendía tragarse la pantalla entera.
— ¡Que es un móvil, no un bocadillo! — le dijo a la máquina.
Una señora que esperaba detrás le puso la mano en el brazo.
— Ese es así con todo el mundo, hijo. Con mi marido también.

Se enfadó con un saco de dormir de cuarenta euros que era una porquería y que compró igual porque no había otro. Y sobre todo con él mismo. Que si Eva le había dicho que por ahí pasaba gente. Eso se lo dijo unas doscientas veces.
Eva no se lo dijo ni una.
El segundo día, en una cuesta, le dijo «perdona» a Eva, que iba delante. Ella levantó una mano sin girarse.
Al tercer día llegaron a Vega del Fresno, una capital de comarca con dos calles y una tienda de deportes que olía a goma. Axel encontró al fondo una tienda de campaña igual que la suya, miró los ciento veinte euros de la etiqueta y la cogió.
Estaba ya camino de la caja con la tienda debajo del brazo cuando Eva se paró delante de un expositor de alambre con un cartel escrito a mano.
HAMACAS. 19,90. LIQUIDACIÓN.
— No — dijo Axel.
— Que no he dicho nada.
— Lo llevas escrito.
Eva descolgó una. Una bolsita del tamaño de un puño, con dos cintas y dos mosquetones.
— Cuatrocientos gramos.
— Eva, illa, que en una hamaca no se duerme.

— ¿Tú has dormido en una?
— No.
— Ah.
— Es que si llueve…
— Llueve media hora por la tarde y para.
— Es que si hace frío…
— Es junio.
— Es que en una hamaca no se pueden guardar las cosas.
Eva le miró como se mira a un crío que pregunta si queda mucho.
— Axel. ¿Qué cosas?
Axel no tuvo nada que contestar. Le quedaban lo puesto, un saco malo y un altavoz que no valía nada.
Dejó la tienda de campaña en su estante.

Salieron con dos hamacas, dos camisetas de oferta, un pantalón que picaba, un hornillo de rosca pequeña que daba pena y la sensación rarísima de haber hecho trampa.
La primera noche tardaron cuarenta minutos en colgar las hamacas entre dos castaños. Axel se metió en la suya con toda la confianza, se dio media vuelta y salió por el otro lado. En el segundo intento consiguió quedarse dentro, pero con un pie colgando y el cuello doblado como el de un pollo.
A cuatro metros, Eva llevaba diez minutos sin hacer ningún ruido.
— ¿Estás bien?
— Estoy perfectamente.
— No estás perfectamente.
— Estoy a un metro del suelo mirando las copas de los árboles con el culo en el aire. Estoy mucho mejor que perfectamente.
— Tú ya habías dormido colgada.

— En una red de pescar, un verano entero. Duérmete.
Media hora después descubrió que había que ponerse en diagonal y consiguió acomodarse con la manta de cuadros hasta la barbilla. La hamaca se mecía un poquito cada vez que respiraba y, entre las ramas, se veían las estrellas. Le daba cosa pensar que debajo de su culo solo había aire.
— Eva.
— Qué.
— ¿Qué red de pescar?
La tela de la hamaca crujió cuando Eva se volvió hacia él.
— Un campamento. En Marazul, en agosto. Había una red vieja colgada entre dos postes y la vi y supe que ahí se dormía. Con arena hasta en los dientes.
— ¿Qué campamento?
Eva tardó.
— De mi abuelo. El padre de mi padre. Era de un club de montaña de su pueblo. Un local con una estufa y doce señores de sesenta años que olían a leña. Y me llevaba. Desde los seis. Los sábados, y dos campamentos al año.
Axel dejó de acomodarse y se quedó escuchándola.
— Ahí aprendí el fuego. Los nudos. A montar un refugio con un plástico y una cuerda. A andar diez kilómetros sin abrir la boca. A cagar en un agujero.
— Eso no me lo enseñes.

— Eso se aprende solo. — Una pausa —. Y que si dejas las cerillas fuera del plástico eres tonto y nadie te lo dice dos veces.
— ¿Y por qué me dijiste que en ningún sitio?
— Porque no me daba la gana hablar de eso.
Axel no insistió y, un par de minutos después, ella siguió hablando por su cuenta.
— Yo ahí era buena, ¿eh? A los doce llevaba el fuego y la olla de doce señores y me pedían las cosas a mí. — La hamaca se movió —. Y mi madre no se hablaba con mi abuelo. Mi madre era de las de apellido, de piano y cubiertos de pescado. Mi abuelo era un señor con las botas sucias que me esperaba en el portal los sábados a las siete y media. No subió a mi casa ni una vez.
— ¿Y tu padre?
— Mi padre era como él. Por dentro. Le brillaban los ojos cuando yo volvía con barro hasta las rodillas. Y mi madre lo fue apagando como se apaga una estufa. A poquitos. Sin que se note. A mi padre lo mató en vida mucho antes que la autopista.
Silencio.
— Con trece años volví un lunes en vez de un domingo, porque llovió y mi abuelo dijo que no se bajaba. Falté un día al colegio. Un día. — Se rió sin ganas —. En el portal se lió una que la oyó la calle entera. Y en el ascensor, sin gritar, mi madre me dijo que aquella no era gente de mi nivel.
La hamaca de Axel dejó de moverse.
— Y el sábado siguiente tenía inglés. Y ya está. En mi casa las cosas se acaban así: un sábado ya no están.

— ¿Y dijiste algo?
— Nada. Ni «por favor», ni «me gusta». Me subí a mi cuarto. — Eva se acomodó en la hamaca y tardó un poco en seguir —. Mi abuelo cogía dos autobuses para verme a la salida del colegio. Media hora, en un banco, con un bocadillo. Cuatro años así.
— ¿Y cuando lo de tus padres?
— Tenía ochenta y dos años y un cuarto piso sin ascensor. Y los de mi madre llevaron un abogado. — La hamaca se quedó quieta —. Luego se murió.
Eva no siguió hablando de su abuelo. Axel estuvo un rato mirando las ramas antes de atreverse a contar lo suyo.
— Íbamos juntos a todos lados — dijo —. Desde los once. Rubén era el que decía «vamos» y yo el que miraba los horarios.
Eva no se movió.
— Lo de Noruega fue idea suya. Fuimos con diecinueve años y sin un duro, y dormimos dos noches en una estación. La última, a las dos de la mañana, nos sentamos en un banco del puerto a comernos un bollo, con los gorros puestos. Y me dijo que aquel era el mejor día de su vida. — Se rió por la nariz —. Con diecinueve años. En un banco. Con un bollo.
Se calló un rato.
— Se murió a los veintitrés. Nueve meses desde que se lo dijeron.
La hamaca de Eva no se movió.

— Y yo no me hundí, ¿eh? Seguí. Me saqué la carrera, curré, tuve novia, pagué el alquiler. — Buscó una estrella entre las ramas —. Lo que pasa es que ya nadie decía «vamos». Y yo miraba los horarios de nada.
— ¿Y se te ha olvidado? — dijo Eva al rato.
Axel se acordó de su cara y de aquella risa sin ruido que le movía los hombros. Le fueron viniendo un montón de cosas que no habían salido en ninguna foto.
— No.
— Pues ya está.
Se quedaron así, colgados, oyendo los castaños.
— Axel.
— Qué.
— Lo de la casa de Hortensia lo dijiste tú. «Pues vamos». Nadie te lo pidió.
— Yo no sé hacer nada.
— El fuego te lo enseño mañana. En tres días lo haces aunque el suelo esté mojado. Lo otro ya lo haces, bobo.
Y se dio la vuelta y se durmió.
Axel se sacó el collar de dentro de la camiseta y lo tuvo un rato entre los dedos, a oscuras. No se lo habían llevado porque lo llevaba puesto.
Se guardó el collar debajo de la camiseta, se acomodó en diagonal y acabó durmiéndose allí colgado, a un metro del suelo.