Ligero
Dos días insoportable y dos hamacas de oferta
Estuvo dos días insoportable. Él lo sabía y no podía parar.
Se enfadó con un cajero que no le dejaba sacar sin la tarjeta física. Se enfadó con una tienda de deportes que cerraba a mediodía. Se enfadó con un saco de dormir de cuarenta euros que era una porquería y que compró igual porque no había otro.
Las dos noches durmieron debajo del plástico de Eva, atado entre lo que hubiera, y las dos noches durmió bien, y eso le puso de peor humor todavía.
Sobre todo se enfadó consigo mismo, en bucle, con una eficacia tremenda. Que si la había dejado fuera. Que si Kika había hecho ruido a las cuatro y diez y él había mirado el móvil, había pensado «nada» y se había dado la vuelta. Que si Eva le había dicho que por ahí pasaba gente.
Eso último se lo dijo a sí mismo unas doscientas veces.
Eva no se lo dijo ni una.
El segundo día, en una cuesta, explotó por una tontería.
— ¿Puedes dejar de mirarme?
— No te estoy mirando.
— Llevas dos días mirándome como si se me hubiera muerto alguien.
Eva se paró.
— Vale.
Y siguió andando. Y a los cien metros Axel dijo «perdona» a la espalda de ella, y ella levantó una mano sin girarse, que quería decir «ya está».
Lo de la tienda de campaña fue al tercer día, en una capital de comarca con dos calles y un supermercado grande. Entraron en una tienda de deportes de esas que huelen a goma, con la música puesta y un chaval de veinte años detrás del mostrador, y Axel fue directo al fondo, al pasillo de las tiendas, y se plantó delante de una igual que la que le habían robado.
Ciento veinte euros.
La cogió, le dio la vuelta, leyó el peso en la etiqueta.
— Mil setecientos gramos — dijo.
— Ajá.
— La otra pesaba mil setecientos.
— Menuda casualidad.
Y estaba ya con la caja debajo del brazo, camino de la caja, cuando Eva se paró en mitad del pasillo. Se había parado delante de un expositor de alambre con un cartel escrito a mano.
HAMACAS. 19,90. LIQUIDACIÓN.
Eran cuatro, colgadas de sus ganchos, metidas en unas bolsitas del tamaño de un puño. Nailon de paracaídas, dos mosquetones, dos cintas de árbol.
— No — dijo Axel.
— Que no he dicho nada.
— Lo llevas escrito.
Eva descolgó una, la sopesó en la mano, y le puso al paquete una atención que Axel no le había visto ponerle a nada en un mes.
— Cuatrocientos gramos — dijo.
— Ya lo he oído.
— Cuatrocientos.
— Eva, que en una hamaca no se duerme.
— ¿Tú has dormido en una?
— No.
— Ah.
Y se quedó ahí, dándole vueltas al paquete.
— Es que si llueve…
— Llueve todas las tardes media hora y para.
— Es que si hace frío…
— Es junio.
— Es que en una hamaca no puedes… no sé. Guardar las cosas.
Eva levantó la vista y le miró con una paciencia infinita.
— Axel. ¿Qué cosas?
Ahí Axel se calló. Porque no tenía cosas. Porque llevaba tres días con lo puesto, un saco malo y un altavoz que no valía nada de segunda mano, y estaba a punto de gastarse ciento veinte euros en volver a tener exactamente el bulto de antes.
Se quedaron los dos en el pasillo, con la música de la tienda de fondo.
— ¿Dos? — dijo Eva.
— Dos.
Salieron con cuarenta euros gastados, cuatrocientos gramos cada uno y una sensación rarísima de haber hecho una trampa.
La primera noche fue un desastre. Encontraron dos castaños a la distancia justa y tardaron cuarenta minutos en montarlas, porque las cintas se pasan por el tronco de una manera que no es la que parece. Axel se metió en la suya, se dio media vuelta y se salió por el lado. Se metió otra vez y se le quedó un pie fuera. Se le dobló el cuello. Se le pasó por la cabeza que aquello era el error más caro de su vida por cuarenta euros.
Al otro lado del claro, a cuatro metros, Eva llevaba diez minutos sin hacer ningún ruido.
— ¿Estás bien?
— Estoy perfectamente.
— No estás perfectamente.
— Estoy a un metro del suelo, mirando las copas de los árboles, con el culo en el aire. — Una pausa —. Estoy mucho mejor que perfectamente.
— Tú ya habías dormido colgada de algo.
— En una red de pescar, un verano entero. — La hamaca se movió un poco —. Duérmete.
A la media hora Axel encontró la postura, que resulta que es en diagonal, y se quedó mirando hacia arriba. Se veían las estrellas entre las copas, hacía fresco pero no frío, la hamaca se movía un poco cada vez que respiraba.
No había nada debajo de él. Ni una lona, ni una plancha de espuma, ni un suelo. Solo aire y, más abajo, la tierra, y él colgado de dos árboles como una fruta.
Fue lo mejor que había dormido en un mes.
— Eva.
— Qué.
— La red de pescar.
Se oyó el nailon moverse mientras se acomodaba.
— Un campamento. En la playa, en agosto. Había una red vieja colgada entre dos postes al lado de una traíña, y en cuanto la vi supe que ahí se dormía. Con arena hasta en los dientes.
— ¿Qué campamento?
Y ahí Eva tardó lo suyo.
— De mi abuelo — dijo.
— ¿Tu abuelo te llevaba a campamentos?
— Mi abuelo era del club de montaña del barrio. — Se acomodó otra vez —. Un local con una estufa, un mapa clavado en la pared y doce señores de sesenta años. Y me llevaba. Desde los seis. Los sábados, y dos campamentos al año.
Axel se quedó muy quieto, que en una hamaca es lo único que se puede hacer.
— Ahí aprendí el fuego — siguió ella, con el tono con el que se dan los datos del tiempo —. Y los nudos. Y a leer el cielo. Y a montar un refugio con un plástico y una cuerda. Y a andar diez kilómetros sin abrir la boca. Y a cagar en un agujero. Y a que si dejas la caja de cerillas fuera del plástico eres tonto y punto, y nadie te lo dice dos veces.
— ¿Y por qué me dijiste que en ningún sitio?
— Porque no me da la gana hablar de eso.
Lo dijo sin ninguna dureza. Como se dice que no te gustan las aceitunas.
Axel no preguntó más. Y a los dos minutos ella siguió sola, que es como sigue siempre.
— Yo ahí era buena. — Una pausa —. No buena de que me lo dijeran. Buena de verdad. A los doce llevaba yo el fuego y la olla de doce adultos, y esos señores me pedían las cosas a mí. Y era el único sitio del mundo donde nadie me estaba mirando la postura de las manos.
— ¿Y tu madre qué decía?
— Mi madre no le hablaba a su padre.
— ¿Cómo?
— Que no se hablaban. Años. — La hamaca se movió —. Mi madre salió de un barrio y de una casa con una estufa de butano, y se casó con un hombre que tenía restaurantes. Y a partir de ahí su padre fue una cosa que le pasaba. Un señor con las botas sucias que aparecía los sábados a las siete y media de la mañana. No entró en mi casa ni una vez, ¿eh? Ni una. Me esperaba en el portal.
— Y me dejaba ir. Eso es lo raro, y he tardado años en entenderlo. — Se quedó pensando —. Creo que era esto: que le venía muy bien perderme de vista un sábado, y que decirle que no era tener que hablar con él.
— ¿Y tu padre?
— Mi padre no se metía. Aquello no era su familia. — Un ruido de nailon —. Yo creo que a mi abuelo le tenía pena. Pero pena de lejos, que es la que no sirve para nada.
— Y luego pasó lo del lunes.
— ¿Qué lunes?
— Yo tenía trece años. — Ahora hablaba más despacio —. Un campamento de Semana Santa, cuatro días, en un refugio de arriba. Y el último día se puso a llover de esa manera que ya no es llover, la pista de bajada se hizo un barrizal y mi abuelo dijo que no bajábamos. Y no bajamos. Dormimos los doce allí una noche más, con una estufa de leña y una olla de macarrones. Hasta ese momento fue la mejor noche de mi vida, y no tengo ni una foto.
— Y me trajo a casa el lunes a mediodía en vez del domingo por la tarde. — Un ruido de hombros —. Y falté un día al colegio.
— Un día — repitió, porque Axel no había dicho nada —. Un lunes. Con trece años. En un colegio en el que yo iba bien.
— Y aquello reventó. Yo estaba en el portal con la mochila en la mano y las botas hasta arriba de barro, y se lió una que la oyó la calle entera. Y no era por el colegio, ¿eh? Eso lo sé ahora. El lunes fue la excusa que llevaba esperando desde que yo tenía seis años.
— Y luego, en el ascensor, sin gritar ni nada, me dijo que aquella no era gente de mi nivel.
La hamaca de Axel dejó de moverse.
— De mi nivel — repitió Eva —. Hablando de su padre.
— El sábado siguiente tenía inglés por la mañana. Y un recital de piano una vez al mes. Y ya está. Conmigo no hubo bronca, no hubo nada. Se acabó como se acaban las cosas en mi casa, que es que un sábado ya no está.
Axel buscó algo que decir y no encontró nada que no fuera una tontería.
— Y lo peor no es eso — dijo Eva —. Lo peor es que yo tenía trece años y no dije nada. Ni una vez. Ni «por favor», ni «me gusta», ni «es lo único que tengo». Nada. Me subí a mi cuarto y al sábado siguiente estaba conjugando verbos irregulares.
— ¿Y tu abuelo?
— Vivió cuatro años más y no volvimos a subir a ningún sitio. — Lo dijo del tirón, como se dicen las cosas que uno ha dicho muchas veces por dentro —. Nos veíamos en la calle. Literalmente en la calle: cogía dos autobuses, me esperaba en un banco al lado de mi colegio y nos tomábamos un bocadillo. Media hora. Y ninguno de los dos sacaba el tema, y yo creía que era por educación. Se murió cuando yo tenía diecisiete.
De eso no dijo más, y Axel entendió que por ahí no se entraba.
— Siete años siendo muy buena en una cosa que no contaba — dijo al rato —. Y diez siendo del montón en las que sí. — Un ruido de hombros que en una hamaca no se oye pero se nota —. Y con eso se te quita la tontería de decir en voz alta que algo te gusta. Delante de los tuyos, digo. A un desconocido le pido un tomate y me quedo tan ancha. A mi madre no le supe decir «esto es lo único».
Axel miró las copas de los árboles.
— ¿Y por qué me lo cuentas ahora?
— Porque me lo has preguntado por una red de pescar. — La hamaca se movió —. Si me lo preguntas de frente no te lo cuento.
— Pero has vuelto.
— Yo no he vuelto a ningún sitio. — Se giró —. Yo lo único que he hecho es irme.
— Ya. Pero llevas un plástico y cinco metros de cuerda.
Y Eva no contestó a eso. Pero se rió, muy bajito, en la oscuridad, y fue la primera vez que Axel la oía reírse de una cosa suya.
— Se llamaba Rubén — dijo, boca arriba.
Eva no se movió.
— El de la foto de los gorros.
— ¿Ya?
— Ya.
Axel se quedó callado un momento.
— ¿Cómo que ya?
— Que ya lo sabía. — Eva seguía mirando arriba —. Bueno, no lo sabía. Pero lo sabía.
Axel se rió por la nariz y se estuvo un rato callado.
— Íbamos juntos a todos lados — dijo —. Todos. Desde los once. Él era el que decía «vamos» y yo era el que miraba los horarios.
— Un buen reparto.
— Buenísimo. — Sonrió —. Lo de Noruega fue idea suya. Yo conocí a una chica en el hotel y le conté que era de Utrecht, y él me dijo «pues vamos a Noruega». Que no tiene nada que ver, ¿eh? Ni le importaba. Él lo que quería era irse. Y fuimos, con diecinueve años y sin un duro, y dormimos dos noches en una estación.
— ¿Y la chica?
— La chica no quería nada. — Se rió —. Pero sus padres nos invitaron a comer salmón y luego nos fuimos a andar por Oslo doce horas seguidas, y a las dos de la mañana nos sentamos en un banco del puerto a comernos un bollo y él me dijo que aquello había sido el mejor día de su vida. Con diecinueve años. Sentado en un banco con un bollo.
Se calló.
— Se murió a los veintitrés. Cáncer. Nueve meses desde que se lo dijeron.
Eva se quedó como estaba.
— Y ya está. — Axel intentó encogerse de hombros dentro de la hamaca, que es un sitio donde ese gesto no funciona —. Yo no me hundí ni nada, ¿eh? No fue así. Yo seguí. Me saqué la carrera, curré, tuve novia, pagué el alquiler. — Buscó una estrella y se quedó ahí —. Lo que pasa es que ya nadie decía «vamos». Y yo miraba los horarios de nada.
Estuvieron un rato largo sin hablar.
— Yo llevaba esa foto por eso — dijo al final —. Por si se me olvidaba.
— ¿El qué se te iba a olvidar?
— No sé. Él.
Eva se giró de lado, y la hamaca se movió entera.
— ¿Y se te ha olvidado?
Axel se quedó pensando de verdad, no por quedar bien. Se acordaba de la cara. Se acordaba de la voz, o de algo parecido a la voz. Se acordaba de cómo se reía sin ruido, todo hombros. Se acordaba de un montón de cosas que no estaban en ninguna foto.
— No — dijo.
— Pues ya está.
Y se quedaron un rato con eso.
— Axel.
— Qué.
— Lo de la casa de Hortensia lo dijiste tú, ¿eh? — Un silencio —. «Pues vamos.» Nadie te lo pidió. Lo dijiste tú.
Axel abrió los ojos en la oscuridad.
— Yo no sé hacer nada — dijo.
— Eso se aprende en una tarde. Yo te enseño el fuego mañana, si quieres, y en tres días lo haces con la hierba mojada. — La hamaca se movió —. Lo otro no. Lo otro a mí me lo quitaron con trece años y llevo diez buscándolo debajo de las piedras. Y tú lo tienes y ni lo sabes.
Y se dio la vuelta y se durmió, así, sin más, dejándole aquello ahí.
Axel se quedó despierto un rato. Se pasó la mano por el cuello y se sacó el collar de dentro de la camiseta: una rodajita de rama, lijada por él con quince años en el taller de su padre, colgada de un cordón que había cambiado tres veces. No se lo habían llevado porque lo llevaba puesto.
Se lo quedó entre los dedos un momento. Luego se lo volvió a meter debajo de la camiseta, se colocó bien en diagonal y se durmió a un metro del suelo, sin nada debajo, más ligero de lo que había estado nunca.