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Dos cordones

El problema empezó a los cuatro días, cuando se quedaron sin un billete encima.

No del todo. Axel tenía la cuenta y la tarjeta en el móvil, y en la cuenta quedaba lo suyo. Lo que no tenía era cajero: llevaban tres pueblos sin banco y el siguiente estaba a dos días. Y lo que se puede comprar en una tienda de pueblo cuando no tienes efectivo y la señora no tiene datáfono es exactamente nada.

Y encima se acabó el gas.

Se acabó de la manera en que se acaba el gas, que es a mitad de una cosa: con el agua a medio hervir, con un pfff que se apaga y un olor raro, y con Axel dándole vueltas al regulador con esa fe absurda del que cree que a lo mejor queda un poco escondido en una esquina. El hornillo que habían comprado después del robo era una porquería de una ferretería, de las de rosca pequeña, y la bombona pequeña dura ocho días.

Habían pasado ocho días.

— ¿Y ahora? — dijo Axel.

— Ahora fuego.

— Con esta hierba no prende ni con gasolina.

Eva miró alrededor, miró el cielo, miró la hierba, y llegó a la misma conclusión que él.

— Yo mañana canto — dijo.

— Aquí no hay nadie a quien cantarle.

— Ya. Mañana.

El coche llegó el segundo día, que ya eran tres horas de carretera.

Se enteró de lo del dinero en cuatro minutos, porque Eva lo dijo sin darle importancia y porque él preguntaba poco pero se enteraba de todo lo que le interesaba.

— Anda ya.

— Que sí.

— ¿Cuánto necesitáis?

Sacó la cartera allí mismo, de pie en mitad de una era, y era una cartera de las que no se cierran del todo.

— No — dijo Axel.

— Que no es nada, tío.

— Ya sé que no es nada. Que no.

— ¿Por?

Y ahí Axel no supo contestar, y lo que le salió fue una tontería.

— Porque entonces no lo estamos haciendo.

El del coche se guardó la cartera con esa cara que se le pone a la gente cuando decide, por dentro, que el otro es tonto y que da igual. Se quedó a comer. Comió.

Antes de irse dijo, ya con la puerta abierta:

— Se la he puesto a un amigo mío.

Eva levantó la cabeza.

— ¿El qué?

— La del río. — Se metió en el coche —. Dice que quién es.

Y arrancó.

Eva se quedó un rato largo mirando el sitio donde había estado el coche, y luego se puso a recoger el plástico y no dijo nada en toda la tarde.

Cenaron pan del día anterior con un tomate.

A la mañana siguiente pasaron por una casa con un huerto enorme. Era la última del pueblo, con una valla de tela metálica y, detrás, cuatro filas de tomateras cargadas hasta abajo y unas calabazas del tamaño de un perro. Un hombre estaba dentro, dándole a una azada.

Axel se paró en la valla y no hizo nada más.

— ¿Qué haces? — dijo Eva.

— Nada.

— Pídele.

— ¿Qué?

— Que le pidas.

Axel la miró como si le hubiera propuesto entrar a robar.

— ¿Cómo le voy a pedir?

— Con la boca.

— Es que… — Se pasó la mano por la nuca —. Es que no. Es que eso no se hace.

Ahí Eva vio una cosa, y la dijo:

— Tú nunca has pedido nada.

— Claro que he pedido.

— ¿El qué?

Axel se puso a buscar. Pensó en préstamos, en favores, en cosas que le hubiera pedido a alguien alguna vez. Y lo que le vino fueron todas las veces que él había dado: invitaciones a rondas, dinero prestado que no reclamó, coches que llevó, mudanzas en las que se presentó sin que nadie le llamara.

De la otra columna no le venía nada.

— No sé — dijo.

— Claro.

Eva dejó la mochila en el suelo, se acercó a la valla y le habló al hombre. Y no hizo nada especial, y eso fue lo que le desmontó a Axel: no puso cara de pena, no contó ninguna historia, no dijo que les habían robado.

Dijo:

— Buenos días. Oiga, ¿le sobran tomates?

El hombre se enderezó, se apoyó en la azada y la miró.

— Me sobran cien kilos.

— ¿Nos da dos?

— ¿Dos kilos?

— Dos tomates.

El hombre se rió, dejó la azada, cogió cuatro tomates de una mata y se acercó a la valla.

— Llevaos cuatro, mujer.

— Muchas gracias.

— Y coged un par de pimientos, que si no se me pudren. Y si os gusta el calabacín decídmelo, porque tengo una mata que me está dando un disgusto.

Y así fue. Duró cuarenta segundos.

Cuando volvió con los tomates en el pico de la camiseta, Axel seguía en el mismo sitio.

— Toma.

— Ya, pero es que…

— Axel. — Se los puso en la mano —. Le sobraban. Y le ha gustado darlos.

Eso último lo dijo mientras se colgaba la mochila, sin darle importancia, y siguió andando. Y Axel se quedó tres pasos por detrás dándole vueltas a esa frase, que era exactamente lo que él sentía cuando invitaba a una ronda y que no se le había ocurrido nunca que funcionara también del otro lado.

La bombona fue otra cosa. Los tomates los pedía cualquiera. Una bombona de gas vale ocho euros y no crece en una mata, y eso Axel lo sabía perfectamente cuando entró en la única tienda del pueblo siguiente con el cacharro vacío en la mano.

Estuvo dos minutos mirando estanterías que no le interesaban. La señora del mostrador tenía ochenta años y estaba haciendo un crucigrama.

— ¿Le pongo algo?

— Eh… ¿usted tiene bombonas de estas? — La levantó.

— Tengo dos.

— Vale.

— Ocho euros.

— Ya. — Se pasó la mano por la nuca —. Es que… mire, le voy a contar una cosa muy tonta.

Se la contó. Y le salió mal, con muchas explicaciones y un tono de disculpa que puso a la señora incomodísima. La señora lo escuchó entero sin levantar la vista del crucigrama.

Y cuando terminó, dijo:

— Coge una.

— No, no, si yo lo que quería era saber si usted…

— Que cojas una, hijo, que me estás tapando la luz.

Axel cogió una.

— Y si te sobran ocho euros a la vuelta, los metes en el cepillo de la iglesia y ya está — dijo ella —. O no. Que a mí el cura tampoco me cae bien.

Y volvió al crucigrama.

Axel salió a la calle con una bombona de gas en la mano y una cosa apretada en la garganta que le duró cien metros.

Estuvieron once días sin dinero encima y no pasaron hambre ni un día. Eva cantó en un mercado y sacó lo suyo. En una era les dejaron dormir bajo techo por ayudar a mover unas pacas. Una señora les dio media docena de huevos porque sí. Un chaval en una gasolinera les llenó las botellas y les dio dos cafés que se cobró a sí mismo.

Por si suena bonito: el día que llegaron a un cajero, Axel sacó doscientos euros y se los gastó en cuatro días. Bombona, comida, una manta, dos pares de calcetines de lana y una noche en una pensión con ducha, porque llevaban once días sin ducharse y hay cosas que no se arreglan pidiéndolas.

Once días sin dinero se aguantan. Once semanas no. Y eso lo sabían los dos y no lo hablaron, porque hablarlo era hablar de cuánto quedaba en una cuenta.

Y Axel aprendió a pedir. Le costó lo de la señora del crucigrama y le costó dos veces más, y a la cuarta lo pilló. Se pilla enseguida: es como el mapa de las cunetas, alguien te lo enseña y ya lo ves.

Lo que no se le pasó nunca fue el momentito de antes. Ese siguió doliendo igual las once veces, y luego ya no le importó que doliera, que es otra cosa distinta de que deje de doler.

La noche del río fue la buena.

Habían parado en un remanso, con el agua muy fría y muy limpia, y se metieron a lavarse porque llevaban demasiado. Eva salió antes y se sentó en una piedra a secarse el pelo con la manta. Y Axel, saliendo del agua, vio que ella se estaba mirando algo que llevaba al cuello.

Era la primera vez que lo veía. La mano cerrada encima se la había visto un montón de veces, en la carretera, en el cuartelillo, la noche del robo. Lo que había debajo, nunca. Un cordón fino, gastadísimo, con una cosa pequeña colgando. Una lasca de piedra gris, plana, con un agujero natural en el medio.

— ¿Y eso?

Eva cerró la mano encima.

— Nada.

— No, en serio.

Se lo pensó.

— Una piedra con un agujero — dijo, y la levantó un poco para que se viera —. La encontré en un río cuando tenía nueve años. Y me dijeron que las piedras con agujero traen suerte.

— ¿Quién te lo dijo?

— Un crío de los campamentos. — Cerró la mano otra vez —. Y me la quedé. Y me la llevé a todos los sitios a los que fui desde entonces, y a los diecisiete la perdí y estuve una semana buscándola por mi cuarto, y estaba en el bolsillo de un abrigo.

La volvió a soltar y le cayó sobre la camiseta.

— Es lo único que tengo de antes.

Axel se sentó en la piedra de al lado, chorreando, y se sacó el suyo de debajo de la camiseta.

— Mira.

Eva se acercó. Era una rodaja de rama de unos tres centímetros, lijada por las dos caras, con los anillos de la madera perfectamente marcados y el borde redondeado.

— ¿Esto qué es?

— Una rama.

— Ya veo que es una rama.

— La corté yo. — Le dio la vuelta con el pulgar —. Tenía quince años y estaba en el taller de mi padre tocando las narices, y él me dijo que si quería hacer algo que hiciera algo. Y corté una rodaja y me pasé toda la tarde lijándola.

— ¿Y por qué esa?

— Porque cuenta los años.

Eva la cogió entre dos dedos, sin quitársela, y la miró de cerca.

— Ocho — dijo.

— Nueve. Hay una muy pegada al borde.

Se quedó mirándola un rato más. Luego la soltó y se echó para atrás en la piedra.

Ninguno de los dos dijo nada de cambiárselos. Se quedaron ahí sentados, con el pelo mojado, cada uno con lo suyo colgando, mirando el río hasta que se hizo de noche.

Y aquella noche el fuego lo hizo él. Le costó tres intentos y se le apagó una vez, y cuando por fin prendió no dijo absolutamente nada, pero estuvo removiendo la olla con una dignidad que no le cabía en la cara.

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