Dos cordones
Aprender a pedir a los veintiséis años
A los cuatro días se quedaron sin un billete encima y, aunque Axel tenía la cuenta y la tarjeta en el móvil, no había manera de encontrar un cajero que lo leyera. Habían cruzado tres pueblos sin banco, Umbría, La Hondonada y Sietecastaños, y el del cuarto les hizo el mismo caso que el de Vega del Fresno. En las tiendas tampoco tenían datáfono. Para rematar la faena, se acabó el gas.
Estaban calentando agua en una lata de conserva que habían lavado y guardado. El hornillo nuevo soltó un pfff, olió raro y se apagó. Axel sacudió la bombonita y probó otra vez. Nada. Había durado bastante menos de lo que esperaba.
— ¿Y ahora? — dijo Axel.
— Ahora fuego.
— Con esta hierba no prende ni con gasolina.
Eva miró la hierba, miró el cielo y llegó a la misma conclusión.
— Pues mañana canto.
— Aquí no hay nadie a quien cantarle.
— Mañana.
El del coche apareció el segundo día, después de tres horas de carretera. Axel le había mandado el nombre del pueblo la noche anterior, porque se lo había preguntado y porque él seguía sin aprender a hacerse el sueco.
Eva le contó lo del dinero sin darle importancia.
— Anda ya. ¿Cuánto necesitáis?
Sacó la cartera allí mismo, en mitad de una era. Una cartera de las que no se cierran del todo.
— No — dijo Axel.

— Que no es nada, tío.
— Ya sé que no es nada, tronco. Que no.
— ¿Por?
Axel buscó una respuesta que tuviera sentido, pero solo le salió esta tontería:
— Porque entonces no lo estamos haciendo.
El del coche se guardó la cartera, sin disimular que aquello le parecía una gilipollez.
— Vale, tío. Pues pasad hambre con dignidad, que eso luego se cuenta muy bien.
Se quedó a comer. Al alargar la mano a por otro trozo de pan vio que solo quedaba uno. Lo partió en tres y siguió hablando.
Ya con la puerta del coche abierta, dijo:
— Se la he puesto a un amigo mío.
Eva levantó la cabeza.

— ¿El qué?
— La de la fuente. — Se metió en el coche —. Dice que quién es.
Y arrancó.
Eva se quedó mirando el sitio donde había estado el coche. Luego se puso a recoger el plástico y no abrió la boca en toda la tarde.
A la mañana siguiente se pararon ante la última casa del pueblo. Detrás de la valla había cuatro filas de tomateras cargadísimas y un hombre dándole a la azada, tan tranquilo. Axel se quedó mirando los tomates y se le llenó la boca de saliva, pero de allí no pasó.
— ¿Qué haces? — dijo Eva.
— Nada.
— Pídele.
— ¿Qué?
— Que le pidas.
Axel la miró como si le hubiera dicho que saltara la valla y robara.

— ¿Cómo le voy a pedir?
— Con la boca.
— Es que eso no se hace.
— Tú no has pedido nada en tu vida.
— Claro que he pedido.
— ¿El qué?
Por mucho que buscó, solo se acordaba de las veces que había dado él: rondas, dinero prestado que nunca reclamó y mudanzas a las que se presentó sin que nadie lo llamara. De las veces que había pedido algo no le salía ni una.
— No sé.
— Claro.
Eva se acercó a la valla.
— Buenos días. Oiga, ¿le sobran tomates?

— Me sobran cien kilos.
— ¿Nos da dos?
— ¿Dos kilos?
— Dos tomates.
El hombre se echó a reír y cogió cuatro de una mata.
— Llevaos cuatro, mujer. Y un par de pimientos, que se me pudren. Y si os gusta el calabacín, decídmelo, que tengo una mata que me está dando un disgusto.
En cuarenta segundos, Eva estaba de vuelta con los tomates recogidos en el pico de la camiseta. Axel seguía plantado en el mismo sitio.
— Toma.
— Ya, pero…
— Axel. Le sobraban.
Siguió andando. Axel se quedó tres pasos por detrás con aquella frase.
Lo de la bombona decidió arreglarlo él solito. Entró en la tienda del pueblo siguiente con la vacía en la mano y se acercó al mostrador, donde una señora de ochenta años hacía un crucigrama.
— Es que… — Se pasó la mano por la nuca —. Le voy a contar una cosa muy tonta.
Se lo explicó fatal, disculpándose antes de cada frase y dando tantas vueltas que la señora volvió al crucigrama mientras él seguía hablando.

— Coge una.
— No, si yo lo que quería era saber si usted…
— Que cojas una, hijo, que me estás tapando la luz.
Axel cogió una.
— Y si a la vuelta te sobran ocho euros, los echas en el cepillo de la iglesia — dijo ella —. O no, que a mí el cura tampoco me cae bien.
Y siguió con su crucigrama.
Eva cantó el sábado, en el mercado de San Antón del Río, entre un puesto de mantas y uno de quesos.
La gente se quedaba a escucharla, aplaudía y se marchaba sin dejar nada, porque tampoco había dónde. Ni una gorra, ni un platito, y la olla se la habían llevado los manguis. Desde el puesto de las mantas, Axel contó catorce personas que se habían ido con la mano a medio meter en el bolsillo. Después se miró las botas.
Se quitó la izquierda, que era la que menos olía. Eso creía él.
Y fue puesto por puesto, cojeando, con un pie en calcetín, con la bota boca arriba en la mano y rojo hasta las orejas. La del queso le echó dos euros y le pidió por Dios que se la volviera a poner, que le espantaba la clientela. Un crío le echó un caramelo. Un señor le preguntó si la bota también se vendía.

Eva lo vio venir a mitad de estribillo y casi se le va la nota.
Volvió con once euros con veinte, un caramelo y el calcetín negro.
— ¿De quién ha sido la idea? — dijo Eva.
— Del pie. Que me huele a mercado.
— A ti siempre te huele el pie a algo.
Axel volcó la bota encima de la manta y contó las monedas dos veces.
Había sido capaz de pedir delante de un pueblo entero, con un pie en calcetín y aquella pinta de imbécil, y había salido vivo. Al final tardaron once días en encontrar un cajero que les sirviera y no se quedaron sin comer ni uno.
Cuando por fin llegaron a un cajero de los que leen el móvil, Axel sacó doscientos euros y se le fueron en cuatro días: una bombona, una olla, calcetines de lana y una noche en una pensión donde pudieron ducharse sin estar contando los chorritos.
Axel miró lo que quedaba en la cuenta, bloqueó el móvil y no dijo la cifra, que once días se aguantan con una bota en la mano y un invierno no. Los domingos por la noche, en cuanto Eva se dormía, le escribía a Irene las tres líneas de siempre: come, duerme, se ríe. Ella contestaba al momento, como si llevara todo el domingo con el teléfono en la mano.
Una tarde encontraron un remanso de agua helada y limpísima y se metieron a lavarse. Eva salió primero y se sentó en una piedra a secarse el pelo con la manta. Al salir del agua, Axel la vio mirándose algo que llevaba al cuello.
La había visto cerrarle la mano encima muchas veces, con los guardias y la mañana del robo, pero nunca había llegado a ver qué escondía: una piedrecita gris, plana y agujereada, colgando de un cordón finísimo que estaba para el arrastre.

— ¿Y eso?
Eva cerró la mano encima.
— Nada.
— No, en serio.
— Una piedra con un agujero. La encontré en un río con nueve años. En un campamento. Un crío me dijo que las piedras con agujero traen suerte. — La soltó y le cayó sobre la camiseta —. Es lo único que tengo de antes.
Axel se sentó en la piedra de al lado, chorreando, y se sacó el suyo.
— Mira.
Una rodaja de rama de tres centímetros, lijada por las dos caras, con los anillos de la madera marcados.
— ¿Esto qué es?
— Una rama.
— Ya veo que es una rama.

— La corté yo. Con quince años, en el taller de mi padre. Me dio la rama y un papel de lija y se fue a lo suyo. Me pasé la tarde entera lijándola.
— ¿Y por qué una rama?
— Porque cuenta los años.
Eva se inclinó a mirarla de cerca, sin tocarla.
— Ocho.
— Nueve. Hay una muy pegada al borde.
Ninguno de los dos habló de cambiárselos. Se quedaron allí sentados con el pelo mojado, cada uno con lo suyo colgando, hasta que se hizo de noche.
Aquella noche Axel se empeñó en hacer el fuego. Necesitó tres intentos y tuvo el detalle de no dar un discurso cuando prendió, aunque después se pasó un buen rato removiendo la olla con una cara de satisfacción que lo decía todo.