La otra conversación
Siete minutos apoyado en un lavadero y una mentira de tres palabras
Mayo se les fue entero andando por comarcales de esas que tienen hierba por el medio, de pueblo con bar a pueblo con fuente, durmiendo donde los dejaban y alguna vez donde no. Hubo días en que la gran noticia de la jornada fue que se les secó la ropa, y oye, se celebró.
Axel pasó todo aquel mes con el número de Irene guardado en el móvil. Hortensia se lo había mandado al día siguiente de la conversación sobre la flauta, y él lo abría algunas noches, con Eva roncando al lado, para volver a cerrarlo sin llamar.
El coche apareció un martes de junio por la mañana, en la plaza de Truchas, y aparcó junto a la fuente.
El del coche explicó tres veces que se había hecho dos horas de carretera para llegar hasta allí, por si alguno no había apreciado el esfuerzo.
Eva estaba sentada en el bordillo de la fuente cantando para una señora con un carro de la compra, que se había parado sin querer y ya no se iba. El del coche se quedó a unos pasos hasta que terminó y entonces sacó el móvil.
— ¿Me dejas grabarte una?
— Si te callas, sí.
Se acuclilló delante con el móvil a la altura del pecho. Eva cantó otra y él no abrió la boca. Cuando terminó, se quedó mirando la pantalla como si le hubiera tocado algo.

— Esto lo oye quien yo te diga.
— Que no, pesado.
— Que sí. Tú tranquila.
Comió con ellos. Al llegar la cuenta se fue al baño, y volvió con las manos todavía mojadas.
— Tíos. Que hay un torero encima del retrete. Con el traje de luces y la mirada fija, así. Que no se puede mear con un torero mirando. Que eso lo tenéis que ver.
Pagó Axel. A las cuatro, el del coche se puso al volante y desapareció por la carretera con el codo fuera.
— ¿Tú sabes cómo se llama? — dijo Axel.
Eva se lo pensó.

— No.
— Yo tampoco.
— Pues vaya dos.
Aquella tarde, en cuanto Eva entró a comprar pan y leche, Axel se apoyó en la pared de un lavadero y marcó el número. Calculó que tenía unos siete minutos. A la cuarta señal estaba deseando que no lo cogiera nadie, pero entonces contestaron.
— ¿Sí?
Le respondió una voz de mujer que sonaba normal, un poco cansada.
— Hola. ¿Irene?
— Sí.
— Me llamo Axel. Yo… voy con tu hermana.
Silencio. Un silencio larguísimo.
— Perdona — dijo ella, y se oyó una puerta cerrándose —. Hortensia me dijo que a lo mejor.

— Sí.
— ¿Está bien?
— Está bien.
— ¿Bien bien?
— Bien bien. Come, duerme, se ríe.
Irene se echó a llorar y Axel se quedó escuchándola, apoyado en aquel lavadero vacío, sin saber qué hacer con la mano que le sobraba.
Irene tenía treinta años, era abogada y seguía viviendo en el piso donde se habían criado las dos. Eso se lo contó sin que él preguntara.
— Que ya sé lo que parece. Pero si lo vendo, ¿dónde le dejo la llave? Tengo su cuarto igual. No he tocado nada. Y todos los años llamo a los del seguro y les digo que en esa casa viven dos personas, aunque esté yo sola. Porque me da no sé qué decir una. — Se rió sin ganas —. Eso es de estar mal de la cabeza, ¿verdad?
— Yo llevo meses andando hacia un pueblo que vi escrito en una bolsa de harina.
Ella se rió. Esta vez con gracia.
— La busqué muchísimo. Al principio como una loca. Me aprendí la ropa que se llevó. Iba por la calle mirando a la gente. Meses buscando a una chavala con una camiseta gris. — Se sonó la nariz —. Y luego me dijeron que era mayor de edad, que si no quería aparecer no iba a aparecer. Y lo dejé. Y ha sido el peor año de mi vida.

Y de golpe:
— ¿Tú qué eres? ¿Su novio?
— No. Un amigo.
— Ya. Perdona. Es que no sé nada.
— Es que ella siempre ha sido muy suya. De pequeña se metía en su cuarto y no salía. Yo le decía que la cena estaba en la mesa, no contestaba, y a la hora bajaba y comía sola, de pie, en la cocina. — Al otro lado sonó un vaso contra la mesa —. Yo tenía veintidós años cuando lo de mis padres. Y unos planes que ya ni me acuerdo de cuáles eran. Y de repente tenía que firmar papeles y saber cuándo se paga el gas, y una hermana de quince que no me hablaba. — Tardó un momento en seguir —. Yo de hermana no sé, Axel. Yo sé de papeles.
Axel miró hacia la tienda.
— ¿Tú crees que querría hablar conmigo?
— No lo sé.
— Ya. Es que yo lo único que quiero es que esté bien. Que venga a casa una temporada, que descanse, que coma caliente. Y ya organizamos.
Axel se fijó en aquel «ya organizamos», pero decidió dejarlo pasar.
— Vale.

— Que yo no le voy a decir lo que tiene que hacer, ¿eh? Pero es que no puede estar por ahí así. Sin nada. — Otra pausa —. ¿Le dirás que he llamado?
Y Axel se oyó a sí mismo.
— Déjame a mí. Yo voy viendo cómo lo hago.
Colgó y se quedó con la espalda en el lavadero.
Irene no le había preguntado ni el apellido. Le había preguntado si Eva comía, si dormía, si se reía.
Por costumbre miró la cuneta de enfrente, a ver si asomaba algún gorro rojo. Aquella vez no había nadie.
Le escribió a Hortensia.
Ya he hablado con ella.
A los dos minutos:
¿Y?
No es lo que cuenta Eva. Está destrozada.

Los tres puntitos de Hortensia estuvieron un buen rato moviéndose antes de que llegara la respuesta.
Ten cuidado, hijo.
Que sí. Poco a poco.
Poco a poco pero que se entere ella, ¿eh?
Escribió «claro» y se quedó mirándolo sin enviarlo. Acabó cambiándolo por «cuando llegue el momento» y ese sí se lo mandó.
Eva salió de la tienda con una bolsa y la barra debajo del brazo.
— No tenían leche, tío.
— Bueno.
— ¿Con quién hablabas?
Tuvo tiempo de decirle «Con tu hermana. Me dio su número Hortensia». Las dos frases estaban enteras en su cabeza y hasta había cogido aire para soltarlas.
— Con mi madre.
— Ah. — Eva le pasó la barra para que la llevara —. Dale recuerdos.