La otra conversación
Siete minutos apoyado en un lavadero y una mentira de dos palabras
La llamada fue un martes, a las cuatro de la tarde, apoyado en la pared de un lavadero mientras Eva estaba en la tienda del pueblo.
Tenía siete minutos.
Le salió el tono cuatro veces y ya estaba a punto de colgar, aliviadísimo, cuando descolgaron.
— ¿Sí?
Una voz de mujer. Normal. Un poco cansada.
— Hola. Eh… ¿Irene?
— Sí.
— Me llamo Axel. Soy… — Se le atragantó —. Yo voy con tu hermana.
Silencio al otro lado. Un silencio muy largo.
— Perdona — dijo ella, y se le oyó cambiar de sitio, cerrar una puerta —. Perdona, es que… Sí. Hortensia me dijo que a lo mejor.
— Sí.
— ¿Está bien?
— Está bien.
— ¿Bien bien?
— Bien bien. — Axel miró hacia la tienda —. Come, duerme, se ríe. Está bien.
Y entonces la mujer se echó a llorar al teléfono, y Axel se quedó ahí, con el móvil en la oreja, mirando un lavadero vacío, sin saber qué hacer con las manos.
Estuvieron veinte minutos.
Irene tenía treinta años, era abogada y vivía en el mismo piso en el que se habían criado las dos, y eso se lo contó sin que él preguntara, como se cuentan las cosas cuando llevas mucho tiempo sin poder contarlas.
— En el mismo piso — dijo, y se rió sin ninguna gracia —. Que ya sé lo que parece.
— No parece nada.
— Parece que soy tonta. — Se oyó un grifo abrirse y cerrarse —. Pero es que si lo vendo, ¿dónde le dejo la llave? Le tengo el cuarto igual, ¿eh? Igual igual. Yo no he tocado nada. Y todos los años en enero llamo a la del seguro y le digo que en esa casa viven dos personas, aunque solo esté yo, porque me da un no sé qué decir una.
— Mm.
— Que eso es de estar mal de la cabeza, ¿verdad?
— Yo llevo tres meses andando hacia un pueblo que vi escrito en una bolsa de harina.
Ella se rió, y esta vez sí tenía gracia.
— Bueno. Pues entonces estamos las dos igual. — Cogió aire —. Yo la busqué mucho. Al principio como una loca. Puse la denuncia, fui a comisaría no sé cuántas veces, llamé a gente del colegio que no veía desde hacía años, me hice una cuenta falsa para ver si aparecía en alguna foto de alguien. Y me aprendí de memoria la ropa que se llevó, ¿eh? Miraba a la gente por la calle. Año y pico buscando a una chavala con una camiseta gris.
— Mm.
— Y luego un día lo dejé. Porque me dijeron que era mayor de edad y que si no quería aparecer no iba a aparecer. — Se sonó la nariz —. Y ha sido el peor año de mi vida.
Axel no abrió la boca.
— ¿Tú qué eres? ¿Su novio?
— No. Un amigo.
— Ya. — Pausa —. Perdona. Es que no sé nada.
Ahí, sin querer, se le escapó lo primero.
— Es que ella siempre ha sido muy suya.
Axel no se movió.
— ¿Cómo?
— No, nada. Que siempre ha sido así. Muy… — Buscó la palabra —. Muy de irse. Ya de pequeña. Se metía en su cuarto y no salía. Y yo llamaba a la puerta y le decía que la cena estaba en la mesa, y ella no contestaba, y a la hora bajaba y comía sola en la cocina de pie. — Un ruido de vaso —. Yo la quiero mucho, ¿eh? Muchísimo. Es lo único que me queda.
Y luego, más bajito:
— Es que yo tampoco he tenido a nadie a quien preguntarle cómo se hace esto. Yo tenía una carrera empezada y unos planes que ya no me acuerdo ni de cuáles eran. Y de repente tenía que firmar papeles y hacer la compra y saber cuándo hay que pagar el gas. Y una hermana de quince años que no me hablaba. — Pausa —. Y yo no sé ser hermana, Axel. Yo aprendí a ser lo otro. Y eso ya no se desaprende, aunque lo intentes, y yo lo he intentado.
Axel miró dos veces hacia la tienda.
Y ahí ella dijo la otra.
— Oye — dijo Irene —. ¿Tú crees que querría hablar conmigo?
— No lo sé.
— Claro.
— De verdad que no lo sé.
— Ya, ya. — Tragó saliva —. Es que yo lo único que quiero es que esté bien. Que venga a casa una temporada, que descanse, que coma caliente. Y ya organizamos.
Axel apuntó el número en el móvil y se quedó un segundo con esa última palabra dándole vueltas en la oreja.
No la cogió.
— Vale.
— Que yo no le voy a decir lo que tiene que hacer, ¿eh? Eso que quede claro.
— Sí.
— Pero es que no puede estar así, hombre. Por ahí. Sin nada.
— ¿Le dirás que he llamado?
Ahí Axel se oyó a sí mismo decir:
— Déjame a mí. Yo voy a ver cómo lo hago.
Y colgando, con el pulgar ya encima del botón, cayó en una cosa: que Irene no le había preguntado ni una vez cómo era él. Le había preguntado si Eva comía, si dormía, si se reía, si estaba bien, bien bien. Cuatro veces. Y a él, que era un tío que había descolgado desde una carretera y que llevaba tres meses durmiendo al lado de su hermana, no le había preguntado ni el apellido.
No le pareció mal. Aquella mujer llevaba un año y cuatro meses sin pensar en nada más, y eso se le notaba hasta en lo que no preguntaba.
Colgó y se quedó apoyado en el lavadero con el móvil en la mano.
Le escribió a Hortensia.
Ya he hablado con ella.
Contestó a los dos minutos.
¿Y?
No es lo que ella cuenta. Está destrozada.
Puntos suspensivos. Un rato largo de puntos suspensivos.
Ten cuidado, hijo.
Que sí. Poco a poco.
Poco a poco pero que se entere ella, ¿eh?
Axel leyó ese mensaje dos veces. Escribió claro y no lo mandó. Escribió cuando llegue el momento y sí lo mandó. Se guardó el móvil.
Lo peor no fue la mentira de después. Lo peor fue lo fácil que resultó, y que a los veinte pasos ya estaba pensando en otra cosa.
Eva salió de la tienda con una bolsa y una barra debajo del brazo.
— No tenían leche.
— Bueno.
— ¿Con quién hablabas?
Ahí hubo un hueco. Un hueco pequeñísimo, del tamaño de dos frases, en el que Axel las tuvo enteras y terminadas y listas para salir: «Con tu hermana. Me dio su número Hortensia.»
Las tuvo. Las oyó por dentro. Notó hasta el aire para decirlas.
— Con mi madre.
— Ah. — Eva le dio la barra para que la llevara —. ¿Está bien?
— Sí.
— Dale recuerdos.
Echó a andar. Axel se quedó medio segundo mirándole la espalda, con la barra de pan en la mano, y luego fue detrás.
Aquella noche, mientras Eva dormía, se puso a hacer cuentas de lo que iba a decir y de cuándo. Se dijo que la clave estaba en el momento. Se dijo que si se lo soltaba ahora, en mitad de una carretera, sin nada alrededor, ella cerraría la puerta y ya no habría manera. Se dijo que era mejor esperar a que estuvieran en un sitio, tranquilos, asentados, con las cosas en su sitio. Se dijo que él conocía a Eva.
Y se durmió bastante tranquilo, que es lo peor de todo.