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Eran ocho

Durmieron en el pajar de una casa vacía, en un pueblo de veinte vecinos, con permiso de una señora que les dijo que sí desde una ventana sin bajar a abrirles.

— La puerta está abierta. No fuméis.

— No fumamos.

— Pues ya está.

Y cerró la ventana.

El pajar tenía un ventanuco cuadrado que daba a la calle de atrás, a la altura de los primeros pisos, y desde ahí se veían los tendederos. Era un pueblo de esos en los que la ropa se tiende de verdad: en todas las ventanas y en todos los balcones había cuerdas con ropa puesta a secar, porque hacía un día espléndido y era lunes.

Axel se durmió mirando aquello y le pareció bonito y no le dio más vueltas.

Se despertó a las cuatro de la mañana con un ruido. Un ruido pequeñito. Como una pinza al caer.

Se incorporó en el heno, con el cuello hecho polvo, y se acercó al ventanuco.

Lo que vio le costó un rato entenderlo.

Había ocho. Ocho, contados.

Estaban repartidos por los tendederos de la calle, colgados de las cuerdas como si fueran un tendedero más, moviéndose de una ventana a otra por un sistema de sogas que se habían montado ellos y que iba de balcón a balcón cruzando la calle entera.

Y estaban cambiando la ropa de sitio.

Descolgaban una camisa de una cuerda, la enganchaban a la soga del medio, la mandaban por el aire hasta el balcón de enfrente y allí otro la recogía y la colgaba en la cuerda de aquella casa. Con las pinzas y todo. Iba y venía ropa por encima de la calle a las cuatro de la mañana.

Axel se quedó pegado al ventanuco.

Reconoció a Gorgorito enseguida, porque era el que menos trabajaba y el que más gritaba: estaba en un balcón dirigiendo la operación con las manos en las caderas. Y reconoció a Manazas, porque a Manazas se le cayó un pantalón a la calle y estuvo un minuto entero mirando hacia abajo con las dos manos en la cabeza. Y estaba Lito, que no se enteraba de nada y colgaba las cosas donde le parecía.

— ¡ESE PONLO EN EL AZUL! — gritó Gorgorito, con esa manera de gritar que solo oía Axel.

— ¿QUE LO PONGA DÓNDE?

— ¡EN EL AZUL!

— ¡PUES CLARO QUE HAY LENTEJAS!

Gorgorito se llevó las dos manos a la cara con un cansancio de siglos.

Axel se estuvo veinte minutos ahí, con la nariz en el ventanuco y una sonrisa de idiota, y en algún momento se dio media vuelta, se echó en el heno y se quedó dormido con la sensación de haber estado en el teatro.

A las nueve y media de la mañana la calle era un tumulto.

Bajaron a por agua a la fuente y se encontraron con siete personas en la calle de atrás, todas mirando hacia arriba, todas hablando a la vez.

— ¡Que esa es mía!

— ¡Anda ya, mujer! ¡Que esa es la de mi Manolo!

— ¡Que la conozco yo, que se la cosí en el puño!

Una señora con una bata de flores estaba en un balcón, con dos pinzas en la boca, descolgando una camisa que no era suya y agitándola por encima de la calle.

— ¡Milagros! ¡MILAGROS! ¡Que tengo aquí tus calcetines!

Y desde una ventana, tres portales más abajo, otra señora asomó la cabeza con los rulos puestos.

— ¡Serán los tuyos!

— ¡Que son tuyos, que tienen el elástico dado!

Axel y Eva se quedaron en la esquina, con las botellas en la mano.

Un hombre con la camiseta interior y un cigarro apagado en la boca estaba en mitad de la calle, con las manos en las caderas, mirando hacia arriba con la cara de un general que ha perdido una batalla.

— Han sido los críos — dijo, a nadie en particular.

— ¿Qué críos, Ramón? Si aquí no hay críos.

— Los de la Puri, que vienen los fines de semana.

— ¡Que es lunes!

— Pues los mellizos.

— ¡Los mellizos tienen cuatro años!

— ¡Que son el demonio!

— ¡Ramón, que no llegan a la cuerda ni con una escalera!

— ¡Que son el demonio! — repitió, feliz.

Los mellizos, que efectivamente existían, estaban en la esquina jurando por su madre que ellos no habían sido, y nadie en el pueblo se lo estaba creyendo ni por un segundo.

La que resolvió el caso fue una mujer con delantal, acordándose por fin de alguien de más de un metro.

— El sobrino de la Puri — dijo —. Que subió el domingo a por leña y tiene escalera.

Ramón se sacó el cigarro apagado de la boca y lo miró como se mira una prueba.

— El sobrino de la Puri tiene cuarenta y dos años.

— Pues por eso.

Aquello se dio por bueno en menos de un minuto, y no porque nadie se lo creyera. Se dio por bueno porque ya se estaban riendo, y para seguir riéndose hacía falta un culpable, y uno con escalera servía perfectamente.

A las diez de la mañana, en aquella calle, había catorce personas riéndose. Catorce personas que llevaban probablemente semanas sin coincidir todas juntas fuera de sus casas.

Y Axel, apoyado en una pared con la mochila a los pies, cayó en una cosa que le dejó tonto.

Que la noche anterior, desde el ventanuco, había visto ocho tendederos y ni una persona. Que aquel pueblo tenía veinte vecinos y que él, en las quince horas que llevaba allí, no había visto a dos hablando entre ellos: había visto ventanas, y había visto a una señora que le dijo que sí sin bajar a abrirle. Y que a las diez de la mañana de un lunes había catorce personas en la calle discutiendo por unos calcetines.

Miró los balcones y no vio a nadie en ninguno.

Eva se giró hacia él.

— El sobrino de la Puri no ha sido — dijo.

— ¿No?

— No.

Se quedó mirando los balcones vacíos un rato más de la cuenta, y Axel esperó, porque le pareció que venía algo detrás.

No vino.

Por segunda vez en dos días se le puso delante una frase entera. Esta: «Eran ocho. Los conté. Y hay dos que ya conoces de nombre.»

— Ya. Bueno. — Se colgó la mochila —. Con doce años yo hacía cosas peores.

Echó a andar, y anduvo un kilómetro pensando que llevaba una temporada guardándose cosas y que las dos eran de tipos completamente distintos, y que una la contaría cualquier día riéndose y la otra no.

Y siguió sin contar ninguna.

Y detrás de él, Eva anduvo ese mismo kilómetro sin abrir la boca, que era lo que llevaba haciendo desde una cafetería.

Detrás de él, la señora de los calcetines le estaba pidiendo perdón a la madre de los mellizos y la otra no se lo estaba aceptando, y las dos se estaban riendo.

En el balcón del pajar, apoyada en la barandilla con una bata de cuadros, estaba la señora que les había dicho que sí sin bajar a abrirles, mirando la calle. Los vio irse.

— ¡Eh! — gritó.

Axel se giró.

— ¿Vosotros habéis dormido bien?

— Muy bien. Gracias.

— Pues cuando volváis me avisáis, que os pongo sábanas. — Se apoyó mejor en la barandilla —. Y decidle a la del segundo que sus calcetines los tengo yo, que se los he cogido de la cuerda antes de que los pisara alguien.

Y cerró la ventana antes de que le contestaran, exactamente igual que el día anterior, pero no era igual.

Anduvieron toda la tarde. Y en un repecho, ya con el sol de lado, Eva se paró.

— Oye.

— Qué.

— ¿Me dejas el móvil?

Axel se lo dio sin pensarlo, porque era un móvil, y siguió andando. A los veinte metros se dio cuenta de que ella no venía detrás.

Se giró. Eva se había quedado en la cuneta, de espaldas, con el móvil en la oreja y la otra mano tapándose el oído.

Estuvo cuatro minutos.

Cuando volvió le devolvió el móvil, se colgó la mochila, echó a andar delante y no dijo a quién había llamado.

Y Axel no preguntó.

Tardó tres kilómetros en entender por qué no había preguntado, y cuando lo entendió no le gustó nada: porque preguntar le daba a ella derecho a preguntar.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona