Ver visiones
Media hora que no estaba en ninguna parte
Aquella semana hizo un calor que no era normal para la fecha. Andaban de seis a once y de cinco a nueve, y en el medio buscaban una sombra y se quedaban tirados sin hacer nada, sudando, esperando a que bajara.
Axel dormía mal. Llevaba dormiendo mal desde el robo, y con el calor peor: se despertaba a las tres o las cuatro con el corazón a mil sin motivo, y ya no había manera.
El martes vino el coche a buscarla.
Lo habían apalabrado el domingo, escribiéndose al móvil de Axel, y Eva lo soltó el lunes por la noche de la manera en que se dicen las cosas que uno ya ha decidido no consultar.
— Mañana no ando.
— Vale.
— Hay un sitio en la capital con una cabina de verdad y quiere que me oiga uno. Me viene a buscar a las nueve.
— Vale.
— Son cuatro horas de coche. — Se quedó mirando el fuego —. Cuatro de venir y cuatro de volver.
No lo dijo presumiendo. Lo dijo con asombro, que es peor.
Axel dijo vale la tercera vez, se metió en la hamaca y se pasó una hora largo mirando la lona.
El martes anduvo nueve horas solo.
Kika se fue con él las tres primeras y luego se volvió a la sombra de un transformador y no hubo manera. Fay ni apareció. Anduvo por una comarcal sin arcén, con los camiones pasándole a un palmo, y comió de pie apoyado en un muro, y a las cinco de la tarde se dio cuenta de que llevaba desde por la mañana sin decir una palabra en voz alta.
Y no le pasó nada en todo el día. Ni una piedra que se moviera sola, ni un gorro rojo detrás de un tojo, ni una risa. Nada.
Volvieron a las once y media. Vio las luces subir por la pista de tierra desde dentro de la tienda, y se quedó quieto, y no salió.
Eva entró agachada, se metió en el saco con la ropa puesta y se quedó un rato callada.
— Ha ido bien — dijo al final.
— Me alegro.
Y ya está. No preguntó nada más, y no fue por educación: es que llevaba dos días con el número de la hermana de Eva guardado en el mismo móvil con el que ellos dos se habían escrito para quedar.
El jueves se le olvidó comer. No lo decidió: simplemente desayunó a las seis y luego anduvieron, y luego pararon, y luego siguieron, y cuando quiso acordarse eran las siete de la tarde y no había comido nada más que un puñado de almendras.
Iban entrando en un pueblo. Le sonaba haber visto el cartel.
Se acordaba del cartel.
Lo siguiente que se acordaba era de estar sentado.
Estaba sentado en un banco de piedra, a la sombra, apoyado en una pared blanca. Delante había una fuente con dos caños.
No sabía cómo había llegado ahí.
No es que se acordara vagamente. Es que no había nada. Había el cartel del pueblo, en una cuesta, con el sol de lado, y luego estaba sentado en un banco.
Miró el móvil.
Las ocho menos cuarto.
Treinta y cinco minutos.
Se levantó y se volvió a sentar enseguida porque se le fue la cabeza. Miró alrededor. La calle era una calle. Había una señora barriendo un portal a veinte metros. Había un coche aparcado con un perro dentro.
Todo perfectamente bien y él sin saber dónde había estado media hora.
Y ahí le entró el miedo.
No fue una idea. Fue en el cuerpo. Un frío desde los riñones a la nuca. Las manos raras. Unas ganas absurdas de tocarse la cara. Comprobar que la tenía. La tenía.
Porque lo de ver cosas tenía su sitio. Lo de ver cosas era suyo desde los ocho años y había aprendido a llevarlo como se lleva una cojera, sin mirarla mucho. Esto no. Esto era que le faltaba un trozo. Un trozo de él. Media hora suya en la que había andado, y había hablado, y había estado en algún sitio, y no estaba.
Y se le puso delante, con una claridad que daba asco, una escena entera: él en una consulta, con sus padres a los lados, en dos sillas, y un señor con bata explicándoles algo con mucha delicadeza. Su madre con el bolso en las rodillas. Su padre con las manos entre las piernas, mirando el suelo, sin preguntar nada.
Su padre sin preguntar nada.
Eso fue lo que no pudo aguantar.
— ¿Eva?
No había nadie a su lado. Se levantó otra vez, más despacio, y echó a andar calle arriba llamándola, y le salió una voz que no era la suya.
La encontró en la puerta de una tienda, con la bolsa, hablando con la dueña.
— ¡Eh! — Se giró —. Anda, ya has vuelto. ¿Estaba abierta?
— ¿El qué?
— La farmacia. Que has ido a mirar si estaba abierta.
Axel se paró en seco en la acera.
— Ya — dijo.
— ¿Estaba?
— No.
— Vaya.
Y siguió hablando con la señora de la tienda.
Axel se quedó ahí de pie, en mitad de la calle, con el sol de las ocho dándole en un lado de la cara.
Él no se acordaba de haber dicho nada de una farmacia. Él no se acordaba de haber hablado con Eva en ese pueblo.
Se lo dijo esa noche. Estaban tumbados en un descampado detrás del cementerio, que era el único sitio llano, y llevaban veinte minutos callados.
— Eva.
— Mm.
— Creo que estoy enfermo.
Ella se incorporó.
— ¿Qué te pasa?
— No lo sé. — Miró arriba —. Hoy he perdido media hora.
— ¿Cómo que la has perdido?
— Que no sé dónde he estado. Que me acuerdo del cartel del pueblo y luego me acuerdo de estar sentado en un banco, y en medio no hay nada. Y tú me has dicho que había ido a la farmacia y yo no he ido a ninguna farmacia. O sí. No lo sé. Eso es lo peor, que a lo mejor fui.
Eva no contestó a eso.
— Y no es solo eso. — Ahora le salió todo de golpe —. Es que yo llevo así desde los ocho años. Yo veo cosas. Cosas que no ve nadie. Toda la vida.
— Ya lo sé.
— No, es que no lo sabes. — Se sentó —. Es que no es gracioso, Eva. Es que a mí mi cabeza a veces se me va, se me pone a mil, se me llena de cosas y no la puedo parar. Y yo siempre me he dicho «ya está, estoy cansado, es que le doy muchas vueltas». Eso me lo he dicho mil veces. Con esas palabras. Y hoy he perdido media hora.
Se pasó las manos por la cara y las dejó ahí un momento.
— Y lo que llevo pensando desde las ocho es que a lo mejor esto es lo que le pasa a la gente antes. Antes de. — Movió una mano, como quien señala un sitio que no existe —. Y que yo lo llevo desde los ocho años y me he pasado la vida diciéndome que estoy cansado.
No terminó.
Eva se quedó callada mucho rato. Y luego hizo lo que hizo, que a Axel le pareció en ese momento absolutamente insuficiente: se levantó, fue a la mochila, sacó una lata de sardinas, un trozo de pan y la botella, y se lo puso todo delante.
— Come.
— Eva, que no es eso.
— Come igual.
— Que te estoy diciendo una cosa seria.
— Ya te he oído. — Se sentó enfrente —. Come.
Y él comió, con muchísima rabia, porque quería otra cosa. Quería que le dijera que no estaba loco. Quería que le dijera que ella también veía los duendes. Quería que le dijera algo.
Se comió la lata entera y media barra. Y a los quince minutos se encontró mejor. Físicamente mejor. Notablemente mejor. Y eso le dio todavía más rabia, porque no arreglaba nada.
— Mañana, en el primer sitio que tenga médico, vas — dijo Eva.
— Ya.
— No «ya». Vas.
— Que sí.
— Y a la farmacia le preguntas por lo de la cabeza también, si quieres. Yo te acompaño.
Axel asintió. Y luego dijo, muy bajito:
— ¿Y si me dicen algo?
Eva se lo pensó.
— Pues nos lo dicen a los dos — dijo.
Se durmieron sin volver a hablar del tema. Y antes de meterse en la hamaca, Axel comprobó los nudos de las dos cintas. Los comprobó sin pensar, como se comprueba que la puerta está cerrada, y luego se quedó un momento ahí con la cuerda en la mano cayendo en que lo había comprobado.
Aquella noche, en aquel descampado detrás del cementerio, no apareció absolutamente nadie. Ni un gorro rojo. Ni una risa pequeña. Ni una piedra que se moviera sola.
Nada.
Axel se quedó despierto hasta muy tarde, mirando la oscuridad, esperando.
Y no vino nadie.
Y a las tres de la mañana, con los ojos abiertos, repasó el día entero buscando qué había pasado. Se había levantado. Había andado seis horas al sol. Había perdido media hora. Se había comido una lata de sardinas con muchísima rabia.
No había pasado nada.