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La curva

Fue al médico.

Fue a un centro de salud de un pueblo de tres mil habitantes, con Eva sentada en la sala de espera, y le atendió una doctora de unos cuarenta años que le preguntó nueve cosas y le miró la tensión.

— ¿Cuánto andas al día?

— Pues… veinticinco kilómetros. A veces treinta.

— ¿Con calor?

— Con calor.

— ¿Y qué comes?

Axel se lo pensó.

— Depende del día.

— Claro.

Le sacó sangre. Le dijo que se bebiera dos litros como mínimo, que comiera sal, que no anduviera de dos a cinco y que si volvía a pasarle lo de la media hora se fuera a urgencias sin discutirlo con nadie.

— ¿Y no puede ser… otra cosa? — dijo Axel.

— ¿Otra cosa como qué?

Y ahí se atascó. Porque no se puede decir.

— De la cabeza — dijo al final.

La doctora dejó el boli.

— Mira — dijo —. Un tío deshidratado y sin comer hace cosas raras y no se acuerda. Eso lo veo cuatro veces al mes en verano, y no lo veo en gente mayor, ¿eh?, lo veo en chavales de tu edad que se creen que aguantan. La cabeza va con azúcar y con agua, como todo lo demás, y si le quitas las dos cosas y encima la pones a andar seis horas al sol, hace lo que puede. — Cogió el boli otra vez —. Empieza por beber y por comer, que es lo barato. Y si comiendo y bebiendo te sigue pasando, vuelves y hablamos de lo otro. Sin problema, y sin que nadie se ría de ti. ¿Vale?

— Vale.

— ¿Vale de verdad?

— Vale de verdad.

Salió con dos recetas y una sensación muy rara de alivio y de estafa a la vez.

Los análisis salieron bien. Se lo dijeron por teléfono cuatro días después.

Y no le volvió a pasar. Y él nunca supo del todo si eso quería decir que no era nada, o que era algo que se había ido a dormir.

Los últimos cuatro días fueron cuesta arriba. Cuesta arriba de verdad: la carretera se metió en un valle estrecho y empezó a subir en curvas, con la pared de roca a un lado y el barranco al otro, y los pueblos se hicieron cada vez más pequeños y más separados.

Cambió el aire. Cambió el verde, que se puso más oscuro y más gordo. Empezó a haber helechos hasta la cintura en las cunetas y castaños enormes, viejísimos, con los troncos huecos. Y empezó a llover cada tarde a la misma hora, media horita, y a escampar.

— Esto es otro sitio — dijo Eva.

Kika iba enloquecida: se metía en los helechos, desaparecía, salía por otro lado, volvía a desaparecer.

El último día pasaron cuatro coches en toda la mañana. La carretera era ya de un carril con apartaderos y había hierba creciendo por el medio en algunos tramos.

A las once encontraron una señal de las de chapa, oxidada por abajo, con el nombre del pueblo y una flecha.

Axel se paró a mirarla un rato, con el papel de la bolsa de harina en la mano, comparando las letras como un idiota, porque era la primera vez que veía ese nombre escrito en algo que no fuera aquel trozo de papel.

— Es este — dijo.

— Ya lo sé.

— Es que existe.

— Pues claro que existe.

Axel se guardó el papel.

— Es que llevo cuatro meses andando hacia un sitio que estaba escrito en una bolsa de harina. Y hasta hoy podía no existir. — Le dio dos golpecitos a la chapa oxidada con el nudillo, y sonó a chapa —. Fíjate qué tontería. Un cartel.

— Bienvenido al mundo — dijo Eva.

Llegaron a las dos y media de la tarde.

Y no hubo nada.

Eso fue lo que más le sorprendió a Axel después, cuando lo pensaba. No hubo una vista desde lo alto. No hubo un momento en el que se abriera el valle y apareciera el pueblo abajo, con el sol dándole. Nada de eso.

Hubo una curva, y detrás de la curva unas casas.

Axel se dio cuenta de que llevaba cuatro meses imaginándose ese momento y que se lo había imaginado siempre con música. No había música. Había un pájaro y un tractor muy lejos.

Casas de piedra oscura, con los tejados de pizarra y las paredes con manchas de humedad y de musgo. Un puñado. Veinte o treinta. Una fuente. Un lavadero con el techo caído. Un contenedor de basura. Un hórreo con las patas comidas.

Y silencio.

Kika se paró en mitad de la carretera y olisqueó el aire.

Y luego, a la izquierda, un hombre. Estaba apoyado en un muro bajo, al sol, con una gorra y un bastón que no parecía estar usando para nada. Tendría ochenta y muchos. Los vio llegar sin moverse.

— Buenas — dijo Axel.

— Buenas.

— ¿Esto es Taramundi?

— Esto es.

Axel sacó el papel y lo desdobló.

— Estamos buscando una casa. La última de la calle de arriba, la que tiene el horno pegado a la pared.

El hombre no miró el papel. Se quedó mirando a Axel, y luego a Eva, y luego un buen rato a Eva.

— La de la Hortensia — dijo.

— ¿La conoce?

— Hombre. — Se recolocó en el muro —. Si le vendí yo un burro a su padre.

Se rió solo, con un ruido que era medio tos.

— Yo soy Sabino.

— Axel. Ella es Eva.

— Ya.

Se quedaron los tres un momento.

— Está hecha una pena, ¿eh? — dijo Sabino —. La casa. Que lleva cuarenta años sin abrirse. Ahí dentro ya no hay más que bichos y raíces.

— Ya nos imaginábamos.

— Y los otros.

Axel parpadeó.

— ¿Qué otros?

Sabino hizo un gesto con la mano hacia arriba, hacia la calle, un gesto de espantar moscas.

— Los que hay. — Movió la mano otra vez —. En las casas que se quedan solas se meten. Siempre ha sido así.

Se calló, porque para él la conversación se había acabado ahí.

Axel se quedó mirándolo. Le había hablado de aquello exactamente igual que un rato antes le había hablado del burro.

— Perdone — dijo —. ¿Los que se meten son…?

Sabino levantó una ceja y lo miró como se mira a un chaval de ciudad que pregunta si la leche sale de la vaca.

— Hijo — dijo —. Que es la calle de arriba. Es esa de ahí. No tiene pérdida.

Volvió a mirar al frente, al sol, apoyado en su muro.

Subieron la calle de arriba, que eran cuarenta metros de cuesta con las piedras sueltas.

Y ahí se les acabó el viaje, y a Axel le pasó una cosa que no había previsto en cuatro meses: que no sabía qué se hace.

Llevaba cuatro meses con una tarea muy clara, que era andar hacia el norte, y esa tarea se le había terminado a las dos y media de la tarde de un miércoles delante de una puerta de madera hinchada con una cerradura llena de óxido.

Se quedó parado con la mano en la mochila.

— ¿Y ahora qué? — dijo.

— Ahora abres.

— Ya. Y luego.

Eva se apoyó en el muro de al lado y miró la fachada de arriba abajo: las manchas de humedad, el tejado hundido por una esquina, la ventana tapada con un plástico.

— Y luego, si te digo la verdad — dijo —, yo creo que te va a durar años.

Y entonces se oyó un coche.

No un tractor. Un coche, subiendo la calle de abajo en primera, rascando los bajos en cada piedra, con esa manera de sonar que tienen los coches que no deberían estar donde están.

Paró a veinte metros. Bajo, gris mate, con una rueda subida al muro porque de otra manera no cabía.

Se abrió la puerta y salió estirándose, con las gafas en el pelo, mirando la calle entera de arriba abajo como quien llega a un sitio del que le han hablado mucho.

— Le he dicho al del bar de abajo que me guarde el coche — dijo, cerrando la puerta con la cadera — y me ha contestado que aquí no hay bar. ¿Qué pasa, hostelero?

Axel se quedó con la mano en la correa de la mochila.

Detrás de él, Eva no se había movido del muro.

Llevaban dos meses viéndole hacer esto. Una hora de coche, luego dos, luego tres, luego cuatro. Cada vez que se alejaban, él ponía más carretera y volvía a estar delante de ellos, apoyado en el capó, esperando.

Y Axel, que llevaba cuatro meses andando hacia aquella puerta, se dio cuenta de una cosa rarísima.

Que el coche había tardado seis horas.

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