La curva
Un cartel de chapa oxidada con el nombre escrito
Durante los últimos cuatro días, el aire empezó a oler distinto y el verde se les fue echando encima. La carretera se metió en un valle estrecho y subió haciendo curvas entre la roca y el barranco. En las cunetas crecían helechos hasta la cintura y castaños viejísimos, con unos troncos huecos en los que casi se podía entrar. Todas las tardes, a la misma hora, llovía media horita y luego escampaba.
— Esto es otro sitio — dijo Eva.
Se paró junto a un castaño hueco, con una mano cerrada sobre el cordón del cuello. Asomó la cabeza y apoyó la otra mano en la madera fría. Dentro olía a tierra mojada. Se quedó allí un momento, respirando despacio, antes de seguir andando.
Kika estaba como loca. Se metía en los helechos, desaparecía y salía por otro lado llena de pinchos y feliz.
La última mañana solo se cruzaron con cuatro coches. La carretera se había quedado en un carril, con la hierba creciendo por el medio, y a las once encontraron una señal de chapa oxidada que apuntaba hacia el pueblo.
Axel se paró delante con el trozo de bolsa de harina en la mano, comparando las letras como un tonto.
— Es este.
— Ya lo sé.
— Es que existe.
— Pues claro que existe, hombre.
— Un cartel, illa. — Le dio dos golpes a la chapa con el nudillo. Sonó a chapa —. Fíjate qué tontería.
— Hazle una foto.

Axel se quedó con el nudillo en la chapa.
— A un cartel no se le hacen fotos.
— ¿Y a qué se le hacen?
— A la gente.
Eva le miró un segundo más de la cuenta. Luego tiró para arriba sin decir nada, con Kika detrás.
Llegaron a las dos y media, al doblar una curva detrás de la que aparecieron unas casas. Axel llevaba cuatro meses imaginándose aquel momento y siempre le había puesto música, pero allí solo se oían un pájaro y un tractor lejísimo. Las casas eran de piedra oscura, con tejados de pizarra y manchas de musgo. Había una fuente, un lavadero sin techo y un granero de madera con los pilares carcomidos. A la entrada, una casa grande de dos pisos tenía las contraventanas abiertas, dos coches aparcados delante y un cartel que ponía HOTEL.
Un hombre de ochenta y muchos tomaba el sol apoyado en un muro bajo, con la gorra calada y un bastón que parecía tener solo por llevar algo. Los vio llegar sin moverse.
— Buenas — dijo Axel.
— Buenas.
— ¿Esto es Taramundi?
— Esto es.
Axel desdobló el papel.

— Buscamos una casa. La última de la calle de arriba, la que tiene el horno pegado a la pared.
El hombre pasó del papel. Miró primero a Axel y después a Eva, en quien se entretuvo bastante más.
— La de la Hortensia.
— ¿La conoce?
— Hombre. Si le vendí yo un burro a su padre. — Se rió con un ruido que era medio tos —. Yo soy Sabino.
— Axel. Ella es Eva.
— Ya.
— Está hecha una pena, ¿eh? — dijo Sabino —. La casa. Cuarenta años sin abrirse. Y ahora con el papel ese en la puerta, que se lo clavaron en marzo. Yo lo vi clavar.
— Ya lo sabemos.
— Ahí dentro no hay más que bichos y raíces. — Se colocó la gorra —. Y los otros.
Axel parpadeó.
— ¿Qué otros?
Sabino hizo un gesto con la mano hacia arriba, hacia la calle.
— Los que hay. En las casas que se quedan solas se meten. Siempre ha sido así.

Y se calló, porque para él la conversación se había acabado.
— Perdone. ¿Los que se meten son…?
Sabino levantó una ceja. Lo miró como se mira a un chaval de ciudad que pregunta si la leche sale de la vaca.
— Hijo. Que es la calle de arriba. Es esa. No tiene pérdida.
Y volvió a mirar al sol.
La calle de arriba eran cuarenta metros de cuesta con las piedras sueltas. Fay subió el primero, con el rabo tieso.
Arriba del todo se les acabó el viaje, un miércoles a las tres menos cuarto, delante de una puerta de madera hinchada con la cerradura llena de óxido.
A los pies de la puerta había trozos de pizarra desperdigados, como si alguien hubiera tirado una baraja. Uno estaba casi entero, era grande como una bandeja y tenía una esquina saltada. Axel se acordó del parabrisas nuevo de la vecina. Encima de la cerradura, sujeto con cuatro chinchetas y protegido por una funda de plástico empañada, estaba el papel.
Axel sacó el suyo del bolsillo y lo desdobló al lado.
Era el mismo aviso. El suyo estaba blando de tanto llevarlo en el pantalón y tenía una esquina rota. El de la puerta conservaba el sello negrísimo y la marca de un dedo sobre la fecha: treinta de septiembre.
— ¿Y ahora qué?

— Ahora abres.
— Ya. ¿Y luego?
Eva se apoyó en el muro de enfrente y miró la fachada de arriba abajo. Luego el papel.
— Y luego, si te digo la verdad, yo creo que te va a durar años.
— El papel dice que hasta el treinta.
— El papel no ha subido esta cuesta.
Entonces oyeron un coche subir en primera por la calle de abajo, rascándose los bajos en cada piedra. Paró a veinte metros con una rueda encaramada al muro, porque de otra manera no cabía.
Se abrió la puerta y salió estirándose, con las gafas en el pelo, mirando la calle de arriba abajo.
— Le he preguntado a un señor dónde se aparca aquí — dijo, cerrando con la cadera — y me ha dicho que donde quepa. ¿Qué pasa, hostelero?
Axel se quedó con la mano en la correa de la mochila y Eva siguió apoyada en el muro. Él llevaba cuatro meses andando hacia aquella puerta. Al del coche le había bastado con recibir el nombre del pueblo.