La casa

En la calle de arriba había seis casas, y solo una tenía a alguien dentro.

Se notaba enseguida cuáles estaban vacías. Cuatro tenían las ventanas tapiadas con bloques de hormigón nuevos, y las zarzas les seguían trepando por encima. En cada puerta habían atornillado una plaquita reluciente con una hoja dibujada, el nombre del pueblo y dos palabras en inglés. Aquellas chapitas eran lo único nuevo de toda la calle.

La que tenía a alguien era la de la esquina. Leña apilada, un felpudo y un coche pequeño delante, con el parabrisas nuevo. En la ventana de arriba había una mujer mirando. Axel le levantó la mano.

La mujer corrió la cortina.

La de Hortensia era la última y resultó bastante más grande de lo que Axel esperaba. Tenía dos alturas, las paredes de piedra oscura y el portón de la cuadra reventado por abajo. Del balcón de madera faltaban la mitad de las tablas y salía un helecho por una esquina. Al alero también le faltaban unos cuantos dientes. A la derecha, medio escondido bajo la hiedra, asomaba un bulto redondo de piedra con una boca negra: el horno, tal y como decía el papel.

El del coche había subido detrás sin que nadie le dijera nada. Estaba en mitad de la calle con las manos en la cintura, leyendo el papel de la puerta con la cabeza ladeada.

— Hostia. ¿Esto es vuestro?

— No.

— Mejor todavía. — Le dio un toquecito al plástico —. Pues que la tiren, tíos. Que la paguen ellos y a otra cosa.

— La paga Hortensia — dijo Eva.

— ¿Quién?

— La señora del hostal. La que se reía con tus historias.

Axel y Eva llegan a la calle de las casas tapiadas, frente a la vivienda abandonada de Hortensia.

— Ah. La señora. — Se rió —. Qué maja la señora.

Eva seguía en el muro con la mochila puesta.

— ¿Y tú qué haces aquí?

— Pasaba.

— Aquí no pasa nadie.

— Pues pasaba mal. — Sonrió con toda la cara.

Axel estuvo diez minutos peleándose con la cerradura hasta que vio que estaba llena de tierra y de un nido viejo. Lo sacó con una ramita y lo dejó en el muro.

La llave entró al cuarto intento y giró con un ruido de hueso.

Dentro olía a tierra mojada y a algo dulzón que Axel no supo reconocer. La cuadra era enorme, con el suelo de losas, unos pesebres de piedra junto a la pared y una carretilla oxidada abandonada al lado de una montaña de helechos secos. Lo que más le extrañó fue la luz que entraba desde arriba.

Subieron por una escalera de piedra pegada a la pared, sin barandilla, contando los escalones porque había dos partidos.

Arriba estaba la vivienda. En la cocina había una chimenea enorme y negra de humo, donde cabía un armario entero. Quedaban una mesa coja y dos sillas, una de ellas tirada en el suelo. Un pasillo llevaba a los dos cuartos.

En el cuarto del fondo encontraron un montón de pizarra caída y, creciendo entre los trozos, un saúco de tres metros que asomaba por un boquete del tejado. No era una ramita que se hubiera colado por una grieta. Era un señor árbol, instalado dentro de la casa.

Axel saca un nido viejo de la cerradura mientras Eva espera con la llave.

— Joder — dijo Eva.

La luz entraba por el boquete y daba de lleno en las hojas, que se movían con la corriente de aire. Axel se quedó un momento embobado hasta que pensó en el agua que entraría por allí en cuanto lloviera. Si no hacían nada, el treinta de septiembre se llevarían por delante la casa, el árbol y cualquier cosa que viviera dentro.

Salió al balcón tanteando dónde quedaban tablas y consiguió una rayita de cobertura al pegarse a la barandilla. En el resto de la casa el móvil podía servirle de linterna y poco más.

Llamó a Hortensia. Lo cogió al segundo tono.

— ¿Estáis ahí?

— Estamos dentro.

Se la oyó respirar al otro lado.

— ¿Y?

— Sin adornar, ¿no?

— Sin adornar.

— Pues está de pie, pero por poco. Se le ha caído un lado del balcón, tiene una ventana sin cristal y el alero de la calle está comido. Y de un boquete que tiene el tejado por detrás sale un árbol. — Le dio un golpe a la pared con los nudillos —. Las paredes están perfectas, Hortensia. ¡Esto es un metro de piedra por lo menos!

Axel habla con Hortensia por teléfono desde el balcón deteriorado de la casa.

— ¿Y el horno?

— El horno está.

Tardó en contestar.

— ¿Entero?

— Cubierto de hiedra hasta las trancas, pero sí, entero.

Al otro lado del teléfono, a Hortensia se le entrecortó la respiración.

— Bueno — dijo al fin, con la voz de siempre —. Pues ya lo sé. Gracias, hijo.

Axel miró abajo, a la calle, a las cuatro plaquitas.

— Hortensia. ¿Y si la arreglamos?

Se hizo un silencio tan largo que miró la pantalla por si se había cortado.

— Yo no pongo un duro. Ni subo.

— No te he pedido nada.

Desde el balcón, Axel mira las casas tapiadas mientras propone arreglar la de Hortensia.

— Pues si os da la gana, que os la dé.

— ¿Te mando una foto?

— No.

Y colgó.

Eva estaba en la puerta del balcón, con el hombro en el marco y los brazos cruzados.

— ¿Arreglamos?

Axel se guardó el móvil.

— Arreglo. Arreglas. Que se arregle. — Se rascó la nuca —. Quien sea.

— Ajá.

Y se metió dentro con cara de haberle pillado en algo.

Durante dos horas estuvieron sacando helechos secos, plumas y cagadas de marta para abrir un paso entre la escalera y los cuartos. Axel encontró un cubo viejo y al tercer viaje se le quedó el asa en la mano. Volvió a recogerlo todo del suelo mientras Eva arrastraba fuera un saco que pesaba más de lo que aparentaba.

— Aquí se ha cagado el bosque entero, tío.

Entre aquella porquería encontraron una lata de galletas llena de botones, un almanaque hinchado de humedad y un zapato de niño sin pareja. Las arañas iban mudándose a los rincones que aún no habían tocado. No tenían luz ni agua: la manguera del manantial estaba partida en tres sitios y llena de marcas de dientes. Por fuera apenas podían acercarse a la pared entre las zarzas. De la ladera asomaban latas, un somier y media bañera.

El asa del cubo se rompe y Axel recoge lo derramado mientras Eva arrastra un saco pesado.

Axel dejó de contar las cosas que había que arreglar.

Junto a la chimenea encontraron cuatro cositas apiladas con mucho cuidado: un botón grande, una pinza de la ropa, un trozo de teja y una moneda gorda de las de antes. Formaban una torrecita del tamaño de un puño, ordenada de mayor a menor.

Axel se agachó.

— Eva. ¿Ves esto?

Eva se agachó y lo miró.

— Una marta. Guardan cosas.

— ¿Del más grande al más pequeño?

— Las martas hacen lo que les da la gana.

Una teja, una pinza, una moneda y un botón forman una pequeña torre junto a la chimenea.

Y se fue a mirar otra cosa.

Al anochecer, cuando ya recogían para bajar a dormir a la cuadra, Axel vio a un bichito sentado en el borde de la chimenea, con las piernas colgando dentro. Era más pequeño que Gorgorito y llevaba un chaleco hecho con un trapo, abrochado hasta arriba. Estaba peinadísimo, con la espalda tiesa y una seriedad que imponía bastante para lo poco que abultaba.

— Buenas — dijo Axel.

El bicho lo miró de arriba abajo, muy despacio, como quien revisa una factura.

— ¿Vosotros os quedáis?

A Axel le salió la verdad.

— No lo sé.

El bicho asintió una vez.

— Ya me lo diréis.

— Oye. ¿Y tú cómo…?

Pero ya se había metido chimenea arriba. Desde dentro, con eco de piedra, añadió:

— Y esa pizarra de la puerta la habéis dejado donde no toca.

Un duende diminuto con chaleco espera muy tieso en el borde de la chimenea mientras Axel lo saluda.

— Y la moneda del cubo no se tira.

Axel bajó la luz hacia el cubo de barrer. Entre la tierra estaba la moneda gorda de la torrecita. La había recogido con la pala al limpiar junto a la chimenea.

— No vale para nada, hombre.

— No es tuya.

Axel sacó la moneda, la limpió en el pantalón y la dejó junto a la teja. Miró la boca negra de la chimenea, pero de allí ya no salió nadie.

Antes de bajar, Axel salió con la linterna del móvil y le apartó la hiedra al bulto de piedra. Una bóveda con la boca negra de medio metro y una losa delante, llena de musgo.

Sacó el papel de la harina y lo leyó con la linterna.

La última de la calle de arriba, la que tiene el horno pegado a la pared.

— Eva.

— ¿Qué?

— Que es un horno de verdad, chiquilla. Que está aquí.

Eva se asomó al escalón.

Axel aparta la hiedra e ilumina la boca del horno con el móvil; Eva se asoma desde la puerta.

— Pues ya sabemos qué vamos a hacer en marzo.

— ¿Por qué en marzo?

— Porque antes hay que llegar a septiembre.

Y se metió.

El del coche se quedó en la puerta de la cuadra mirando los helechos y la vela metida en una botella. Sacó la cartera.

— Que ahí abajo hay un hotel con once habitaciones, y está a reventar, que esto por lo visto se ha puesto de moda. Pero le quedan dos. — Ya tenía los billetes fuera —. Os las pago. Dos noches. O tres. O las que queráis. Que esto es un cuchitril, tíos.

Desde dentro, sin levantarse, Eva dijo que no.

— Si no es nada, de verdad.

— Ya.

Se guardó la cartera sin que se le notara nada. Dijo que a las nueve subía con café y bajó silbando.

A la mañana siguiente Axel salió a mear al huerto y estuvo un rato mirando la casa desde fuera, con la luz de las ocho en la piedra y en el plástico de la puerta. Luego se acercó y cogió del suelo el trozo de pizarra grande, el de la esquina saltada, y lo apoyó de canto contra la pared, aparte. Para que no estorbara.

Después de mirarlo un momento, cogió otro trozo y empezó un segundo montón al lado.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona