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Cuando el barrio se calla y solo queda algún perro ladrando a la nada, este duende rojo y plateado se sube a su luna como quien se sienta en un banco de plaza. La luna le mira con esa cara dulce de colega paciente y él le cuenta todo: los dramas del día, los chistes malos, las pequeñas victorias que nadie celebró.

No va de héroe ni de iluminado. Es más bien observador profesional de cosas aparentemente tontas: una ventana que se apaga tarde, una planta del balcón que revive, un vecino que por fin se atreve a cantar bajito. Cada vez que alguien suspira mirando al cielo, el duende se inclina un poco y toma nota mental, serio pero con risa contenida.

  • Se parte con la gente que habla sola en la cocina de madrugada.
  • Defiende que las mejores ideas salen cuando no miras ninguna pantalla.
  • Le da rabia cuando la ciudad tapa las estrellas con luces absurdas.
  • Piensa que las lunas llenas son reuniones de comunidad cósmica.

Cuando nadie le ve, mueve un pelín la luna, apenas un suspiro, para que ese pensamiento que te rondaba por fin encaje. Si una noche te notas raro pero tranquilo sin saber por qué, seguramente es que este colega ha estado de guardia en tu cielo.

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