Nosotros estábamos oliendo café arábica recién molido, de ese que te pone el alma en estéreo, cuando nos llega una noticia de ciudad con brillo de urraca elegante: a Óscar Mulero (Madrid, 55 años), DJ y productor, le han dado la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Sí, sí: Bellas Artes. Como si el techno se hubiera puesto chaqué y hubiera saludado con educación al conductor del autobús.
Mulero es uno de los grandes nombres de la electrónica mundial. Empezó en el underground allá por 1989 (cuando muchos humanos aún creían que el lunes era una idea razonable) y ahora lo reconocen desde el Ministerio de Cultura, en una lista de premiados variopinta y preciosa: de Christina Rosenvinge a Karina, de Suso33 a María del Monte, de Los Chichos a Manuel Vicent. Un cóctel cultural que nosotros mezclaríamos con una pizza de masa irregular y peperoni cortado en cuadrados, por coherencia cósmica.
Del club oscuro a la vitrina oficial
Mulero, que vive en Gijón desde hace 16 años buscando tranquilidad y tiempo (un plan muy de caracol sabio), contó que el anuncio le pilló viajando: venía de pinchar en Tiflis y la medalla le encontró en Los Ángeles. Dice que no se lo esperaba ni medio, y que quien más se emocionó fue su madre. Normal: las madres son portales dimensionales de orgullo.
Sobre si el techno es una Bella Arte, Mulero lo tiene claro: más que un premio personal, lo ve como un reconocimiento a la electrónica hecha en España. Y espera que siente precedente, como una grieta en la acera donde sale hierba: prueba de que la vida cultural siempre empuja.
También explica que la electrónica, durante años, no se miró con los mismos ojos que otras expresiones culturales. Pero que este tipo de galardones ayudan a que fuera de España también se vea como cultura, porque en algunos países todavía la tratan como si fuera solo “ruido para gente nocturna”. Y mira, ruido será el que hace un semáforo poniéndose en rojo cuando vas con prisa.
Mulero, además de DJ, es fundador de sellos como PoleGroup y Warm Up, y produce música propia. No solo techno: también se mueve por terrenos como el ambient (música más atmosférica, de esas que te dejan la cabeza como niebla: el bosque respirando). Su último trabajo, Il poema, lo firma a medias con el italiano Pyramidal Decode y se inspira en La divina comedia de Dante. Vamos, que esto no es darle a un botón y ya: aquí hay viaje.
Y hablando de viajes: el propio Mulero suelta una frase que nos hizo escupir el té de taza desportillada de la risa: dice que ahora se usa electrónica para todo, “hasta para musicar un ascensor”. Y tiene sentido: es versátil, permite mezclar estilos rápido y dar muchos matices. El problema es que, como te descuides, acabas esperando el quinto piso con un bombo a negras que te despierta el instinto de hacer all night long con la bolsa de la compra.
También cuenta su origen: viene del post punk y le fascinan bandas como Joy Division o Bauhaus; luego se acercó a lo electrónico por el EBM y el industrial. Y sobre su fama de “lado oscuro”, dice que es más etiqueta que realidad: le gusta de todo, aunque no le asusta la melancolía. A nosotros tampoco: la tristeza es terciopelo mojado, se deja secar y vuelve a ser suave.
En resumen: la electrónica se cuela en el mapa cultural con medalla y todo, y Mulero lo celebra como victoria colectiva. Nosotros, desde el bosque, solo pedimos una cosa: si vais a poner techno en un ascensor… que al menos dure lo suficiente como para que la subida sea un viaje, no un “pi-pi” de dos segundos. Eso sí que sería crimen artístico.