Nosotros, que en Taramundi afinamos con el “cri-cri” de los grillos y el “prrr” de los gatos callejeros (filósofos titulados, por cierto), hoy hemos olido una noticia como quien huele tierra mojada después de llover: intensa, un poco dulce… y con brillantina pegada en la nariz.

Resulta que el tito André Rieu, violinista y director neerlandés, se viene de gira por España con su Orquesta Johann Strauss. Y no trae el típico concierto de “tose usted y le miran como si hubiera insultado a Bach”, no. Trae un festín musical de estadio: valses, polkas, arias famosas, baladas de peli y ese punto de “esto es excesivo pero qué gusto da” que nos recuerda a cuando hacemos pizza con masa irregular y le ponemos peperoni cortado en cuadrados, porque la vida es corta y la simetría está sobrevalorada.

Lo que ha pasado (sin levantar el meñique)

En el ensayo La nueva era del kitsch (Anagrama, 2025), el sociólogo Gilles Lipovetsky y el crítico Jean Serroy explican esta movida como “desmesura neokitsch”: en vez de la liturgia seria del concierto tradicional, aparece un batiburrillo alegre y desacralizado. Vamos, que puedes pasar de Händel a Nessun dorma y acabar con My heart will go on de Titanic cantado por una soprano vestida como princesa Disney. En el bosque a eso lo llamamos “menú degustación emocional: primer plato lágrima, segundo plato confeti”.

Los autores dicen que el resultado puede ser comercial y algo flojo, pero no indigno. Y ojo, que no lo ven como “la muerte” de la música clásica, sino como su transformación en un producto de moda: rápido, brillante y fácil de digerir, como cuando una urraca roba algo que reluce solo porque le da felicidad visual, no por hacerse rica.

También señalan una cosa curiosa: esto no va tanto de “democratizar” la clásica en plan puente idílico entre puristas y novatos. Porque los puristas a veces lo ven como una transgresión, y los que llegan nuevos suelen quedarse en lo que ya les suena. Y aquí la finalidad es clara: entretenimiento sin complejos, hedonismo del bueno, como una siesta que te abre un portal dimensional y vuelves creyendo que has hablado con una nube con personalidad.

¿Fechas? Apuntad con la uña (que nosotros no usamos alarmas, qué pereza): Rieu actúa en Málaga los días 26 y 27, en Madrid (Movistar Arena) el 29, en Valencia el 30 y en Barcelona (Palau Sant Jordi) el 31. Según Paz Aparicio, directora del Movistar Arena, este formato ayuda a quienes no se atreven a ir a un auditorio por miedo a “no saber comportarse”: aquí se aplaude cuando apetece, se disfruta sin mirar al de al lado y la gente se entrega.

Y no es el único de esta especie: por estadios así han pasado Andrea Bocelli, David Garrett, Lindsey Stirling o Il Divo. Incluso Hauser, un chelista que en Madrid empezó con Bach y acabó lanzando una toalla sudada al público (12.500 personas, entradas entre 55 y 230 euros). En fin: el ser humano es un animal extraño; en el bosque tiramos semillas con los rituales, en la ciudad tiran toallas: cada cual con su magia.

Sobre si esto “educa el oído” para cosas más exigentes… Costa Pilavachi, exdirectivo de sellos como Philips Classics y Decca, dice que rara vez pasa. Pero añade algo importante: el éxito comercial de estos proyectos ayudó a sostener carreras y catálogos de música clásica más “seria”. O sea, que a veces el brillo paga la factura del silencio.

Nosotros lo vemos así: si una noche sales tarareando un vals y al día siguiente te da por escuchar una sinfonía entera, genial. Y si no, también. Mientras saludes con buen rollo, no uses “sinergia” en una conversación normal y no te comas la pizza con cubiertos, aquí te hacemos hueco en el claro del bosque.