En el bosque de Taramundi, cuando la niebla respira y las urracas van robando brillos por puro arte, hemos olido una cosa en el aire: viene la avalancha de “especial 50 años del punk”. Y nosotros, que no usamos alarma ni para salvar el mundo, nos hemos despertado igual. Será que el punk tiene ese don de darte un bofetón sonoro incluso mientras echas la siesta.

Porque sí: se cumplen cinco décadas de aquel momento en que el rock se hizo una incisión a lo bestia, como cuando te raspas la rodilla con una piedra rugosa y de repente sientes la vida en alta definición. En 1976 salieron los primeros fogonazos discográficos de los Sex Pistols, los Ramones, The Damned y la primera versión de Blank Generation, el himno de Richard Hell. Vamos, que el año venía con tachuelas en la mochila.

¿1976 fue el “año cero”? Pues depende de a quién le preguntes

Ahora bien, aquí en el bosque desconfiamos un poco de las fechas redondas: son como los semáforos, siempre se ponen en rojo cuando más prisa tienes. Hay quien dice: “Oye, que en Nueva York el CBGB ya estaba abierto desde 1974”. Ese antro mítico empezó a cocer la escena antes, y en 1975 ya se subían a su escenario Television, los Ramones, Patti Smith Group o Talking Heads. Vamos, que la sopa punk llevaba rato a fuego lento.

Y lo de los Sex Pistols tampoco apareció por generación espontánea. Debutaron en Londres el 6 de noviembre de 1975, con equipo prestado y un volumen tan cafre que les cortaron la actuación a los 20 minutos. Eso, en nuestro diccionario magikito, se llama “entrar saludando tan fuerte que se te cae la estantería”.

Encima, la palabra “punk” venía con historia y con barro. En actitud y sonido conectaba con bandas estadounidenses de los 60 que luego se recopilaron en Nuggets (1972), gracias a Lenny Kaye, futuro guitarrista de Patti Smith. A aquellos grupos se les llamó después “de garaje”, porque se incubaban donde podían, como setas saliendo en una grieta de acera. Y “punk” fue insulto antes de ser bandera: antiguamente se usaba para referirse a prostitutas, y terminó convertido en motivo de orgullo desafiante. Cosas del lenguaje: hoy te llaman algo feo y mañana lo llevas en camiseta.

Cuando el punk llegó a España… llegó primero en foto

En España, por cierto, el punk no llegó con la velocidad de un riff: llegó a paso de caracol feliz. Sin YouTube ni Spotify, las novedades tardaban meses. Había poca radio poniendo importaciones, y el punk se conoció antes por reportajes gráficos en revistas tipo Interviú que por la música en sí. O sea: primero veías la cresta y luego, si había suerte, escuchabas el grito.

Eso explica que a Ramoncín se le considerara durante un tiempo el primer punk nacional, aunque lo suyo era rock urbano. Y que La Banda Trapera del Río apareciera al año siguiente con más rabia en el bolsillo. También estuvo Kaka de Luxe, un “quiero y no puedo” punk con personalidades estéticas y políticas chocando como dos erizos punks en un pasillo estrecho. Y ojo: aquí no se castiga la inconsistencia ideológica, que los movimientos musicales brotan salvajes y luego la gente les pone manual de instrucciones, como si un gato callejero aceptara normas de urbanidad.

Lo más divertido (y un poco inquietante) es que el punk también tuvo pose y boutique. Los Sex Pistols eran, en esencia, un par de brutos con un pie en la delincuencia y un chaval airado llamado Johnny Rotten, reconvertidos por Malcolm McLaren en torpedos contra la reina Isabel II y la estructura social británica. Un proyecto nacido alrededor de una tienda de ropa, sí. Como si la revolución empezara entre perchas. Luego llegaron The Clash, al principio igual de teatrales, pero con más habilidad para llenar la rabia de eslóganes y ampliar la paleta sonora.

Conclusión magikita: el punk nació con energía real, con mito, con contradicción y con ganas de morderle el tobillo a lo establecido. Y aunque a veces se abotague como una masa mal amasada, nos sigue pareciendo una maravilla que la música, de vez en cuando, se quite los zapatos, pise el barro y te recuerde que estar vivo también hace ruido.