Este duende campante de quince centímetros va por el taller con la pluma siempre lista, manchándose de tinta roja y chocolate caliente a partes iguales. Es quien traduce los garabatos infantiles para que Santa no se pierda ni un deseo raro: desde un dinosaurio morado hasta más ratos de sofá con los abuelos. Le flipa cuando un niño pide cosas que no caben en un paquete.
De noche, cuando el taller se queda en silencio y sólo suena el viento helado, repasa las cartas a contraluz. Corrige sin chivar las faltas, rescata dibujos arrugados y añade notas tipo “este peque es tímido pero valiente”. Cree firmemente que cada deseo llega cuando toca, aunque haya que hacer malabares con el calendario del invierno.
- Guarda en el gorro una lista secreta de recados que nadie se atrevió a escribir.
- Se enfada cuando alguien pide cosas sólo por postureo y lo tacha discretamente.
- Le da un telele si ve desperdiciar papel, así que recicla cada esquina.
- Adora el olor a galleta recién horneada mezclado con tinta fresca.
Si lo tienes cerca, igual te entran ganas de escribir cartas honestas, con tachones, sin filtros, de esas que huelen a verdad y a invierno bien vivido.
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Escriba de Recados Imposibles
Este duende rojo y blanco vive pendiente de una lista infinita de encargos para Santa, pero nunca se agobia. Con su pluma diminuta apunta deseos raros: calcetines desparejados, segundas oportunidades, tiempo para dormir sin alarmas. Cuando nadie mira, corrige faltas de ortografía en cartas infantiles y añade un “te quiero” donde los peques se han olvidado.
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