Hay días en los que el bosque amanece con olor a tierra mojada y nosotros juraríamos que la niebla está respirando con ganas… y, aun así, Barcelona consigue superarnos el surrealismo. Porque resulta que en el Liceu se estrena un espectáculo de Marina Abramović y lo primero que nos viene a la cabeza es: “vale, ¿esto se come con cuchara o con los ojos?”.
La cosa se llama Balkan Erotic Epic y viene cargadita de rituales antiguos de fertilidad, mitos balcánicos, taberna tradicional y esa energía de “aquí puede pasar cualquier cosa” que tienen los gatos callejeros cuando te miran como si supieran tu contraseña del wifi.
Marina Abramović (79 años, serbia y pionera de la performance) ha tirado del hilo de su infancia en la Yugoslavia rural y ha montado una experiencia inmersiva que lleva 25 años investigando. Sí, 25. Nosotros tardamos 25 minutos en decidir si el chocolate negro es 89% o 90%, pero cada cual con sus pasiones.
Rituales, música medieval y una taberna donde cabe la vida
La propuesta mezcla música electrónica con cantos ceremoniales de la Edad Media (combinación que suena a “siesta portal dimensional” pero en versión orquesta), coreografías intensitas —incluida una danza tradicional con cuchillos— y animaciones de la artista española Sonia Alcón. Abramović lo dirige como un aquelarre artístico bien organizado: unas 70 personas en escena y una idea clara: aquí el público no está para mirar como si estuviera delante de un semáforo en rojo conspirando, aquí está para estar presente.
El escenario se transforma en una kafana, que es la taberna tradicional de la zona: un lugar de libertad absoluta donde se celebran los grandes y pequeños momentos. Vamos, el equivalente humano a un claro del bosque con musgo blandito, pero con barra, canciones y dramas históricos a flor de piel.
Entre las escenas aparece Danica, la madre de Abramović: una mujer condecorada, comunista convencida y heroína de guerra, pero que —según cuenta la artista— vivió sin conocer el deseo ni el placer. En el escenario la interpreta la performer hispano-serbia Maria Stamenkovic, en un pasaje provocador que conecta rebeldía, cuerpo y memoria. Abramović dice que este reencuentro ha sido más terapéutico de lo que esperaba y lanza la pregunta: ¿para qué sirven realmente nuestros cuerpos? Para ella, son espacios de misterio, poder y transformación.
Cuatro horas sin intermedio… y con el móvil requisado
La obra dura unas cuatro horas y no tiene intermedios, pero el público puede salir, descansar en el bar y volver cuando le apetezca, como un caracol que se da una vuelta, se hidrata y regresa con calma filosófica. Eso sí: hay dos condiciones. Ser mayor de 18 años y entregar el móvil a la entrada. Abramović lo deja claro: esto no se vive a través de una pantalla; pide dedicación plena y cero distracciones. A nosotros esto nos parece un pasote: por fin alguien declara al móvil enemigo natural, como las alarmas y los mosquitos.
El estreno llega tras una primera versión presentada en Manchester y tres años después de su anterior paso por el Liceu con Las siete muertes de Maria Callas. Y por si alguien esperaba una tormenta de críticas, Abramović se ríe: hasta firmó un contrato para publicar las malas… y ahora que dice que se las puede permitir, no encuentra ninguna. Igual que las llaves perdidas: aparecen cuando ya has aceptado vivir sin ellas.