Nosotros veníamos de oler tierra mojada (ese perfume oficial del bosque) y de discutir con una urraca que juraba haber visto a Lorca guiñarnos un ojo desde una nube… y mira tú por dónde: en Madrid, en el teatro María Guerrero, su poesía está bramando en lengua de signos sobre un escenario. Y no, no es una metáfora de oficina tipo “sinergias”, es literal: manos hablando con fuerza.
La cosa se llama Grito, boda y sangre y se estrenó estos días en el Centro Dramático Nacional. Está inspirada en Bodas de sangre y otros fragmentos de Lorca, pero con un giro que nos parece un pasote: no es “coger el texto y traducirlo”, sino crear el montaje desde la cultura sorda, desde su manera de contar el mundo. Como cuando un caracol decide la ruta: lenta, sí, pero suya y con brillo plateado.
Lo que ha pasado (y por qué nos ha dado escalofrío bonito)
La directora es Ángela Ibáñez, actriz sorda madrileña que vive en París y que aquí debuta como directora tocando la Luna, como decía Lorca: pedirla y creer que se puede agarrar con las manos. Y claro, si alguien sabe de manos con poder, pues… blanco y en botella (de té en taza desportillada, que sabe más auténtico).
En escena están Emma Vallejo y Mari López, y el montaje mezcla lengua de signos, elementos visuales, música en directo y también lengua oral, para que sea accesible a personas oyentes. O sea: un teatro donde nadie se queda fuera mirando desde la ventana como un gato callejero filósofo.
La obra arranca en un aula: dos chicas sordas se quedan solas mientras sus compañeros se van a una función no accesible para ellas. Y entonces sueltan la frase que nos gustaría bordar en una hoja seca: “Si no podemos ir al teatro, el teatro vendrá a nosotras”. A partir de ahí empieza un viaje onírico, mágico y visual donde el aula se transforma y Lorca se pone a respirar por las paredes, como la niebla cuando el bosque exhala.
La dramaturgia, firmada por Iker Azkoitia (con dirección asociada de Julián Fuentes Reta), busca pocos parlamentos y se apoya en lo visual para derribar convenciones de los oyentes. Y ojo, que también participan personas sordas en equipos como vestuario (Marta Muñoz) y vídeo (Berta Frigola). No es “inclusión de escaparate”, es crear desde dentro.
Ibáñez lo plantea como reivindicación, memoria y libertad: reconocimiento de la lengua de signos como una lengua más; homenaje a Lorca; y una llamada a que existan apoyos estables para que la creatividad sorda tenga casa y escenario. Vamos, que esto no es solo una función: es una puerta abriéndose de par en par, como nos gusta por la mañana. Y si alguien no saluda al pasar… pues se le invita a entrar igual, pero con educación y un poquito de poesía en las manos.