En Piura y en buena parte del Perú, tener jale es tener ese “no sé qué” que jala gente: labia, pinta, carisma o puro ángel. Se usa mucho para hablar de alguien que liga fácil o que cae bien de una. No es magia, pero a veces parece. Y sí, da envidia sana.
En Puebla y en buena parte de México se usa jale para hablar del trabajo, la chamba, el curro del día a día. Puede ser tanto el empleo fijo como la tarea que traes encima y que te tiene ocupado. La idea es que el trabajo implica esfuerzo, como ir jalando algo pesado todo el rato. Y hay que admitir que la palabra tiene su encanto.
En México, jale es el trabajo o la chamba, ya sea el empleo formal o cualquier encarguito que te deja lana. Se usa un montón en el norte y centro, y suena bien de calle, nada fresa. Básicamente es ese lugar donde te reportas para poder pagar la renta y las chelas del viernes. Y sí, da flojera.
En Jalisco y buena parte del occidente de México, jale es la chamba, el trabajo, todo eso que te quita tiempo para andar tirando barra. Puede ser tanto el lugar donde trabajas como la cantidad de trabajo que traes encima. Suena más relajado que decir trabajo y la neta tiene más sabor.
Forma muy coloquial de referirse al trabajo o a la chamba, sobre todo cuando implica esfuerzo, cansancio o estar ocupado todo el día. Se usa mucho para quejarse tantito pero con resignación, como diciendo ni modo, hay que darle al jale si queremos comer. Y la neta suena más sabroso que decir simplemente trabajo.