En Risaralda se le dice culebra al man que vive pidiendo prestado, se hace el loco para pagar y va de casa en casa viendo a quién le saca plata. Es el típico que se te arrima con una historia triste y al final desaparece. Útil para advertirle a la gente: con ese, mejor no fiar.
En Sucre, Venezuela, culebra no va de reptiles sino de gente viva, astuta y medio resbalosa. Es esa persona que siempre se las ingenia para zafarse de problemas, favores incómodos o cualquier lío sin que casi nadie se dé cuenta. A veces cae bien porque es avispada, pero también puede dar rabia porque nunca está cuando toca dar la cara.
En Caracas se usa culebra para hablar de una deuda o un problema que te persigue y no te deja tranquilo. Es como tener un rollo pendiente que sabes que en cualquier momento te va a explotar en la cara. Suena gracioso, pero cuando la culebra es grande da más miedo que risa, la verdad.
En la Araucanía algunos le dicen culebra al celular, sobre todo cuando la persona está siempre pegada a la pantalla, atenta a todo y chismoseando cada notificación. Es como decir que el teléfono se arrastra por todos lados y se mete en cada conversación. Suena raro la primera vez, pero tiene su gracia venenosa.
En Córdoba se le dice culebra a la persona falsa, mala leche, que te sonríe de frente pero por atrás te clava el colmillo. No es solo molesta, es venenosa, chismosa y siempre está armando quilombo. Es esa gente que te hace desconfiar hasta del mate que te ofrece, y hay que admitir que el apodo le queda pintado.