En Tamaulipas casi nadie dice autobús, todos le dicen camión al transporte urbano de toda la vida. Da igual que el libro de texto diga otra cosa, en la calle es el camión y punto. Es de esas palabras que traen barrio, calorón y ruta eterna, y la neta tiene más sabor que decir autobús.
En San Luis Potosí (y en un buen cacho de México), camión no es el tráiler grandote, sino el autobús urbano o la ruta. Es la forma más normal de decir que te vas en transporte público: te subes al camión para ir al centro, a la escuela o a donde caiga. Suena rudo, sí, pero es lo de diario.
En México camión no es solo el monstruo de carga, también es el transporte público que te lleva al jale, a la escuela o a donde se arme el desmadre. Es el clásico donde vas apretado, sudando, oyendo cumbias a todo volumen y dudando de tus decisiones de vida. Y hay que admitir que esas aventuras tienen su encanto raro.
En Sinaloa y en buena parte del norte de México, camión no es un tráiler ni un vehículo de carga, es el autobús urbano o foráneo de toda la vida. Lo dices para hablar del transporte público sin ponerte fino. Suena bien de barrio y bien práctico, y sí, al visitante le saca de onda.
En Anzoátegui decir que alguien es un camión es decir que está buenísimo, que llama la atención donde se pare. La idea es que la persona es como un espectáculo rodante de belleza, imposible no verla pasar. Es un piropo bien intenso, así que mejor usarlo con confianza y buen ambiente, porque sutileza precisamente no tiene.