Aquella mañana Eva se levantó torcida.

A las doce Axel dijo que por el camino de arriba a lo mejor se tardaba más, pero se veía más.

— Qué observador.

Lo dijo sin girarse y sin levantar la voz. Axel se quedó con la boca a medio abrir.

— Vale.

Eva tardó unos doscientos metros en volver a abrir la boca.

— Perdona — dijo Eva.

— No pasa na.

— Que sí pasa. — Se recolocó la mochila de un tirón —. Es que hoy no, tío.

Hortensia iba dos pasos por delante y tampoco se giró.

— Ah, que tienes la regla.

Eva se paró en seco.

— Pero bueno.

— ¿Qué?

— Que eso no se dice así.

— ¿Y cómo se dice? — Hortensia siguió andando —. Hija, que yo he tenido la regla más años de los que tienes tú. A mí me lo dices y yo lo entiendo, que es más de lo que va a hacer este.

Axel levantó las dos manos sin que nadie le hubiera preguntado nada.

Eva intentó aguantarse la risa, pero se le escapó por la nariz y le fastidió el enfado.

Axel levanta las dos manos mientras Eva contiene la risa ante Hortensia.

— Es que eres…

— ¿El qué?

— Nada.

— Pues eso.

A media tarde pararon en un puente a mirar el río. Cuando Axel bajó la vista tenía otro de aquellos bichos sentado a un palmo de su codo, más bajito y bastante más redondo que Gorgorito, con un gorro que le tapaba media cara y unas orejas enormes saliéndole por los lados.

— Buenas — dijo Axel.

Se estaba acostumbrando a encontrárselos por ahí, y eso le preocupaba más que el susto de verlos.

La criatura se giró.

— ¿EH?

— Que buenas.

— ¡AH! ¡BUENAS! — A grito pelado, como si estuvieran a treinta metros —. ¡QUÉ BUEN DÍA HACE!

Estaba lloviznando.

Lito, pequeño y redondo bajo su gorro, saluda a gritos junto al codo de Axel en el puente.

— ¿Tú quién eres?

— ¿QUE SI QUIERO QUÉ?

— Que quién eres.

— ¡LITO! — Se dio dos golpes en el pecho —. ¡LITO, DE TODA LA VIDA!

— Vale, Lito. Yo soy Axel.

— ¡PUES CLARO QUE HAY LENTEJAS!

— ¿Cómo?

— ¡EN CASA DE MI TÍA! ¡SIEMPRE HAY!

Lito se partía de risa y se daba palmadas en las rodillas, encantado con una conversación que solo estaba teniendo él.

A Axel le dieron unas ganas tremendas de enseñárselo a alguien. Con Eva no se atrevía a insistir desde lo de «una rata, o yo qué sé», pero se acordó de la noche en que se lo contó a Bruno, a las tres de la mañana, buscando aquella pieza que faltaba en el tablero. Su amigo se había quedado un rato callado y después le había preguntado:

— Vale. ¿Y comen?

Fue el único en toda su vida que no le pidió pruebas.

Bruno escucha a Axel durante una partida nocturna, sin pedirle pruebas de lo que ha visto.

Pero Bruno estaba cortando pelo muy lejos de allí. Se lo enseñaría a Hortensia, que era la persona más normal que había conocido, de las que compran tres botes de salsa por si acaso. Si ella también lo veía, ya no era cosa suya.

Lito iba con ellos por la cuneta, dando saltitos, cantando algo horroroso. Fay lo seguía a dos metros con el rabo en interrogación, sin decidir si aquello se comía.

En un cruce, bajo la llovizna, Axel no aguantó más.

— Hortensia.

— Dime, hijo.

— Mira ahí. — Señaló una piedra a metro y medio, donde Lito estaba sentado rascándose una oreja —. Ahí. Justo ahí.

Hortensia se puso la mano de visera y miró la piedra durante un par de segundos. Axel empezó a arrepentirse de haberla llamado en cuanto le vio la cara.

Eva, unos pasos más atrás, no miraba la piedra. Miraba a Axel.

— Ay — dijo Hortensia.

Le dedicó una sonrisa buenísima, sin una pizca de burla, de esas que le pones a un crío cuando te enseña un dibujo y no tienes ni idea de qué cojones ha dibujado.

— Qué bonito, hijo.

Axel bajó el brazo.

— Ya.

— No, en serio, que me encanta. — Le puso la mano en el hombro al pasar —. Yo tuve una tía que hablaba todas las noches con su marido muerto, y era la más lista de la familia.

Axel deja caer el brazo después de la respuesta de Hortensia, bajo la llovizna.

Siguió andando. Al pasar al lado de la piedra dio un pasito de lado, como quien rodea un charco que no está, y no miró.

Aquella amabilidad le sentó peor que una carcajada. Durante dos kilómetros se acordó de su jefe preguntándole si dormía bien, de la profesora que mandó una nota a casa por los dibujos del cuaderno y de su ex diciéndole con aquella voz suave: «Tú es que le das muchas vueltas a todo». Habían pasado tres años juntos. Un domingo estaba y al siguiente ya no, con unos mensajes muy correctos de por medio. Axel se pasó la semana siguiente explicándole a un colega que había sido lo mejor para los dos, a ver si de tanto repetirlo se lo creía.

— ¡ESTA ES MÍA! — gritó Lito, tirándose a por una mariposa.

No era suya.

Comieron en una era, sentados en unas balas de paja. Eva se sentó al lado de Axel, mordió el pan y estuvo un rato callada.

— ¿Qué te ha dicho? — preguntó.

— ¿Quién?

— Hortensia. En el cruce.

— Que qué bonito.

Eva asintió despacio, masticando. No le preguntó qué había en el cruce. No le dijo que ella también lo veía, ni que no. Se quedó ahí sentada, hombro con hombro, y cuando él se levantó le pasó la botella sin que se la pidiera.

Eva come pan sentada hombro con hombro junto a Axel, sobre unas balas de paja.

Lito se despidió en una curva, sin motivo.

— ¡ME VOY!

— ¡VALE! — gritó Axel.

— ¿QUE SI QUIERES QUÉ?

— ¡QUE VALE!

— ¡PUES HASTA LUEGO!

Y se metió por un agujero de una pared de piedra.

Aquella noche, mientras Axel clavaba las piquetas, Eva miraba la media luna tumbada encima de un monte.

— ¿Qué miras?

— La cuenta.

— ¿Qué cuenta?

— La mía. — Señaló arriba con la barbilla, sin sacar la mano del bolsillo —. No tengo móvil.

Y se metió en la tienda.

Lo pilló al clavar la última piqueta. Se acordó de lo de aquella mañana y se puso colorado él solito, a oscuras y con el mazo en la mano.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona