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Qué bonito

Después de aquel pueblo estuvieron nueve días sin ver a nadie. Nueve días de comarcal y de arcén, durmiendo donde se pudiera, comiendo lo mismo y con la conversación en piloto automático, que es la parte del camino que después no cuenta nadie.

Apareció en un puente.

Estaban parados a mitad de camino, mirando el río de abajo, cuando Axel bajó los ojos y se encontró con una cosa sentada en el muro, a un palmo de su codo. Era más bajo que Gorgorito y bastante más redondo, con un gorro de lana que le tapaba media cara y unas orejas enormes que le salían por debajo y que no le pegaban nada.

— Buenas — dijo Axel, ya sin sobresaltarse. Estaba empezando a acostumbrarse, y eso le daba más miedo que la sorpresa.

La criaturita se giró.

— ¿EH?

— Que buenas.

— ¡AH! ¡BUENAS! — Lo dijo a grito pelado, como si estuvieran a treinta metros —. ¡QUÉ BUEN DÍA HACE!

Estaba lloviznando.

— ¿Tú quién eres?

— ¿QUE SI QUIERO QUÉ?

— Que quién eres.

— ¡LITO! — Se dio dos golpecitos en el pecho, muy satisfecho —. ¡LITO, DE TODA LA VIDA!

— Vale. Lito. Yo soy Axel.

— ¡PUES CLARO QUE HAY LENTEJAS!

— ¿Cómo?

— ¡EN CASA DE MI TÍA! ¡SIEMPRE HAY!

Y se rió muchísimo, dándose palmadas en las rodillas, encantado con una conversación que no estaba teniendo.

Axel se pasó la mañana entera con una cosa en el pecho, y era esta: se lo quería enseñar a alguien.

No a Eva. Eva era otra cosa. Eva había dicho «una rata, o yo qué sé» y desde entonces no había vuelto a decir ni que sí ni que no, y él no se atrevía a empujarla.

Era a Bruno.

Eso le fastidió, porque hacía tres años que había dejado de tener ganas de contarle cosas a Bruno y le pareció una marranada volver a tenerlas por un bicho sordo con un gorro de lana. A Bruno se lo habría contado el primero. A Bruno se lo había contado, de hecho, con doce años, en una tienda de campaña en el patio de su casa, y Bruno se había quedado callado un rato largo y luego había dicho:

— Vale. ¿Y comen?

Sin más. Sin discutirlo. Sin preguntarle si estaba seguro. Se pasó tres años preguntándole cosas de aquello, con la misma cara que ponía para preguntar por el fútbol, y un día en el instituto dejó de preguntar, y Axel nunca supo si fue porque se aburrió o porque le dio pena.

De las novecientas cosas que echaba de menos de aquel tío, la que le pilló desprevenida en un puente aquella mañana fue esta: que era el único que no le había pedido nunca ninguna prueba.

Le vino otra, y esa no la había pensado nunca.

Que de crío los veía todo el rato. Todo el rato: en el patio del colegio, en el garaje del vecino, detrás de la tele. Y que luego, en algún momento entre los catorce y los veintitantos, dejó de verlos y no se enteró de que había dejado de verlos. No hubo un último. No se despidió de nadie. Un año los vio menos, y al siguiente menos, porque total.

Y llevaba tres semanas fuera de su casa y ya iba por cinco.

Así que quería enseñárselo a Hortensia. Porque Hortensia era la persona más normal que había conocido en su vida, una señora de las de siempre, de las que compran tres botes de salsa por si acaso. Y si Hortensia lo veía, entonces ya no era él.

Lito iba con ellos por la cuneta, dando saltitos, cantando algo horrible. Y a la altura de un cruce, Axel no aguantó más.

— Hortensia.

— Dime, hijo.

— Mira ahí. — Señaló al suelo, a metro y medio, donde Lito estaba en ese momento sentado en una piedra rascándose una oreja —. Ahí. Justo ahí.

Hortensia miró.

Miró de verdad. Se paró, se puso la mano de visera y estuvo dos segundos largos mirando la piedra. Y Axel supo, por cómo se le movió la cara, exactamente lo que venía después.

— Ay — dijo ella.

Sonrió. Fue una sonrisa buenísima. Cálida, entera, sin una gota de burla. La sonrisa que le pones a un crío que te enseña un dibujo de algo que no se entiende.

— Qué bonito, hijo.

Axel bajó el brazo.

— Ya.

— No, en serio, que me parece precioso — dijo ella, y le puso la mano en el hombro un momento al pasar —. A mí me gusta la gente que ve cosas. Yo tuve una tía que hablaba con su marido muerto todas las noches, y era la mujer más lista de la familia.

Y siguió andando.

Le sentó peor que si se hubiera reído. Si se hubiera reído, Axel se habría reído también y ya está. Si le hubiera dicho «estás como una cabra», habría sido una broma entre los dos, y una broma entre dos es un sitio donde caben dos.

Pero le había dicho «qué bonito».

«qué bonito» significa «no está ahí, pero yo te quiero igual».

Estuvo dos kilómetros dándole vueltas, y por el camino se le fueron apareciendo, uno detrás de otro, todos los que se lo habían dicho antes con otras palabras. Su jefe en el hotel, que un día le preguntó, muy amable, si dormía bien. Un profesor de segundo que le mandó una nota a casa por lo del cuaderno de los dibujos.

Y ella.

Ella le decía «tú es que le das muchas vueltas a todo», y lo decía con una voz suave, de estar cerrando una puerta muy despacio para no despertar a nadie. Estuvieron tres años. Nunca hablaron de por qué se acabó, porque no hubo por qué: un domingo estaba y el otro no, y en el medio hubo unos mensajes muy correctos. Axel se lo tomó bien, porque él se lo tomaba todo bien, y a la semana ya le estaba explicando a un colega que en el fondo había sido lo mejor para los dos. Se lo explicó tantas veces que casi se lo creyó.

Ahí, andando por una carretera con una criatura de veinte centímetros gritando lentejas a su izquierda, cayó en una cosa que no se le había ocurrido en dos años: que él nunca se lo había contado a ella. Ni una vez. Ni de coña. Que se había pasado tres años con una persona sin decirle lo único que tenía dentro.

Que a lo mejor era eso lo que ella notaba. Las vueltas.

Lito, mientras tanto, iba por delante intentando cazar una mariposa y fallando de una manera espectacular.

— ¡ESTA ES MÍA!

Y no era suya.

Comieron en una era, sentados en unas balas de paja. Eva se sentó a su lado, mordió el pan y estuvo un rato callada.

— ¿Qué te ha dicho? — preguntó.

— ¿Quién?

— Hortensia. En el cruce.

Axel movió la cabeza.

— Que qué bonito.

Eva asintió despacio, masticando. Y no preguntó qué había en el cruce, ni le dijo que ella también lo veía ni que no. Lo que hizo fue quedarse ahí sentada, hombro con hombro, hasta que él terminó de comer, y cuando se levantó a sacudirse la paja le pasó la botella sin que se la pidiera.

Y en algún momento del silencio, a Axel se le pasó.

Lito se despidió a media tarde, en una curva, sin motivo aparente.

— ¡ME VOY!

— ¡Vale! — gritó Axel, siguiéndole el juego.

— ¿QUE SI QUIERES QUÉ?

— ¡QUE VALE!

— ¡AH! ¡PUES HASTA LUEGO!

Se metió por un agujero de una pared de piedra y ya no salió. Axel le dio un segundo al agujero.

Detrás de él, Hortensia iba contándole a Eva que su marido tenía un primo que era sordo perdido y que se negaba a ponerse el aparato, y que en las bodas contestaba cualquier cosa y se armaban unos líos tremendos.

— Una vez le dijo a la novia que el arroz estaba pasado. Y le habían preguntado por el vestido.

Eva se estaba riendo. Axel también se rió.

— ¿Y él sabía que no se enteraba? — dijo.

— Hombre, claro que lo sabía. Si no era tonto.

— ¿Y por qué no se ponía el aparato?

Hortensia se lo pensó un rato, y anduvo unos metros antes de contestar.

— Porque el aparato pitaba — dijo —. Y porque contestando cualquier cosa, por lo menos hablaba con la gente.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona